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Vine Por Un Cuento

Vine Por Un Cuento

Entornos lunes 30 de septiembre de 2019 - 02:59

POR RAFAEL PÉREZ GAY

Arranqué a caminar. Sé que puedo traer un cuento que palpita en esas calles, pensé. Insurgentes, Baja California, Chilpancingo.

Un tránsito del infierno. Las huellas del pasado. Esos días precisos en que éramos jóvenes, invulnerables. Me acordé de inmediato de un poema de José Emilio Pacheco. Me gusta citar a Pacheco, no pierdo oportunidad: Ya me encontré a mi mismo en una esquina del tiempo./No quise dirigirme la palabra. /en venganza por todo lo que me he hecho con saña.

/Y me seguí de largo y me dejé hablando solo/ —con gran resentimiento por supuesto.

Cuando me acerqué a ese triángulo isósceles de la memoria, en el recuerdo nada es equilátero, encontré la primera línea del cuento: venimos desde muy lejos para ver de nuevo esa ciudad desaparecida. ¿De dónde venimos? Del futuro. No encontré el porvenir sino el presente. Un asco. Las calles ocupadas por puestos de comida callejera, venta de discos ilegales.

Cine, pornografía, música, todo pirata y a precios de risa. No tengo remordimientos compro mercancía pirata y no derruye mi ética pensar que le he quitado un centavo de dólar a Universal o Twentieth Century Fox . La primera línea del relato se apagó derrotada por el olor a aceite que hervía en un perol. No soy de olfato delicado, pero esa grasa. Los desafío. Los trabajadores del rumbo comían tortas, tacos, pambazos, sopes remojados en una capa densa de grasa. Les recuerdo que México logró encumbrarse en el primer lugar de obesidad en el mundo. No me extraña. Pero quiero desviarme, aunque el poeta Juarroz escribió que todo camino es una desviación. Regreso al camino.

Habíamos dejado atrás los años setenta, pero yo conservaba camisas con largos cuellos y pantalones de mezclilla con campana, se decía acampanados.

Mis dos suéteres tipo pulóver, inmejorables. Mi hermano los traía de Alemania y me los heredaba. Eran mi lujo. Me veía bien en ellos y siempre me acordaba del cuento de Cortázar: Un hombre lucha a muerte contra su pulóver, al final cae por la ventana. Se llama “No se culpe a nadie”. Yo usaba unos lentes de pasta muy grandes, casi ocupaban toda la cara. Las dioptrías, gran fiesta de la miopía y el astigmatismo, hicieron a esos aros mis amigos inseparables. Cuando mis hijos vieron fotografías de esas épocas donde nosotros, mi mujer y yo, aparecemos con nuestros lentes, ellos sintieron curiosidad y vergüenza. No lo dijeron, pero yo los conozco bien, soy su padre.

¿Qué fue de mis botas cafés con el cierre a un lado? Ustedes no saben cómo las quise a esas botas. Me acordé de ellas como se acuerda uno de las cosas queridas y del tiempo en que caminaba lo parques, las calles del Centro, de la Roma, de la Condesa. En ese tiempo caminaba largas distancias sin parar.

Di la vuelta a la manzana, me refiero a las calles del cuento, sin que apareciera vestigio alguno de esa ciudad y de los que fuimos parte de ella. Se llamaba cine Las Américas, alrededor de la sala había un conjunto de tiendas con un café al fondo en el que se reunían los pintores a fraguar no sé qué rebeliones contra el arte conservador cuando muchos de nosotros no habíamos nacido. Esos artistas jalaban la carreta de una revuelta interior que mucho tiempo después se exhibió en las calles y terminó con una masacre. La plaza comercial Las Américas la construyó José Villagrán en 1952. Las cuadrillas de albañiles repellaban los muros del Centro Urbano Benito Juárez, un multifamiliar de corte funcionalista concebido por el arquitecto Alberto Pani y que desapareció en el terremoto de 1985. Era horrible. Al fondo del Café de Las Américas había un bar con una rockola donde las parejas saciaban su ansiedad de frases prohibidas. No logré el cuento esa tarde. Sólo se me ocurrieron historias de fantasmas, seres irrecuperables perdidos en el lago ardiente de grasa puesto en la cuenca de un perol.

Regresé antes del anochecer.

