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Un año sin Ursula

Un año sin Ursula

Suplemento viernes 25 de enero de 2019 - 05:19

Autora de novelas, cuentos, ensayos y poesía, Ursula K. Le Guin obtuvo todos los reconocimientos posibles en el campo de la ciencia ficción. La escritora estadounidense falleció hace un año, en 2018, ya cercana a las nueve décadas de vida y, de no existir los prejuicios contra el género que renovó audazmente, habría sido merecedora del Premio Nobel de Literatura. Esta acercamiento de Sandra Barba, secretaria de redacción de la revista Letras Libres, aborda la dimensión ética de la obra de Le Guin.



SANDRA BARBA



Un admirador debería poder coleccionar las primeras ediciones de su autor favorito. En el caso de Ursula K. Le Guin, no puedo hacerlo. Detesto muchas de las portadas de sus libros. Tres siluetas humanas verdosas y traslúcidas adornan The word for world is forest en la edición de 1976 y sobrevuela en una portada de 1980 una nave similar a un insecto metálico de ojos colorados y saltones. Distintas versiones de The dispossessed destacan la enorme esfera anaranjada de un planeta alienígena y a un hombre solitario, que por su postura –perfectamente erguido y de espaldas– asume el importante encuentro de dos mundos como si se tratara apenas de un desafío ególatra. Nada de esto es Ursula K. Le Guin. Los libros desmienten a las portadas.


La propia Le Guin se tomaba muy en serio las representaciones visuales de su obra. Cuando al fin pudo ver la adaptación que hizo el Sci Fi Channel de A wizard of Earthsea y The tombs of Atuan, escribió una carta en su contra sin preocuparse por perder “ese mercado”, esa audiencia. La miniserie es vergonzosa por al menos dos motivos: en un cálculo comercial, los productores extirparon la complejidad de la historia y blanquearon a los protagonistas. “[Es] una película de McMagia con una trama insulsa, montada solamente en sexo y violencia”. La autora aprendió la lección: durante cuatro años trabajó con el artista Charles Vess en la edición del cuarenta aniversario de The books of Earthsea (Saga Press, 2018). De modo que podemos y debemos hablar de ilustraciones autorizadas: las de Vess lo son, pero sospecho que Le Guin habría preferido vetar algunas imágenes, de este y otros títulos.


No es que solo cuenten las primeras impresiones. Tengo para mí que los lectores de Le Guin jamás descartarían un libro por su aspecto, pero también creo que resienten –tanto como yo– la contradicción entre las páginas y las portadas que pasan por alto la innovación, la osadía de la literatura de la escritora.


Fui adolescente, es decir, desperdicié un buen número de fines de semana embobada con películas taquilleras de ciencia ficción. Apenas se desenrollaban los créditos en la pantalla, rebobinaba la cinta y la reproducía desde el principio. Me emocionaban los estrenos, bendecía mi buena fortuna cuando me topaba con sus retransmisiones, derrochaba mis domingos en el Videocentro de la colonia y usaba lo que aprendía en la universidad para justificar, ¡sobre la base de la filosofía política!, mi afición por la llegada de los extraterrestres y las narraciones apocalípticas: cuando se rompe el contrato social –y hacía una pausa para ganar suspenso–, todo es posible. Entonces me bastaba cualquier película, aunque intuyera que en muchas ocasiones su exploración de lo posible era mediocre y sintiera que los juegos de su imaginación se parecían a los de un perro atado a un poste: en los primeros minutos, olfateaban el perímetro, iban descubriéndolo hasta que algo –la correa– los detenía de un tirón, así forcejeaban un rato hasta que la imaginación se echaba, resignada, al suelo. A muchas de esas cintas les hacía falta un escritor con más arrojo, alguien como Ursula K. Le Guin. Tiempo después, por medio de ella, me reconcilié con el género.


Porque sus novelas no abren con un platillo volador invadiendo el cielo de una metrópolis (ni de varias a la vez). El primer contacto, en The word for world is forest así como en The left hand of darkness, ocurrió años antes y no forma parte de lo escrito: las historias empiezan cuando peligra el estatus colonial de un planeta o está a punto de fracasar una misión diplomática (y no una ocupación territorial). No descienden, de golpe y beligerantes, cientos de naves espaciales; por principio, Le Guin está en contra del lugar común y las fórmulas redundantes de la ciencia ficción.


