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Un día en Utopía

Un día en Utopía

Columnas viernes 26 de abril de 2019 - 01:43


¿ Cómo me imagino un día en la Utopía concebida por nuestro Líder, una jornada en el México restaurado por la 4T, el México devuelto a su grandeza, antes de que llegaran los españoles y el neoliberalismo, con su nefando divorcio? Permítanme un ejercicio de imaginación espero que profética.

21 DE ENERO, 2023.

Salgo de casa temprano, luego de disfrutar de las 4:45 horas de conferencia mañanera en Canal 11, gracias a los esfuerzos de ese prócer de la libertad de expresión y la autonomía frente al poder político que es Jenaro Villamil. Camino hasta el Metro, viendo las colas en las gasolineras que están cerca de mi casa, ambas coronadas, patrióticamente, con el logo de Pemex. La autosuficiencia de hidrocarburos sigue su curso, salvo por los buques comprados a Venezuela, una medida transitoria mientras las estrategias de la camarada Nahle terminan de cuajar.

Seguramente eso ocurrirá ya en el segundo sexenio de nuestro Líder Supremo. Bajo hacia el andén por las escaleras eléctricas; caminando: siguen en mantenimiento. En el Metro hay todavía muchos ejemplares del último libro de Beatriz Gutiérrez Müller, esa antología de su obra filosófica publicada con un tiraje de 36 millones de ejemplares por la Secretaría de Cultura. Me intriga que el Pueblo Bueno no se haya llevado esos libros como pan caliente, considerando que son gratuitos y que la portada la diseñó uno de los moneros de La Jornada. En el andén, como esa vez sólo tardó media hora el tren, no pude ver completa, por segunda vez, la mañanera que transmiten en las pantallas —una idea que, modestamente, propuso su servidor años atrás, en este espacio—.

En la universidad, expropiada hace cuatro años y puesta en manos de la CNTE, hay un piquete —autopiquete— de la CNTE, que exige, con toda razón, que se les otorguen a perpetuidad las casetas de la Autopista del Sol para financiar los bloqueos de Oaxaca. Esta vez, sin embargo, no sólo me dejan entrar a dar clase, sino, dos horas después, terminado mi seminario de Semiótica Posneoliberal, me dejan salir e irme a casa.

En el Metro, veo otro fragmento de la mañanera. Un muchacho que trabaja con Clau Sheinbaum está explicando por qué el aumento de 70 mil asesinatos en el último trimestre del año representa en realidad una disminución. Es una de las mentes más brillantes de la 4T.

Una hora y cuarto después, llego a mi estación. Debo confesar que esta vez me costó subir los escalones del metro. Decido comprar unas cervezas. Doña Lucha, la de los abarrotes, cumple con su tarea revolucionaria de recordarme que el alcohol es malo para la salud. Siento cómo la conciencia sobre mi salud hepática me invade —gracias, 4T—, pero soy débil y un trago de Tecate, caliente por supuesto, es una tentación imposible de resistir.

Llego a casa muerto de ganas de ver la nueva serie de Epi Ibarra, sobre un compló neoliberal para desacreditar al régimen que es desmantelado por Kate del Castillo. El guión es de Sabina Berman, así que cómo resistirse. En el momento de prender la tele, sin embargo, se va la luz.

▶ Pero esa felicidad todavía no llega a nuestras vidas, no en todo su esplendor. La realidad es el trabajo, y mi trabajo, al ser viernes, es otorgar la Orden de Macuspana. Esta vez es compartida.

Los ganadores son el inge Riobóo y, otra vez, el camarada Espriú.

Después de todo, han llevado tan lejos su celo, su lealtad a nuestro Padre de Pueblos, que pasaron por alto la montaña del aeropuerto de Santa Lucía.


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/CR

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