Sé que hay un cuento, lo veo, lo huelo. Un relato de amor y juventud, de primeras ilusiones, sueños que parecían indestructibles. Voy de nuevo. Arranco a caminar. Se llevaron la tienda de trajes Robert’s con que vistieron los burócratas que recibieron los años ochenta de traje y corbata. Del mismo modo, es decir sin que nos diéramos cuenta, desaparecieron el Pireo, una tienda de Lacoste, la marquesina del cine, que anunciaba una de las obras de Lando Buzanca, y mi primera novia importante. Debe existir un lugar donde todo esto cobre vida de noche ¿Me mudaría con más maletas y libros? No sé. Uno habita esa provincia aunque no quiera porque ese sitio se llama sueño y ocurre en la oscuridad, mientras la cabeza que duerme reproduce un teatro de sombras donde somos a la vez el público y los actores. Sigo.

Esos tiempos: la gritería. Nos dejaba sordos con sus explicaciones del desastre. El país estaba en la barranca. Otra vez el pasado y el presente se funden, como la grasa del perol. El peso no valía un peso. En los titulares de los periódicos, el presidente López Portillo hablaba de una conjura contra nuestra moneda. Un estruendo. En el radio la noticia corría como fuego en la paja: el nuevo candidato del PRI a la presidencia, Miguel de la Madrid Hurtado, iniciaría una renovación moral de la sociedad.

Nadie renovó nada. José José el Príncipe de la Canción, preparaba dos de los conciertos con los que terminó de esculpir la consagración de sus canciones. Un gran cantante, el mejor destruido por su éxito.

El dinero a manos llenas descompone. El triunfo, demoledor de los sueños.

Me hice editor. Tuve en las manos el original del nuevo libro de Cortázar. Lo leí y corregí con una angustia y a una velocidad de vértigo, la admiración excesiva siempre es un problema. Busqué con el diseñador una portada que aludiera a la ambigüedad del libro, le escribí una breve contraportada no poco almibarada y lo entregué a producción. Ocurrió un estallido mundial de un negro que bailaba y cantaba como un dios. Los hombres y las mujeres que frisan los treinta y cinco jugaban a los cochecitos y a las muñecas mientras sus papas se tronaban los dedos porque la inflación pulverizaba su salario, el peso flotaba más devaluado que el prestigio del último priismo y la crisis económica devoraba todo lo que encontraba a su paso. El año 1982. Los que estábamos a la mitad, entre los niños y los padres de familia, vagábamos por un lugar muy parecido al cementerio del videoclip más famosos del planeta Thriller, ese panteón en el que los espectros abandonan sus tumbas y vuelven a la vida para cobrar venganza en el mundo de los vivos.

Iba a empezar ese fragmento diciendo que la mala suerte me persigue, pero me dio miedo. Soy supersticioso. Creo que si cedo a la tentación en cualquier momento salvo que haya comenzado hace tiempo. Toldos rojos, vendedores ambulantes a pasto. Del cuento, nada. La Rochefoucauld decía que se requiere mayor carácter para sobrellevar la buena que la mala fortuna. Los aforistas mienten para que les cuadren sus máximas; desde luego, se sobrelleva con mucha más dificultad la mala que la buena fortuna. El cuento brilla por su ausencia. Mañana intentaré de nuevo. Espero un buen viento.

Así ocurre con los relatos, los tienes a tiro de piedra y de pronto desaparecen.

Seguro alguien escribió ya sobre esa volatilidad sobrenatural. Te dices: ya está, nadie me lo quita, y justo en ese momento el cuento evade el cerco. Nadie sabe si volverá. Con los años uno aprende que hay que persistir sin desesperarse, dejar que vuelva solo, despacio, primero una imagen, luego una frase y la locomotora está en marcha de nuevo. Escribir es comenzar, dijo Fonseca.

Arranqué a caminar. Mi padre había muerto dos meses atrás y a mi me dio por buscar en Duelo y melancolía de Freud una clave, un consuelo. Las cosas raras que uno hace cuando muere el padre o la madre. Me sirvió para entender que ninguna teoría nos consolará de la pérdida definitiva. El doctor de Viena se las sabía de todas, todas. Volví a quererlo, a Freud no a mi padre, a él ya lo quería desde antes. Los impulsos hostiles hacia los padres, como el deseo de que mueran, son un ingrediente de la neurosis; una exteriorización del duelo son los reproches por la muerte del padre, de la madre.

