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Serotonina

Serotonina

Entornos lunes 22 de abril de 2019 - 04:48

MICHEL HOULLEBECQ

Hacía meses que no me había acostado con Yuzu y sobre todo no tenía intención de volver a hacerlo en ningún caso, por distintos motivos que explicaré sin duda más adelante, en el fondo yo no comprendía en absoluto por qué había organizado estas vacaciones, y tenía ya pensado, mientras esperaba en un banco de plástico en el vestíbulo de llegadas, acortar su duración; había previsto dos semanas, una sería más que suficiente, iba a mentir sobre mis obligaciones profesionales, la muy puta no podría objetar nada a este respecto, dependía por completo de mi pasta, lo cual al fin y al cabo me daba ciertos derechos.

El avión procedente de París-Orly llegaba puntual y la sala de llegadas estaba climatizada agradablemente y casi totalmente vacía: el turismo disminuía cada vez más en la provincia de Almería. En el momento en que el tablón electrónico anunció que el avión acababa de aterrizar, a punto estuve de levantarme y dirigirme al aparcamiento; ella no sabía mi dirección, le resultaría imposible encontrarme. Razoné rápidamente: un día u otro tendría que volver a París, aunque solo fuese por motivos profesionales, de mi trabajo en el Ministerio de Agricultura estaba ya prácticamente tan asqueado como de mi pareja japonesa, desde luego atravesaba un mal momento, hay gente que se suicida por menos de eso. Como de costumbre, Yuzu estaba despiadadamente maquillada, casi pintada, la barra de labios escarlata y la sombra de ojos violeta realzaban su tez pálida, su piel de «porcelana», como decían en las novelas de Yves Simon, recordé en aquel momento que ella nunca se exponía al sol, porque los japoneses consideran que una piel muy blanca (bueno, de porcelana, por decirlo a la manera de Yves Simon) era el summum de la distinción, así que qué íbamos a hacer en un balneario español si te niegas a exponerte al sol, aquel proyecto de vacaciones era resueltamente absurdo, esa misma noche, en el trayecto de vuelta, me encargaría de cambiar las reservas de hotel, una semana era ya demasiado, ¿por qué no guardar algunos días de primavera para los cerezos en flor de Kioto? Con la del pelo castaño todo habría sido distinto, ella se habría desvestido en la playa sin rencor ni desprecio, como una chica obediente de Israel, a ella no le molestarían los michelines de las gordas jubiladas alemanas (tal era el destino de las mujeres, ella lo sabía, hasta la llegada de Cristo en su gloria), habría ofrecido al sol (y a los jubilados alemanes, que no se habrían perdido ni un detalle) el glorioso espectáculo de sus nalgas perfectamente redondas, de su coño candoroso pero depilado (porque Dios ha permitido engalanarse), y a mí se me habría empinado otra vez, me habría empalmado como un mamífero, pero ella no me la habría mamado directamente en la playa, era un centro naturista familiar, habría evitado escandalizar a las pensionistas alemanas, que hacían ejercicios de hatha yoga en la playa al despuntar el sol, pero yo habría intuido que ella deseaba hacerlo y mi virilidad se habría sentido regenerada, y ella habría esperado a estar juntos en el agua, a unos cincuenta metros de la orilla (la pendiente de la playa era muy suave), para ofrecer sus partes húmedas a mi falo triunfal, y más tarde habríamos cenado un arroz con bogavante en un restaurante de Garrucha, el romanticismo y la pornografía ya no habrían estado separados, la bondad de Dios se habría manifestado intensamente, en fin, que mis pensamientos iban de aquí para allá, pero al menos conseguí esbozar una vaga expresión de satisfacción cuando vi que Yuzu entraba en la sala de llegadas en medio de una horda compacta de mochileros australianos.

*Cortesía editorial EDITORIAL

ANA GRAMA, S.A.

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