Un mundo sin perdón
Un mundo sin perdón

Entornos lunes 11 de marzo de 2019 - 05:23


RUBÉN CORTÉS

La gente prefiere a los que matan que a los que aburren. Por eso es que El Padrino suele ser considerado un libro sobre la violencia de la mafia. Si alguien estaba muy enterado era el propio Mario Puzo, que arranca la novela con un exergo despiadado de Balzac: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. Aunque, visto así, habría sido también una alusión de la obra de Víctor Hugo, al estilo de “En muchos casos, el héroe no es otra cosa que una variedad del asesino”. Pero es un error pensar así de la pieza cumbre de Mario Puzo. El Padrino no es un libro sobre la violencia: es un libro sobre la familia, con un mensaje acerca de la condición humana, que es lo que lo hace inmortal:

No perdones la primera falta grave, si no quieres ser víctima de la última.

Es un libro sobre la familia desde el momento en que el coraje, la lealtad y las frases de Vito Corleone, El Don, El Padrino no vienen del modelo de ningún mafioso de la vida real. El coraje, la lealtad y las frases de Vito Corleone, El Don, El Padrino, vienen de la madre de Mario Puzo. La novela está inspirada en ella, quien abandona su Italia natal y emigra a Nueva York, donde pare seis hijos de dos maridos distintos: el primero muere y el segundo enloquece y se suicida en un manicomio, dejándola sola, ambos, frente a una vida pobre y desdichada, que, sin embargo, ella superará con dignidad, denuedo y pasión.

Por eso, se entiende mejor la mística de El Padrino si se lee también En tierras lejanas (The Fortunate Pilgrim, publicada en 1965), que es la segunda novela de Mario Puzo y un libro amoroso, bellamente escrito: su mejor trabajo, incluso por encima de El Padrino, aparecido en 1969). Sin una obra anterior como En tierras extrañas (titulado como La Mamma, por las editoriales Grijalbo y Ediciones B) Mario Puzo no habría podido escribir El Padrino. De hecho, cada vez que Vito Corleone se expresa en El Padrino, quien lo hace es, sin género de dudas, la madre heroína de En tierras extrañas. Dice Lucía Santa:

—Un hombre como Pietro Santini no habría podido hacerse con cuatro camiones y muchos contratos de transporte, si no hubiese sabido rebajarse.

—Llegará un día en que todos deberemos dar cuenta de nuestros actos.

—¿Qué será de él cuándo vea la vida tal y como es? Quiero que mi hijo sepa lo que es la vida a través de mi, no a través de extraños.

—Se haga lo que se haga, todo termina torciéndose.

Son enunciados de la Italia profunda e iletrada, pero con la sapiencia natural de las culturas muy antiguas que, cuatro años más tarde, Mario Puzo recicla en las sentencias del patriarca de los Corleone:

—Un hombre que no pasa tiempo con su familia nunca puede ser un hombre de verdad.

—La amistad lo es todo. La amistad es más que un talento. Es más que el gobierno. Es casi igual que la Familia.

—Cuando uno de mis amigos se crea enemigos, yo los convierto en mis enemigos

—Cada hombre tiene su propio destino.

Mario Puzo escribió El Padrino con las historias que su madre le contaba mientras él crecía. Lo explica en el prefacio a la edición de 1996 de En tierras extrañas de la editorial Navona Ficciones: “Eran de mi madre la sabiduría de Vito Corleone, su rudeza y su inconquistable amor por la familia y por la vida. A través de los personajes de El Padrino oigo las voces de mis hermanas y hermanos, tolerantes todos ellos con las debilidades humanas. Lo sé ahora, sin Lucía Santa, no habría escrito El Padrino”.

El secreto del éxito de Mario Puzo con El Padrino está, entonces, en haberse inspirado en las penurias de su madre inmigrante, analfabeta y pobre, sacando adelante a seis hijos ella sola, en la Nueva York de los albores del siglo pasado, y no en un gangster de la vida real. Por ello, escribió un libro sobre la familia. Aun con el entorno de crueldad, de crímenes y castigos, de traiciones y fierezas, El Padrino es una historia hermosa y seductora porque a pesar de todo, los Corleone son el vívido retrato de una familia de inmigrantes dispuesta a todo con tal de lograr el sueño americano.

Y es, también, un relato legendario porque los valores morales de Don Corleone son diferentes a los de la mayoría de los hombres. En su mundo, por ejemplo, la belleza física y el poder sexual de las mujeres no cuentan para nada en las decisiones trascendentales de la vida, aunque, por supuesto, todo cambiaría si ello afectara el honor familiar. Esta pauta cristaliza en una escena memorable de la novela: la cabeza del caballo Jartum entre las sábanas de la cama de su dueño, un productor de cine que arriesga su millonario negocio sólo porque un ahijado de El Padrino le ha robado una amante. Para Vito Corleone, resulta absurdo que un hombre adulto deje que tales trivialidades interfirieran en los asuntos importantes de la vida. ¡Un hombre que llora porque le arrebatan la relación sexual con una mujer, será incapaz entonces de arriesgarlo todo por una cuestión de principios!

El universo de El Don excluye a los freudianos, que contemplan la actividad sexual como guía de nuestras vidas y aceptan con naturalidad que un cabello de mujer corte una amistad, por fuerte que ésta sea. Un crítico lo resolvería argumentando conceptos teóricos de personalidad en la sicología en la dualidad de la naturaleza humana: viendo en Eros el instinto de la vida y la sexualidad; y en Tánatos el instinto de la muerte y la agresión. Pero, en su profunda sencillez, El Padrino es todo, menos aburrido como ese tipo de digresiones aparatosas.

Es, también, el dechado de una actitud ante la vida que rechaza a los traidores. Se lo explica Il consigliere, Tom Hagen, a Kay Adams, la esposa de Michael, el hijo favorito y heredero de El Don. Ella no entiende por qué su marido manda matar al cuñado, dejando viuda a su hermana y huérfano a su sobrino. Al describirlo, Mario Puzo es tajante:

La paliza que propinó Carlo a Connie fue una comedia pagada por los enemigos de la Familia para hacer salir a Santino de casa y asesinarlo.

—Todo había quedado atrás. Éramos felices. ¿Por qué no perdonar, es tan difícil olvidar?

En nuestro mundo no hay lugar para el perdón. No hay clemencia para los traidores. Puedes perdonarlos, pero ellos nunca se perdonan a sí mismos y siempre constituyen un peligro. Si Michael hubiera dejado vivir a Carlo, habría faltado a sus deberes para contigo y tus hijos, a sus deberes para con su familia, a sus deberes conmigo y los míos. Habría sido un peligro para la vida de todos nosotros.

La familia por sobre todas las cosas. Un concepto que, sin embargo, tiene su mejor momento en la novela cuando El Padrino rechaza la oferta de incursionar en el narcotráfico que le hace Virgil Sollozo. Una proposición, en cambio, que sí incita a su hijo mayor y que, hace a éste cometer una imprudencia en la plática, que difiere de la decisión de su padre. Vito Corleone, El Don, El Padrino, le advierte:

—Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la Familia sepan lo que realmente piensas.

El mismo tono de Lucía Santa:

—Quiero que mi hijo sepa lo que es la vida a través de mi, no a través de extraños.

Porque hoy, en esta fecha gloriosa que son los 50 años de El Padrino, es imprescindible insistir:

Cada vez que Don Corleone abre la boca, se oye la voz de Lucía Santa.

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IM/CR

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