También leí a Jean Allouch, un lacaniano algo enredado que ha escrito algo sobre el duelo en el tiempo de la muerte seca.

No me pregunten. Me gustó el estudio del pobre Hamlet viendo fantasmas. Ya sé: se preguntan qué putas tiene que ver todo esto con la el cuento. Las despedidas, señores.

Mi padre y yo nos despedimos un sábado por la tarde. Él se despidió primero. Pensé que me pedía una medicina porque me dijo: ya es la hora. Quiso darme las gracias y yo interrumpí diciéndoles que él sabía como lo quería y le dije que todavía le quedaba tiempo. Dime adiós.

Adiós. No habló más. Murió cinco días después. La entrada de mi padre en la oscuridad me perseguía mientras buscaba mi cuento en la calle de Chilpancingo.

Pensaba en despedidas.

Entré a las siete de la tarde al Café de Las Américas. Caminé entre las mesas y llegué al bar en penumbras, detrás de un cancel de vidrios ámbar. He restaurado algunos diálogos:

—¿Tienes monedas?— me preguntó ella frente a un vodka.

Le gustaban el vodka, los zapatos de plataforma, los tops, esa tarde llevaba uno azul turquesa.

—Dos —respondí metiendo la mano a la bolsa de mis vaqueros.

Ella deslizó las monedas por la ranura de la rockola. Se oyó la voz potente de José José, un éxito rotundo: Besabas como nadie se lo imagina, igual que una mar en calma, igual que un golpe de mar. Todo México cantaba esa canción en un gran coro gemebundo. Pérez Botija, el compositor y arreglista, ideó una tormenta y luego un volcán apagado para retratar los fulgores del amor y luego sus cenizas.

Un volcán apagado. Pas mal. Sé mucho de baladas. Las letras se me pegaban como sanguijuelas. Siempre hablaban de vidas tiradas al basurero, amores deformes, conmiseraciones. Todos me criticaban, escarnecían mi paladar escaldado. Hipócritas, apenas llegaba la madrugada, berreaban las canciones del Príncipe cuando los tragos lo liberaban de la prisión del buen gusto.

—No me dejes— me dijo antes de pedir otro vodka.

—¿Qué canción es esa?

Lo sé. Fue falta de cariño. Lo ven, digo frases de bolero sin querer. Y siempre te quedabas a ver el alba. Y yo veía el alba.

Y ser tú mi medicina, para olvidar. Y me imaginaba unas medicinas poderosas y curativas, unas panaceas para las heridas del recuerdo. Siempre he sido un poco literal, no lo niego. Ya sé que me avisabas hacía tiempo. Amor, ten mucho cuidado, amor que te dolerá. Y me dolía un poco.

Porque tú volaste de mi nido, porque tú volaste de mi lado. Y sentía algo etéreo, como si volara de un nido. Yo que fui volcán, soy un volcán apagado. Y me sentía débil, como una fuerza extinguida, en fin, me identificaba mucho con la canción. Alguna vez todos hemos vivido dentro de la jaula de oro de José.

—No me dejes— su cara se asomaba a través de la cortina de pelo negro, chino, ensortijado, natural, ahora esto se logra con procedimientos sofisticados de belleza que no contaré de momento.

—No puedo. De verdad no puedo.

Empecé a sentirme angustiado cuando alzó la voz en el exacto momento en que José decía que hay días en el pasado que volverán:

—¿Vamos a terminar? –estaba desolada.

¿Este es el relato? No. Quizás el lector se habrá preguntado si esta escena ocurrió o no. No sé. El lector ha entrado a mi memoria, a una especie de teatro en donde una función elige un recuerdo y el escenario se ilumina. Restauro, por ejemplo, esta frase estúpida:

—De verdad: no tiene caso. Yo sé mi cuento.

—Tú, sé mi cuento. ¿Vas a ser mi cuento? — vio el futuro en el tercer vodka.

Todo camino es una desviación.

Cierto. Regresé de noche sin relato, sin nada y sintiéndome basura. Mañana los sorprendo a todos: pienso llegar al bar de Las Américas a las cinco de la tarde.

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IM/CR

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