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Una carta abierta contra el olvido

Una carta abierta contra el olvido

viernes 05 de abril de 2019 - 07:39


“Es una posesión, porque el olvido es una de las formas de la memoria, su vago sótano, la otra cara de la moneda”, escribió Jorge Luis Borges. A partir de esta cita, la estudiosa Alejandra Amatto revisa Operación masacre, uno de los libros emblemáticos de la literatura latinoamericana. Primera en su género de novela testimonial, en esta obra Rodolfo Walsh recoge testimonios de primera mano y da cuenta de uno de los capítulos más oscuros de historia de Argentina.

Alejandra Amatto


El regreso de una novela como Operación masacre (México, UNAM, 2018) al mercado editorial implica, sin duda, un acto conmemorativo para todos los lectores. Por un lado, los primerizos irán al encuentro de una obra, temática y estilísticamente, pionera en las letras latinoamericanas. Por el otro, aquellos que ya la conocían podrán volver a celebrar el reencuentro con la lectura de uno de los textos, posiblemente, más significativos en la obra del gran escritor argentino Rodolfo Walsh, nacido en Lamarque (Río Negro) el 9 de enero de 1927 y desaparecido brutalmente en Buenos Aires por la última dictadura cívico-militar argentina, el 25 de marzo de 1977.

Precursor en la construcción de un género híbrido, tan moderno y particular como lo fue la novela testimonial, Walsh no sólo llevó hasta las últimas consecuencias su feroz compromiso con el oficio de escribir, sino que su práctica política y militante lo hizo redactar el que sería su último testimonio narrativo, la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (1975), texto mediante el cual denuncia las atroces violaciones a los derechos humanos, las fallas políticas y económicas del gobierno de facto y demás ultrajes que habían vivido los argentinos, en ese trágico primer año de la dictadura. La consecuencia inmediata de este acto, mientras se dedicaba a la distribución clandestina de la carta, fue su secuestro y desaparición, precisamente, el día en el que comenzaba a hacerla circular. Algunos testimonios de sobrevivientes de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) —el trágicamente célebre espacio clandestino de tortura y desaparición de miles de detenidos, hoy museo de la memoria—, coinciden en haber visto llegar el cuerpo moribundo de Walsh a estas instalaciones. Como se documenta, previo a su secuestro, había sido baleado por el denominado “grupo de tareas” que estaba persiguiéndolo. Más allá de esas referencias inexactas, su cuerpo nunca fue encontrado y su nombre pasó a formar parte de la extensa lista de desaparecidos.

El secuestro y la segura muerte de Walsh es el trágico remate de una serie de circunstancias en su vida en donde la literatura, el periodismo y el compromiso político-social se imbrican para darnos a conocer la naturaleza de su figura por siempre emblemática. Walsh pasa a la clandestinidad en 1976, el mismo año en que su hija María Victoria de 26 años, militante del grupo Montoneros, había sido emboscada por el ejército en un enfrentamiento callejero. Ella y el último compañero vivo en la redada deciden suicidarse antes de caer en manos de los militares. Este terrible episodio en la vida del autor, al igual que la muerte de su gran amigo y compañero de militancia Francisco “Paco” Urondo, perpetrado también por las fuerzas represivas ese mismo año, son dos de los detonantes fundamentales que señalan un camino de no retorno para el escritor en su compromiso con la denuncia de los crímenes de la dictadura argentina y su activismo político.

En un escrito dirigido a sus amigos cercanos (Carta a mis amigos, 29 de diciembre de 1976), Walsh reflexiona sobre la terrible muerte de su hija y postula, a raíz de la misma, una heroica enseñanza. Este elemento central ha sido señalado por la crítica como el motor de sus futuras acciones: entender a la literatura como un medio de denuncia que hace al escritor vivir para los otros. Así lo deja ver en varios fragmentos de la carta: “Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace de ella”.

