El genio satírico de Jorge Ibargüengoitia

El genio satírico de Jorge Ibargüengoitia

RICARDO SEVILLA

Pese a que el nombre de Jorge Ibargüengoitia es muy conocido, carecemos de una autobiografía en regla sobre la vida del escritor guanajuatense. En el mejor de los casos, podríamos considerar que su biografía está compuesta por las múltiples piezas conformadas por sus artículos, sus cuentos y aquellas novelas que el mismo autor reconoció como autobiográficas: La ley de Herodes (1967), Estas ruinas que ves (1974), y Dos crímenes (1979).

Guillermo Sheridan, acaso el más sobresaliente de sus estudiosos y epígonos, en la introducción de Autopsias rápidas, escribió: “Son dos mil cuartillas que trazan un doble mapa: uno, sentimental, irónico, de lo que significa vivir en México (es decir: de lo que significa padecer la ciudad y la provincia, viajarlas, comer, beber, votar, recordar, amar y aborrecer); otro, el que se desprende de la mirada singularísima, autónoma y escéptica del hombre que ve al país y que se ve así mismo mientras lo hace”.

Poco sabemos sobre la formación escolar de Jorge Ibargüengoitia (22 de enero de 1928 - Madrid, 27 de noviembre de 1983). Él mismo nos cuenta que estudió la primaria en el Colegio México, perteneciente a la orden religiosa de los Hermanos Maristas. Aparte de su educación formal, sabemos que vivió y fue guiado por un par de mujeres que lo adoraban: su mamá y su tía Emma Antillón, quienes deseaban que pequeño Coco, como le llamaban cariñosamente, llegara a convertirse en un destacado ingeniero. No obstante, sus ilusiones se estrellaron con un muro de concreto cuando, dos años antes de terminar la carrera, Jorge la abandonó para dedicarse a “la disparatada idea de escribir”.

De pequeño, Jorge fue, según sus propias palabras, uno de esos “horripilantes niños genios”, que produjo su primera obra literaria a los siete años.

En su obra —tanto en la narrativa como en la teatral— los viajes tienen un papel central. Los itinerarios, las migraciones, los traslados e incluso las escapadas, no sólo constituyeron uno de sus pasatiempos preferidos; en realidad fueron una de sus principales fuentes de inspiración. En 1942 se adhirió a la organización de los boy scouts, con quienes recorrió México durante nueve años. Entre otros países, estuvo en Inglaterra, Francia, Italia y Suiza.

Como autor de teatro, pudo conseguir la beca Rockefeller en Nueva York. Hecho que no escapó a su infatigable ironía: con eso pudo “comprar camisas cada vez que le pegara la gana”.

Fue amigo y alumno de Rodolfo Usigli. Su amistad fue tan grande que cuando el autor de El Gesticulador se retiró de la UNAM, entregó la cátedra de Teoría y composición dramática a Luisa Josefina Hernández y a Jorge Ibargüengoitia.

Pese a todo, el teatro no lo llenaba y se dijo desilusionado de su carrera de dramaturgo. Para colmo, volvió a tener problemas con la relación de codependencia que sostenía con Luisa Josefina Hernández, y cayó en una crisis depresiva. No obstante, para entender la trayectoria literaria de Ibargüengoitia es indispensable tomar en cuenta los diez años que le consagró a la escritura dramática. De hecho, su dedicación teatral, a la postre, le posibilitaría realizar un viaje por diversos géneros literarios incrementar su competencia como narrador.

Conocer los mecanismos teatrales a profundidad le permitió desarrollar la construcción de diálogos vivos en sus cuentos y novelas. Después de su desencanto teatral, entre 1961 y 1964, se dedicó a la crítica teatral. De acuerdo con Vicente Leñero, la incursión de Ibargüengoitia en el campo de la crítica fue recibida bajo sospecha por los profesionales del teatro, con quienes el guanajuatense nunca logró establecer comunicación.

En todas sus novelas, cuentos y dramas, de Susana y los jóvenes(1954) a Los pasos de López, Ibargüengoitia emplea los más sofisticados recursos del humor y la ironía. Con desenfado y un sarcasmo pocas veces visto hasta entonces en la literatura mexicana, el escritor aborda temas que van desde la venerada historia patria (con una acrimonia sin precedentes) hasta el no menos sacralizado mundo intelectual —que escarnece— con sus vanidades, simulaciones y disputas ideológicas.

A diferencia de los gracejos de ciertos autores que a toda costa han querido parecer chistosos, el enorme genio satírico de Ibargüengoitia ha logrado trascender los localismos e incluso ciertas adherencias ideológicas de su época.

Dicho en palabras más categóricas: no se trata del típico escritor incendiario con tendencias comunoides criticando al avieso capitalismo o viceversa, sino de un autor —con su caudal de personajes antiheróicos y egoístas— que, ante todo, codician el confort y la serenidad de la vida descansada. Al leer sus libros, que de tanto en tanto nos hacen achinar los ojos de la risa, percibimos que estamos no sólo ante la obra de un “ciudadano despolitizado”, sino también ante un hombre perspicaz y distanciado de los lerdos sonambulismos ideológicos. Bien haremos en volver a Ibargüengoitia.



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