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Tres recuerdos de Tennessee Williams
Tres recuerdos de Tennessee Williams

Columnas viernes 17 de mayo de 2019 - 03:54


“Esta obra ha sido escrita enteramente de acuerdo con algo parecido al método de ‘libre asociación de ideas’ que aprendí a practicar durante mis diversos periodos de psicoanálisis. En ella doy cuenta de episodios actuales, tanto triviales como importantes, y de recuerdos, en su mayoría, más significativos, al menos para mí.” Esto nos aclara uno de los dramaturgos más importantes de la literatura universal en el prefacio a sus Memorias. (Traducción de Antonio Samons García, Bruguera, 2008.)

En agosto de 1940 pasé una solitaria semana en la Ciudad de México. […]Concluida aquella semana en la capital, me trasladé a Taxco en autobús. Allí me uní a un grupo de estudiantes americanos que me llevaron en coche a Acapulco. Al atardecer llegamos a una estación balnearia llamada Todd’s Place, de un primitivismo encantador y con una playa de fuerte oleaje. Aquella noche nos bañamos entre las estruendosas olas.

Yo me las arreglé para que sus embates me precipitaran repetidamente sobre el chico más atractivo del grupo. Creo que él adivinó por dónde iban los tiros, pero algo le impedía separarse de sus compañeros.

Más adelante me hospedé en el hotel Costa Verde, que, enclavado en la selva tropical y con dominio sobre una playa de aguas mansas, me ofreció la ambientación general de La noche de la iguana. Aquel verano, gran parte de México se encontraba invadida por nazis alemanes. Un grupo de ellos llegaron al Costa Verde rebosantes de júbilo por el castigo que a base de bombas incendiarias estaba padeciendo Londres en aquellos momentos.

En el grupo venía una atractiva muchacha a la que cierta mañana saludé con un “hola”. Dirigiéndome una mirada furibunda, me respondió: “Lo siento, no hablo la jerga de los judíos”. Al parecer creía que todos los yanquis eran judíos.
***
El trabajo más pintoresco que he tenido, de cuantos he desempeñado fuera de mi profesión, ha sido el de ascensorista del viejo hotel San Jacinto. Más que un hotel, era una residencia para damas de elevada condición social pero menguada fortuna dispuestas a empeñar sus últimos recursos en un establecimiento prestigioso. No todas aquellas damas jubiladas se llevaban bien entre sí.

A decir verdad, las relaciones eran particularmente malas entre dos de ellas, de las cuales una, que llevaba el señorial apellido Auchincloss, sufría accesos de furia demencial si coincidía en el ascensor con la otra, portadora de un nombre igualmente distinguido.

En el turno de noche trabajaba conmigo un joven poeta. Me había advertido que jamás, por ningún motivo, ni que se declarase un incendio en el San Jacinto, debía permitir que aquellas dos viejas damas viajasen juntas en el ascensor.

Pues bien, lo que no debía ocurrir ocurrió: coincidieron. Y la escena que se produjo fue como el momento culminante de una pelea de gallos. Para acabar de arreglar las cosas, el ascensor, como era de esperar, se averió entre dos pisos.

Al ver que yo intentaba llevarlo hasta la planta donde vivía la Auchincloss, la otra dama se puso a chillar: “¡Arriba no! ¡Abajo, abajo!” Tiré de la palanca, pero la cabina se quedó encallada entre el noveno y el décimo piso, y se formó un alboroto que debió de despertar a todo el hotel. (Ahora estoy convencido de que las viejas damas son inmunes a las apoplejías, por más que se afirme lo contrario.)

***
Que te salga una catarata –fue en el ojo izquierdo y apenas le presté atención hasta que alguien me llamó en un bar “ojo blanco”– cuando aún no has cumplido los treinta años es algo singular. Pero a mí me han ocurrido cosas singulares toda mi vida, tanto en la juventud como después.

En aquellos tiempos las operaciones de cataratas se realizaban por medio de una aguja y con anestesia local, la cabeza y todo el cuerpo del paciente firmemente sujetos a la mesa mediante correas, pues el mayor riesgo consistía en que las convulsiones de un vómito que se presentase durante la intervención provocaran un deslizamiento de la aguja mientras ésta penetraba en el iris y alcanzaba el cristalino, que en un ojo sano es una sustancia líquida, si bien con el avance de una catarata se solidifica. Es debido a ese endurecimiento progresivo que el cristalino va adquiriendo un tono grisáceo y finalmente blancuzco, cosa lamentable en mi caso por cuanto los ojos habían pasado siempre por mi rasgo más atractivo.

El oftalmólogo declaró que la catarata era sin duda una reacción del ojo a alguna lesión sufrida en la niñez, y en efecto, yo había recibido una lesión en el ojo izquierdo practicando un juego bastante violento. Fue en Mississippi, en el curso de una contienda entre indios y colonos blancos.

Éstos habían hecho fuertes en un cobertizo que los pieles rojas asediaban. Como niño arrojado que era, yo capitaneaba la carga de los colonos sobre sus sitiadores cuando recibí el bastonazo de un indio que se llevó un buen soplamocos. Se produjo una hinchazón que duró varios días, pero hasta cerca de mis treinta años no aparecieron indicios de una lesión permanente.

En mi caso, la eliminación del cristalino izquierdo requirió tres operaciones, en cada una de las cuales devolví y estuve a punto de ahogarme con los vómitos. La más delicada de dichas operaciones se llevó a cabo en una facultad de medicina y de forma totalmente gratuita, porque consentí que me operasen ante un grupo de estudiantes de oftalmología que, sentados en torno a la mesa de operaciones, recibieron del cirujano instructor una conferencia sobre lo que estaba haciendo, con toda la teatralidad del caso. “Situado ya el paciente en la posición debida, proceden a inmovilizarlo. Más tensas las correas, más tensas: sus antecedentes señalan vómitos durante las intervenciones. Los párpados están sujetos para impedir movimientos reflejos, y la pupila se encuentra anestesiada. La aguja está ya a punto de penetrar en el iris. Ahora la tenemos en el iris. Ahora ha entrado en el cristalino. Ay, ay, está vomitando. Enfermera, tubo en el esófago, que se ahoga. Santo Dios, vaya paciente. Muy bueno, quiero decir, pero un caso fuera de lo común.” (Como es natural, no fueron ésas las palabras exactas, pero bastan para que el lector se forme una idea.) Joven, con talento e indigente, con una catarata en el ojo izquierdo y un estómago sensible... Bueno, en fin, mis ojos siguen siendo mi rasgo más destacado.


*Delia Juárez G. Editora y traductora.
Es autora del libro Gajes del oficio. La
pasión de escribir (2006); y de las antologías colectivas: Y sin embargo yo te
amaba. 12 escritores interpretan a José
José (2009), Mudanzas (2011), Anuncios clasificados (2013) y Así escribo. 53
escritores mexicanos y el misterio de la
creación (2015).

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