La manera en que Rodolfo Walsh pensaba a la literatura nunca estuvo disociada de su concepción del mundo y de su acción política. Si bien su militancia se radicalizó a partir de finales de los años sesenta, ya sus obras anteriores perseguían, desde las coordenadas de su acertado olfato periodístico, una forma distinta de entender el ejercicio del escritor y producción. Un ejemplo claro de esto fue la publicación en 1957 de la primera versión de Operación masacre obra, como ya se ha dicho, de singular importancia para las letras hispanoamericanas.

Un recorrido por la novela testimonial o la no ficción

A diferencia de lo que muchas veces se cree, Operación masacre es la primera novela de condición no ficcional que se produce en la literatura moderna. Escrita y publicada nueve años antes del icónico texto de Truman Capote, A sangre fría (In Cold Blood), la obra de Walsh se anticipa a la del estadounidense e instaura un modelo de narrativa testimonial sin precedentes. El proceso de confección de la novela es largo y en él intervienen diversos factores que vale la pena destacar.

Walsh construye los andamios de Operación masacre con base en una exhaustiva investigación periodística, sustentada en el relevamiento de fuentes de un complejo entramado de testimonios que incluyen entrevistas realizadas a los sobrevivientes, familiares y autoridades implicadas en los hechos acontecidos el 9 de junio de 1956, denominados como “los fusilamientos de José León Suárez”. Estos se producen durante la dictadura liderada por Eugenio Aramburu y denominada como la “Revolución Libertadora”. Tras un frustrado levantamiento de corte peronista en contra de este régimen de facto, se ordena el fusilamiento clandestino de cinco personas presuntamente involucradas que se encontraban en la zona de José León Suárez, a las afueras de Buenos Aires.

El elemento mítico azaroso que rodea la confección de la novela está circunscrito a una anécdota de carácter coloquial y fue referido en varias entrevistas por el mismo Walsh. Algunos meses después de sucedidos los hechos, alguien le relata al escritor —de manera casual y en un café— lo acontecido bajo la premisa de “hay un fusilado que vive”. Desde ese momento inicia una investigación que lo lleva a dar con las claves de lo ocurrido, contactando uno por uno a los siete sobrevivientes de la masacre y relevando sus testimonios, piezas cruciales para la elaboración de la novela.

La primera edición del texto cuenta con una extensa documentación de los sucesos que, años más tarde, se verán ampliados por el autor en constantes reediciones como la publicada en 1964, por la editorial Continental, en la que se incluye el famoso expediente Livraga. Previo a la publicación completa de la obra, Walsh ya había brindado algunos adelantos, a manera de artículos, entre enero y julio de 1957, principalmente en la revista Mayoría: una amplia perspectiva del país y del mundo, dirigida por Tulio Jacovella, cuya circulación se producía prácticamente en la clandestinidad. Por su imperioso afán, en la incorporación y en la reactualización de varios datos sobre los sucesos, queda claro que Walsh es consciente de que su obra desmonta la versión oficial de los hechos, arroja luz sobre las zonas oscuras de la historia y se anticipa tristemente —al evidenciar este tipo de episodios violentos en la historia política argentina— a lo que sucederá con frecuencia tras el golpe de estado de 1976.

Con esto, Operación masacre se convierte en un símbolo narrativo que combate los perversos andamiajes del olvido institucional e intenta dar voz a las víctimas de un trágico suceso, quienes jamás recibieron una reparación por parte de la justicia. La importancia de la obra trasciende, además, los senderos literarios, pues en 1972 es llevada al cine, con el guion adaptado por el propio Walsh y su colega Jorge Cedrón, lo cual impulsa aún más la difusión de la historia en un momento político claramente estratégico.

