El fin de la burocracia

El fin de la burocracia

Se ha elogiado por muchas razones a nuestro Presidente electo en Funciones, y bien está que así sea (aprovecho esta tribuna para felicitar a figuras emergentes del análisis político como Pepe Merino o Hernán Gómez, que han hecho un trabajo irreprochable en este sentido: su capacidad para el elogio es infinita). Pero creo que hemos sido injustos al no rendir tributo a una de sus grandes virtudes a la hora de ejercer el gobierno: la capacidad para alcanzar el ideal de eso que en tiempos pasados se llamó “simplificación administrativa”. En una palabra, su capacidad para terminar con la burocracia. Porque sí: la burocracia, en México, se acabó.

Ejemplos sobran. Tendríamos que haber imaginado que Andrés Manuel iba a obrar —sí: obrar— este milagro. Después de todo, es el responsable de la única democracia automovilística del mundo:

desde su gestión en la Ciudad de México, desapareció el requisito absurdo de saber manejar para tener una licencia, y ya ven lo cívicos que son los conductores chilangos. Cosa de confiar en el pueblo. Asimismo, como recordaremos, logró construir un segundo piso sin apelar a la tramitocracia habitual: fonazo a Claudia Sheinbaum y listo. Bien, todo indica que ese tipo de milagros vamos a seguirlos viendo. ¿Que un aeropuerto de lujo destruye el Lago Invisible y asesina patitos bebé? No hay bronca: detienes la construcción con una consulta en la que te saltas al INE. Costo: millón y medio de pesos, gracias a que los votos se contaron en la cocina de la casa de los de las casillas, que eran de Morena. ¿Que los empresarios que construían el aeropuerto de Texcoco respingan? No hay problema. Comida en La Alcachofa —seguro que pagada por los empresarios, porque nuestro Presidente electo no carga tarjetas para evitar el dispendio— y los contratos de Texcoco pasan como por arte de magia a Santa Lucía. Nada de licitaciones, valoraciones técnicas, ni tonterías parecidas. Los inversionistas foráneos deben estar tranquilísimos.

Pero hay muchas otras áreas de oportunidad. ¿Que hace falta desarrollar, digamos, carreteras, más segundos pisos o un cuarto aeropuerto para complejizar más la red de terminales que sustituye a Texcoco? No pierdas el tiempo con licitaciones: llama a Riobóo, que es de la casa y tiene sobrada experiencia chambeando con el presidente electo y hasta con el futuro canciller —ya vimos la cantidad de proyectos que le cayeron durante sus administraciones en la capital— y, como bono, no solo funge de portavoz del gobierno sin cobrar (no conozco a detalle el nuevo tabulador, pero eso seguro le ahorra unos 20 mil pesitos al pueblo bueno), sino que pone a su familia a contribuir con la causa: su esposa, Yasmín Esquivel, es candidata a la Suprema. ¿Que vienen elecciones intermedias, o que se acerca 2024, y quieres una participación masiva del pueblo? Olvida el trámite de identificarse, como se hizo en la consulta del aeropuerto, y suprime las credenciales del INE. ¿Que la bolsa se desploma porque el Senado anuncia que la banca no puede cobrar comisiones? Pues invita a los banqueros a La Alcachofa y proponles el negocio de, no sé, construir la tercera pista en Santa Lucía. Porque si algo nos enseñó la experiencia texcocana es que en la administración por venir no hay límites. Su lema podría ser: “Si quieres puedes volar”. Y vaya que están volando cosas.

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