Todos los meses al Zócalo

Todos los meses al Zócalo

Columnas miércoles 03 de julio de 2019 - 01:23


Esta vez me voy a permitir un disenso no menor respecto a tus palabras, oh, Gran Tlatoani. No, Supremo Líder: no debemos encontrarnos cada año en el Zócalo, como propusiste en la maravillosa fiesta cívica del lunes, esa fiesta de la democracia. Debemos encontrarnos cada mes.

Y es que la ocasión fue única. Si me lo permiten: una comunión de orden religioso, con todos unidos en torno a la figura de un hombre que ya se elevó a otro plano espiritual, onda la Luz del Mundo, pero de izquierdas.

Me parece que todos entendimos lo que sentían los egipcios al ver a su faraón, o los cristianos primitivos frente al —disculparás el término, Líder, que aquí recupera sus connotaciones positivas— mesías. Fue maravilloso. La multitud súper espontánea que llegó y estacionó todos esos camiones tan juntitos en los alrededores, no como pasaba con Peña que todos eran acarreados, me impidió ver con claridad las cosas, pero estoy casi seguro de que mi Epigmenio entró en trance, ojos en blanco y todo, mientras que mi Doc Doc, siempre tan simpático, tiró sus lentes al piso, asegurando que había recuperado la vista milagrosamente, y mi Irma Eréndira amagaba con quitarse el Cartier y donárselo a los pobres. Pero no puedo asegurarlo. Insisto: había mucha gente y a lxs tres apóstoles los vi a la distancia. Bien puede tratarse de otras personas.

Poco importa: tu elevación espiritual, oh, Padre de Pueblos, despierta auténticos raptos en el Pueblo Bueno. Ni con Mussolini pasaban estas cosas. Más allá de la naturaleza divina de nuestro líder, la comunidad de los creyentes se unió bajo la letanía de horas que cantaba la cantidad inagotable de éxitos de este régimen. Es que vamos requetebién. Faltó mencionar algunos logros: el auge de la industria de la barbacoa, el modo en que seguro se va a disparar el consumo de piña miel, cómo el Boing va a destronar a la Coca y la Pepsi a punta de mítines en el Zócalo (marida como nada con esos sándwiches que con tanta gratitud recibió el Pueblo Bueno). Pero se tenía que decir y se dijo todo lo demás, del renacimiento que estamos viviendo del imperio azteca, ese cónclave de humanistas, a lo mejorada que va a estar la educación a cargo de la CNTE, una agrupación sindical milagrosa que no solo nos ayuda a constatar que para enseñar inglés no hace falta saber inglés (o saber español para enseñar el español, me permito añadir), sino que, ultimadamente, ni siquiera es necesario que los maestros den clases (aunque sí que cobren por ellas) para llevar a nuestrxs alumnxs a la cúspide del conocimiento (tiembla, Finlandia). Faltan unos detallitos: revertir los números rojos de la economía en todos los rubros fundamentales, recuperar 88 por ciento de empleos perdidos, entender cómo conseguimos que Pemex alcanzara récords negativos de producción, evitar que la gente muera de sida y cáncer mientras cuaja el sistema tipo noruego de salud (sin lana, porque los ninis primero), ver cómo deja de aumentar la delincuencia, volver nuevamente habitable la Ciudad de México o garantizar que Yucatán tenga luz. Pero lo dicho: salvo por la economía, la seguridad pública, el sector energético, la Ciudad de México y la energía eléctrica, re-que-te-bién.

Así pues, Señor Presidente, ¡vamos por un Zócalo mensual! Igualito: paralizando la administración pública para que los trabajadores puedan venerarlo como merece, estacionando camiones en las calles, usando a la policía para esos menesteres. Pero —doble desacuerdo hoy, Faraón del Trópico Ardiente— sí me parece necesario un cambio: ¿solo una hora y media de discurso? ¡No nos prive del fuego de su palabra! Nunca, nunca baje de las tres horas, Padre Benefactor. Vamos por el récord de Chávez. El país lo necesita con urgencia.

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/CR

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