En cuanto a su estructura la obra cuenta con un “Prólogo”, tres capítulos divididos en secciones, un “Apéndice” y una “Secuencia” final. Por sus páginas transitan los personajes de: Carranza, Garibotti, Don Horacio, Giunta, Díaz, Lizaso, Torres, Mario, Gavino, Rodríguez, “Las incógnitas” y Livraga, el sobreviviente mejor conocido como “el muerto que vive”. La permanente recreación de un mundo ficcional a través de la oralidad de los testimonios y el ejercicio periodístico dotan a Operación masacre de un estilo narrativo que atrapa al lector, lo lleva por caminos colindantes con el género policial pero que también lo incomodan, pues se está frente a una historia que, más allá del filtro implícito que implica su paso por el tamiz literario, revela las atrocidades cometidas por el uso de la fuerza y la represión política.

En un ejercicio que claramente tiene como propósito el rescate de la memoria sobre el deseo institucional de borrar las huellas de un suceso inhumano, Walsh le dedica a la confección de la novela varios meses de investigación para obtener detalles fundamentales como lugares, nombres de los implicados y momentos específicos, haciendo evidente así la completa negligencia e impunidad con la que actuaron las autoridades encargadas de aclarar los hechos y encarcelar a los culpables. Su proceder también cumple con otro objetivo: poner de manifiesto la complicidad de varios medios de comunicación que encubrieron, minimizaron y muchas veces omitieron cualquier registro de lo sucedido, pues no fue hasta 1956 que el caso comenzó a tomar notoriedad a través del testimonio de Livraga.

Una reedición necesaria

Esta nueva reedición de Operación masacre, publicada por la Dirección de Literatura de la UNAM, representa un rescate necesario de la obra Walsh, pues cumple con la premisa de regresar al campo editorial un texto que era ya de difícil acceso y cuyas implicaciones literarias son sumamente relevantes. Como ya se señaló, este libro del escritor argentino representa el surgimiento de todo un género que comprende la crónica, el reportaje y la literatura y que ha adoptado frente a la crítica una variedad copiosa de nombres como: “novela documental”, “novela sin ficción” o “novela de hechos reales”, pero a la que hemos preferido denominar, más apropiadamente, como novela testimonial.

A través de las más de doscientas páginas que conforman la novela, el lector podrá encontrarse con la prosa imbricada del joven escritor que Rodolfo Walsh fue en el momento original de la publicación de la obra, y el Walsh de los años posteriores que continuó perfeccionando y agregando elementos centrales para enriquecer y sustentar la veracidad de los hechos documentados. El retorno de Operación masacre al mundo editorial representa, en definitiva, un doble y necesario ejercicio de la memoria colectiva. Por un lado, reivindica la importancia que la literatura puede tener en una sociedad como herramienta de denuncia, en el afán de contribuir con la búsqueda de la verdad. Por el otro, es un homenaje a su autor quien continúa encarnando a uno de los máximos referentes de la literatura latinoamericana comprometida con un proyecto político, a pesar de su proclamada renuncia a la ficción en pro de una lucha discursiva frontal.

Toda la literatura de Walsh constituye una batalla, de concepción casi borgeana, entre el hombre de letras y el hombre de armas. Con la aparición en 1957 de Operación masacre logró colocar en tensión dos modelos narrativos que se sustentaban en principios muy distintos, pero que conseguían ejecutarse en campos similares: la literatura y el periodismo. Desde esas dos destrezas, que cultivó con magnífica intuición y sensibilidad discursiva, pudo retratar las aristas más nefastas del autoritarismo y ejercer un espacio válido y audaz para desafiar las estructuras de los poderes dictatoriales, que han azotado no sólo a Argentina sino a toda Latinoamérica durante gran parte del siglo XX. Por esa razón, su obra continua con una intocable vigencia que mantiene impoluta la consigna del recuerdo. A pesar de la voluntad de sus captores por silenciar su vida y su escritura, cada página de Operación masacre que llegue a nuevos lectores les enseñará, como postuló Mario Benedetti, que “el olvido está lleno de memoria”.

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IM/CR

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