Muchas veces se opuso a ellas con humor, dispuesta a reírse con sus lectores de las nociones preconcebidas. Sus enanitos verdes no son figuras siniestras, cabezonas y escuálidas que habitan, sin solución de verosimilitud, los desiertos marcianos; en cambio, viven en un mundo cuyo nombre es Bosque, se llaman adseos y están cubiertos de pelo. Sobre todo, no se dedican afanosamente al desarrollo de la tecnología militar –en otras palabras, los extraterrestres no son la proyección encandilada y paranoica de la carrera armamentista de la Guerra Fría, aun cuando ciertas partes del libro se inspiran en el conflicto entre Estados Unidos y Vietnam–. Y los terrícolas no somos sus indefensas víctimas.


Al contrario: los aliens somos nosotros. En The word for world is forest una facción humana es colonizadora. En la inversión de esta perspectiva hay, por supuesto, una crítica a la depredación entre los hombres y a la explotación ambiental, pero también el postulado ético de una literatura que asume una responsabilidad: nosotros somos los conquistadores despiadados, y hasta ahora nadie más lo ha sido. La ética en la ciencia ficción de Le Guin la distancia de las apologías de la guerra y su tecnología. Lo que también quiere decir que sus novelas no son tramas simplonas de acción trasladadas a una escenografía cósmica que cautivan a sus espectadores a golpe de explosiones, disparos y rayos pulverizadores. Ursula no es efectista.


Ni ingenua, aunque varios de sus libros imaginen sociedades sin guerra. Que no haya enfrentamientos armados entre ejércitos no significa que el poder no exista o que no se ejerza. Incluso los apacibles adseos combaten en intimidantes duelos de canto y si bien ignoran la masacre, conocen el asesinato. En Karhide tampoco hay soldados pero sus pobladores viven en permanente desconfianza: se enredan en conversaciones sutiles, complicadas, amenazantes, donde una palabra en falso basta para que desciendan todos los peldaños de la jerarquía social. Estas utopías parciales no cancelan la guerra, que siempre acecha en las páginas como la posibilidad a punto de acontecer, a punto de ser irremediablemente descubierta. Así, Le Guin revela esa violencia a gran escala no como un acto honroso ni una hazaña digna de celebración, sino como lo que en realidad es: una tragedia.


Una última prueba del antibelicismo de esta ciencia ficción. El guerrero tradicional no es el héroe. Don Davidson (The word for world...) es un terrícola patriota, su planetarismo es una versión cósmica del nacionalismo. (Poner esa ideología –o adscripción– en otro plano hace más sencilla la discusión de sus fallas y sus méritos). Aunque Davidson desea exterminar a los adseos, adueñarse de sus bosques, talarlos y exportar su madera a la Tierra, solo consigue organizar una revancha, con un puñado de seguidores, que no cambia el rumbo de los acontecimientos. Un solo hombre, aun si encarna al soldado perfecto, el más valiente entre los valientes, no resuelve el conflicto –a diferencia de tantas películas protagonizadas por Will Smith, Tom Cruise, Brad Pitt–. Pero antes dije que Ursula no es ingenua: después de la guerra, la vida no regresa a la normalidad –lo que también ocurre en demasiadas cintas–. ¿Cómo podría hacerlo? Los adseos la conocen, la traducen de los humanos, la usan para vencerlos. Las naves finalmente se marchan, pero se sugiere que los nativos quizá comiencen a matarse unos a otros. Ningún mundo puede salir intacto de ese conocimiento, de la experiencia de la guerra. No hay vuelta atrás.


Pero nada de lo anterior explica por qué hoy, a un año de su muerte, acudo a Le Guin. Lo hago porque la coyuntura actual exige vociferar lealtades, estar convencido de la mala fe del oponente, ridiculizar a quien pertenece a un supuesto bando contrario, apresurar las conclusiones, subestimar los matices y negarse a abandonar la trinchera. Algo en el presente político nos incita a exterminar la complejidad. Las novelas de Le Guin nos obligan a lo contrario: seguir leyendo supone conversar con los personajes que más nos irritan y se alejan de nuestras convicciones, comprenderlos e incluso empatizar con ellos. El encuentro, la conversación, la dignidad común a todos y la improbable amistad son los asideros por los que constantemente releo a Le Guin.

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IM/CR

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