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Vender silencio

Vender silencio

Columnas viernes 22 de noviembre de 2019 - 01:33

Tal parece que la novela de moda en estos días es El vendedor de silencio, el extraordinario nuevo libro de Enrique Serna que desentraña a Carlos Denegri, periodista de las décadas treinta y cuarenta del siglo pasado.
Acaso porque en la historia de México ningún periodista es particularmente recordado, Serna nos orilla al redescubrimiento de una de las figuras centrales del periodismo nacional en esas décadas. El periodismo nacional entendido, desde luego, como un producto del centralismo del sistema político priista, diseñado para cumplir las exigencias del presidente en turno y de la siempre inquieta e inquietante familia revolucionaria.
Es innegable el mérito de la prosa de Enrique Serna, que cabalga en primera persona sobre las memorias de Denegri para mostrarnos un retablo polifónico del México pos revolucionario. Sin embargo, la característica más sorprendente de la novela es sin duda lo mucho que me recuerda a esa imprecisión que es siempre la actualidad.
A lo mejor me equivoco, pero pareciera que los eventos de hace ochenta años atrás intentaran retratar el presente. No lo sé. ¿Podrá la política de entonces, una pandilla elitista de pránganas haciendo negocios entre ellos mediante la invención de cargos públicos para más o menos institucionalizar el saqueo, parecerse a la política de hoy?, ¿tendrá algo que ver el periodismo de entonces, sostenido a billetazos cómplices entre medios y políticos de mala madre, con el noble oficio periodístico de nuestros días? Cada quién se tendrá que responder esas preguntas.
Rescato algunas ideas que me dejó la novela de Enrique Serna: el partido, esa combinación insospechada de arribistas y convencidos rejuntados para garantizar el hueso para todos, necesita sus medios para nutrir la desinformación de aquello que algunos imprudentes llaman el pueblo. Los medios, respetabilísimos, siempre bailarán la que les toquen. Cuando sea necesario, sabrán engrandecer con cantos jubilosos el polvo glorioso que dejaron los zapatos del Señor Presidente. Otras veces venderán a precios estratosféricos el silencio sobre las tragedias colectivas que se aproximan. Es parte del juego. Al final del día, no hay investigación periodística más valiosa que una pauta publicitaria. Ni pendejo que se resista ante una nómina oficial.
Para esta industria emanada del centralismo del partido único, el silencio es el principal valor en el modelo de negocios en un medio de comunicación en México. En un país donde todos los medios son más o menos una extensión de las dádivas negociadas con el estado, no hay periodista que pueda ser otra cosa que una variante de Carlos Denegri.
Finalmente, en la novela aparece también el reflejo de una sociedad que más y más se acostumbra al hueso proveniente de las nuevas transformaciones: académicos que celebran desaforadamente con discursos y comunicados su apoyo a las decisiones del Señor Presidente; embajadores que son menos representación diplomática que representación de las pugnas internas de poder; gente que vive todo esto y se indigna a ratitos, pero que al final concuerda con que vale la pena mantener las cosas como están.
Desde luego que estas reflexiones sobre vender silencios no hablan de otra cosa que la novela de Enrique Serna, un libro que nadie debería perderse. Cualquier semejanza entre la novela y la realidad es pura causalidad.

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/CR

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