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Serotonina
Serotonina

viernes 22 de marzo de 2019 - 05:37


Michel Houellebecq

Francia se hunde, la Unión Europea se hunde y también se hunde la vida sin rumbo de Florent-Claude Labrouste, un hombre de 46 años que se medica con un antidepresivo que le provoca impotencia sexual. Con autorización de la editorial Anagrama, incluimos un fragmento de la nueva novela del escritor francés Michel Houellebecq.

Aquellas chicas, y en especial la del pelo castaño, podrían haber dado un sentido a mi estancia en España, y la conclusión decepcionante y trivial de mi tarde no hizo más que subrayar cruelmente una evidencia: no tenía ningún motivo para estar allí. Había comprado aquel apartamento con Camille, y para ella. Era la época en que teníamos proyectos de pareja, un arraigo familiar, un molino romántico en la Creuse o qué sé yo, quizá lo único que no proyectamos fue la fabricación de hijos, y aun así, en un momento dado, faltó poco. Fue mi primera compra inmobiliaria y además la única.

El lugar le había gustado de inmediato. Era un pequeño centro naturista, tranquilo, apartado de los enormes complejos turísticos que se extienden desde Andalucía hasta Levante, y cuya población se componía sobre todo de jubilados del norte de Europa: alemanes, holandeses, en menor medida escandinavos y, por supuesto, los inevitables ingleses, aunque curiosamente no había belgas, a pesar de que todo en aquel centro (la arquitectura de los pabellones, la distribución de los centros comerciales, el mobiliario de los bares) parecía reclamar su presencia, en fin, era realmente un rincón para belgas. La mayoría de los residentes había desempeñado su carrera en la docencia, el funcionariado en el sentido amplio, las profesiones intermedias. Terminaban ahora su vida de una forma apacible, no eran los últimos a la hora del aperitivo y paseaban con simplicidad, del bar a la playa y de la playa al bar, sus nalgas caídas, sus pechos superfluos y sus pollas inactivas. No se metían en líos, no causaban ningún conflicto de vecindad, extendían con civismo una toalla en las sillas de plástico del No problemo antes de enfrascarse, con una atención exagerada, en el examen de una carta por lo demás corta (en el perímetro del recinto nudista era una cortesía admitida evitar mediante una toalla el contacto entre un mobiliario de uso colectivo y las partes íntimas, posiblemente húmedas, de los consumidores).

Otra clientela, menos numerosa pero más activa, era la formada por los hippies españoles (adecuadamente representados, yo me percataba con dolor, por aquellas dos chicas que me habían abordado para inflar los neumáticos). No estará de más un breve recorrido por la historia reciente de España. A la muerte del general Franco, en 1975, España (más concretamente la juventud española) se vio enfrentada a dos tendencias contradictorias. La primera, directamente surgida de los años sesenta, otorgaba un gran valor al amor libre, el nudismo, la emancipación de los trabajadores y ese tipo de cosas. La segunda, que acabaría imponiéndose en los años ochenta, valoraba por el contrario la competición, el porno hard, el cinismo y las stock-options, bueno, simplifico pero hay que hacerlo porque, si no, no llegamos a nada. Los representantes de la primera tendencia, cuya derrota estaba programada de antemano, se replegaron poco a poco hacia reservas naturales como este modesto centro naturista en el que yo había comprado un apartamento. Por otra parte, ¿finalmente se había producido esa derrota programada? Algunos fenómenos muy posteriores a la muerte de Franco, tales como el movimiento de los indignados, podían inducir a pensar lo contrario. Así como, más recientemente, la presencia de aquellas dos jovencitas en la gasolinera Repsol de El Alquián, aquella tarde perturbadora y funesta; ¿el femenino de indignado era indignada? ¿Había, pues, conocido a dos encantadoras indignadas? No lo sabré nunca, no había podido acercar mi vida a la suya, aunque podría haberles propuesto que visitaran mi centro naturista, donde habrían estado en su entorno natural, quizá la morena se habría marchado, pero yo habría estado a gusto con la castaña, en fin, las promesas de felicidad se volvían un poco borrosas a mi edad, pero durante varias noches después del encuentro soñaba con que la castaña llamaba a mi puerta. Había vuelto a buscarme, mi vagabundeo por este mundo había llegado a su fin, había vuelto para salvarme con un solo movimiento la polla, mi ser y mi alma. «Y en mi casa, libre y audazmente, penetra como su dueña.» En algunos de estos sueños ella precisaba que su amiga morena aguardaba en el coche para saber si podía subir para unirse a nosotros; pero esta versión onírica se hizo cada menos frecuente, el guión se simplificaba y al final no hubo siquiera guión, inmediatamente después de abrir la puerta entrábamos en un espacio luminoso, inenarrable. Estas divagaciones continuaron durante un poco más de dos años; pero no nos adelantemos.

Por el momento, la tarde del día siguiente tendría que ir a buscar a Yuzu al aeropuerto de Almería. Ella nunca había estado aquí, pero yo tenía la certeza de que detestaría el lugar. Solo sentiría asco por los jubilados nórdicos y desprecio por los hippies españoles, ninguna de estas dos categorías (que cohabitaban sin gran dificultad) encajaba en su visión elitista de la vida social y del mundo en general, toda aquella gente carecía definitivamente de clase, y por otro lado yo tampoco tenía la menor clase, solamente dinero, incluso bastante dinero, a causa de unas circunstancias que referiré quizá cuando tenga tiempo, y una vez que se había dicho esto en el fondo ya se había dicho todo lo que había que decir de mi relación con Yuzu, a la que naturalmente tenía que abandonar, estaba claro, y también que nunca deberíamos haber vivido juntos, pero yo necesitaba tiempo, mucho tiempo, para volver a gobernar mi vida, como ya he dicho, y la mayor parte del tiempo era incapaz de hacerlo.

Traducción de Jaime Zulaika.


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