Una aventura napoleónica

Una aventura napoleónica

Columnas martes 03 de septiembre de 2019 - 02:56


Terminé de leer La pirámide inmortal de Javier Sierra antes de encontrarme con el contenedor de secretos más grande de la historia. El libro relata el periplo de Napoleón por Egipto. Con el estímulo de Alejandro Magno y Julio César, sus más grandes referencias, el general corso se aventuró a pasar toda una noche en soledad en las entrañas de la Gran Pirámide de Guiza. La proeza, cargada de misticismo, representaba la llave para cruzar el umbral de la inmortalidad.

Yo no logré estar más allá de los 10 o 15 minutos de rigor para los turistas en la imponente y sofocante cámara del Rey. Se trata, como era de suponerse, de un área restringida —Sierra sobornó a las autoridades del lugar dos décadas atrás para poder instalarse e inspirarse en su novela—. Además, estoy lejos de exhibir el coraje y valentía de tres de los estrategas militares más prominentes de todos los tiempos. Mi modesto homenaje apenas consistió en contemplar el rostro imperturbable de la gran Esfinge arriba de un camello que había visto pasar sus mejores días.

La caótica ciudad de El Cairo fue la más aleccionadora. Un taxista, mubarakista, como casi todos a los que abordaba con inquietudes políticas, me dio un baño de humildad. «¿A qué aspira a convertirse un niño en El Cairo? ¿Futbolista? ¿Mercader? ¿Político?», le pregunté para satisfacer mi curiosidad.

«Los soñadores están en occidente», me dijo con una sonrisa complaciente que jamás olvidaré mientras me daba una suave palmada en la espalda. «Lo único que necesitamos aquí es salud para poder trabajar y seguridad para nuestras familias. Vivir y morir en El Cairo. Procurar y cuidar de nuestros padres hasta el día de su muerte».

Días más tarde, en Luxor, la antigua Tebas, atravesé uno de los brazos del Nilo capitaneado por un niño de no más de ocho años mientras su despreocupado padre me hablaba de los muchos sitios que podía conquistar en una de las capitales turísticas más famosas de Oriente Medio. Aquella fue una postal conmovedora. La herencia más grande es el trabajo, pensé. No necesitará mucho más para sobrevivir.

•Lector, viajero y prospecto de escritor.
Dormí en el Wadi Rum y contemplé el rostro
imperturbable de la gran esfinge en la
meseta infinita de Giza. @Ricardo_LoSi

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/CR

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