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Temporada de temblores

Temporada de temblores

Columnas viernes 13 de septiembre de 2019 - 02:29

Septiembre es la temporada de temblores. Quienes vivimos en la Ciudad de México hemos llegado a esta afirmación como un acuerdo tácito e indiscutible. Renuentes de cualquier evidencia científica, hemos reservado la poca paciencia que nos queda en esta ciudad de millones y millones de personas a la espera de un cataclismo que llegará sin avisarnos para destruir y transformar nuestras vidas.


Las posibilidades de esta ficción tan poderosa e improbable se muestran todos los días. Se incluyen la rigurosa organización de simulacros, cada vez más solemnes por el recuerdo de uno al que siguió un sismo doloroso y destructivo, hasta la modificación de diminutos hábitos cotidianos de la vida chilanga. No falta quien durante septiembre duerma con más ropa de la acostumbrada, solo por si acaso. Tampoco faltarán quienes, acosados por el estridente recuerdo de la alerta sísmica, vivan una moderada paranoia auditiva cada que escuchen una sirena demasiado ruidosa.

Es imposible no admirar la capacidad chilanga para adaptar las rutinas de su vida diaria en la temporada de temblores.

Estas reacciones no son producto de la exageración.

El pasado nos ha marcado hasta obligarnos a aceptar que septiembre es el mes más probable para los temblores. El sismo del 85 fue una historia perdida para las nuevas generaciones de chilangos, que descubrieron esta brutal forma del miedo el 19 de septiembre de un año posterior. Las imágenes de la ciudad destruida, narradas por un Jacobo Zabludovsky que desde su infame púlpito televisivo parecía descubrir la muerte, fueron reemplazadas por imágenes recientes de calles conocidas e historias cercanas frente a su propia destrucción. Aunque algunos muros de la ciudad resistieron mejor, la muerte galopó entre nosotros para recordarnos que tiene permiso para cambiarnos a todos.

A la postre valdría la pena reconocer que en los veintidós años que separan los dos temblores aprendimos muy poco, pero terminamos por recordar mucho.

La memoria se convirtió en una peculiar tradición, forjada por el recuerdo de la destrucción. A final de cuentas, la temporada de temblores es un recuerdo atroz de nuestra forma de ser mexicanos. Solo frente a la muerte recordamos la inigualable generosidad, solidaridad y valentía que hemos decidido hacer nuestro estandarte de lucha frente a la peor versión de nosotros mismos. La complejidad, la velocidad y la pesadez de la Ciudad de México se convierten en un simple recordatorio de su vulnerabilidad ante la posibilidad de un temblor. Estamos en esa temporada.

Tal vez algún día volverá a temblar. Tal vez después del temblor no quedará nada de esta ciudad, erigida con torpeza sobre la arcilla de un lago. Sería un fin mítico para una ciudad surgida de una profecía que acaso resume algo de su propio espíritu: dos bestias a punto de asesinarse sobre un nopal de un lugar solitario e improbable. No hay duda. Somos las historias que nos contamos.

•Especialista en comunicación pública.

Tw: @Torhton

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/CR

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