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Tolstói habla de Chéjov

Tolstói habla de Chéjov

Columnas miércoles 27 de febrero de 2019 - 03:09

Lev Tolstói. Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana es un libro excepcional, resultado del trabajo de compilación del crítico e historiador de la literatura rusa Vládimir Lashkin: “Enterradas en los archivos de periódicos amarillentos, no fueron advertidas ni siquiera por los bibliógrafos más escrupulosos, permanecieron desconocidas por años no sólo para el lector común, sino también para los especialistas tolstoianos.” Veinticuatro de estos encuentros con Tolstói, inéditos en cualquier idioma, fueron publicados por Fórcola Ediciones en 2012. El poeta y ensayista colombiano, Jorge Bustamante García se dio a la minuciosa tarea de edición, selección y traducción. El que sigue es un fragmento de la conversación que tuvo el periodista Alexéi Zenger en 1904 con el autor ruso.

***

No me dirijo a mi casa, no me conduce el viejo Mitréi, sino el cochero del conde Tolstói, Andréi; un cochero acostumbrado a llevar a extranjeros notables y orgullosos […]

Sólo que aquí soy un forastero, un advenedizo, que irrumpe sigilosamente en el sosiego de una persona mayor. Es embarazoso para mí pasar a ese balcón con alegría y soltura, y mientras permanezco en el zaguán, secándome cuidadosamente los pies sobre un pequeño tapiz, le pregunto al lacayo, inquieto:

–¿Ya se habrá levantado? ¿Cómo está de salud? ¿No lo molestaré?

Entro, un poco cohibido, por supuesto: todo es un tanto extraño: es la primera vez que estoy en casa, y de repente, así como si nada, casi de inmediato, caigo directamente de la calle a la mesa...

–Pase, por favor.

Entro, un poco cohibido, por supuesto; todo es un tanto extraño: es la primera vez que estoy en esta casa, y de repente, así como si nada, casi de inmediato, caigo directamente de la calle a la mesa... [...]

Y de pronto, contra mi voluntad, una fuerza que me hace ponerme de pie... Y, sin comprender todavía, me levanto y miro: la puerta del balcón bate bruscamente, y con paso firme y veloz entra un anciano de baja estatura, con el rostro enteramente cubierto por el cabello, y un sombrero flexible blanco sobre la cabeza. Rápidamente se me acerca, y aunque me siento intimidado, extiende la mano y me dice:

–¿Cómo está? Mucho gusto... Soy Tolstói...

Los retratistas lo representan de manera incorrecta. Mirándolo, uno no puede notar ni aquella barba, que tan escrupulosamente le adjudican los pintores, ni la frente abultada, especial, ni la expresión severa del rostro...

Lo que uno puede ver ante todo unos ojos: pequeños, redondos y –como rasgo muy particular– completamente planos que irradian un solo color; es como si uno mirara una potente fuente de luz; ves un resplandor continuo y no puedes distinguir de dónde viene ni cómo se genera... Todo lo demás, nariz ancha, la frente despejada, las cejas espesas, la barba, e incluso todo el cuerpo, parecen construidos para acompañar a esos ojos...

Primero los ojos... Primero los ojos, y después todo lo demás... Así me parece que es Tolstói.

Pasa por un lado de la mesa, sin sentarse; me dice:

–¿No está en contra de ir a caminar?

–No, por favor (por alguna razón quisiera llamarlo “conde”), Lev Nikoláievich...

Mira cuidadosamente mis pies, calzados con unas botas de ciudad.

–¿Usted no lleva zapatos de goma? Bueno, podremos caminar por donde pueda hacerlo con esas botas... […]

Salimos. Bajamos por la escalera. Él camina rápidamente. Me mira de soslayo:

–Me complace que alguien de la prensa haya venido a verme... Quiero decir algunas palabras sobre Chéjov; algo que yo mismo no me dispongo a escribir... […]

–Chéjov... Chéjov fue un artista incomparable... Sí, sí... Incomparable... Un artista de la vida... Y la virtud de su obra estriba en que es clara y afín, no sólo para cualquier ruso, sino para cada persona en general...

[…] Cuando lo leí quedé sorprendido...

“Chéjov tomaba de la vida lo que veía –continúa diciendo Tolstói–, independientemente del contenido de lo que veía. Pero si él tomaba algo, lo transmitía a un mismo tiempo de manera extremadamente simbólica y comprensible, clara hasta la nimiedad... Lo que lo ocupaba en el momento de la escritura, él lo rehacía hasta los últimos detalles...

“Era sincero, y eso es una gran virtud; escribía sobre lo que veía y cómo lo veía...

“¡Y gracias a esa sinceridad logró crear formas inéditas, en mi opinión completamente nuevas en el mundo de la escritura, como no he encontrado igual en ninguna parte! Su lengua es una lengua insólita. Recuerdo cuando comencé a leerlo por primera vez, me pareció un tanto extraño, ‘desaliñado’; pero tan pronto como lo leí con atención, su escritura me atrapó.

“Sí, gracias a ese ‘desaliño’ o no sé como llamarlo es que Chéjov atrapa de un modo excepcional y, con exactitud involuntaria, le implanta a uno en el alma maravillosas imágenes artísticas...

Miro a Lev Nikoláievich y me río sin ganas... Ya que sobre su propia escritura podría hablar con la misma convicción, casi con fastidio... con sorpresa me dirige una mirada. […]

–¡No, no!... –responde Tolstói con enfado y sacude la cabeza– Le repito que las nuevas formas las creó Chéjov, y alejado de cualquier falsa modestia, afirmo que por la técnica él, Chéjov, es mucho mejor que yo. Es un escritor único en su género. […]

–¿Ya anotó? Quiero decirle además que en Chéjov hay todavía una peculiaridad muy especial: es uno de aquellos raros escritores que, como Dickens, Pushkin y algunos otros, se puede releer muchas, muchas veces. Lo sé por experiencia propia...

Temo volver a enojarlo y por eso ya no le digo nada, pero pienso: “Otra vez ésa es una de sus propias características... Guerra y paz, Anna Karénina, ¿quién de nosotros no las ha releído una decena de veces?” […]

Nos acercamos por fin a la casa, dando una gran vuelta por la periferia del jardín, Tolstói calla un poco, luego habla de nuevo de Chéjov:

–¿Así es que no hubo discursos en los funerales? Eso está muy bien, porque los discursos ante la tumba... siempre son engañosos […] Vea usted, cuando estamos ante una tumba, y si queremos hablar, en absoluto recordamos cómo vivía el difunto y qué hacía... Queremos hablar de la muerte y no de la vida. ¿Comprende? La muerte es un acontecimiento tan importante que, al contemplarla, pensamos ya no ‘cómo vivió’ la persona, sino ‘como murió? […]

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/CR

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