El león de Judá (II de II)

El león de Judá (II de II)

En el Deuteronomio, último libro de la Torá, vemos a un Moisés moribundo, bendiciendo a las doce tribus de Israel. Cuando toca el turno de la tribu de Judá dice: “Y esta bendición para Judá. Dijo así: Oye, oh SEÑOR, la voz de Judá, y llévalo a la tierra que le es prometida; sus manos le basten, y tú seas ayuda contra sus enemigos.” En la Biblia existen diversos tipos de bendiciones, unas son patriarcales, que establecen linaje, otras proféticas, que preparan el futuro. Así, desde tiempos míticos al pueblo judío se le ha prometido tierra, habilidad, pero también enemigos.

A lo largo de la historia, las dos últimas promesas tienen innumerables ejemplos. Existe una larga lista de mujeres y hombres de genio e ingenio que han aportado perlas a nuestra civilización. A la par, se sucede la interminable lista del odio hacia este pueblo. Sin embargo, no es sino hasta el siglo XX que la primera bendición de Moisés adquiere vigencia después de una larga diáspora.

Las narraciones simbólicas son importantes. Son las historias que nos contamos las que forman identidades nacionales. Sobre el Israel moderno está el Israel simbólico, sionista, el de una tierra prometida a la tribu de Judá, aunque esté, o precisamente porque está, rodeada de enemigos. Los mitos fundacionales no solamente legitiman una presencia, también apuntan un futuro.

Sin embargo, lo que se promete a unos, necesariamente se quita a otros. Las narraciones bíblicas no dan un buen precedente en una lectura moderna. Basta recordar el destino de los cananeos. En la narrativa de la promesa, un asentamiento israelí en Cisjordania no es irregular sino cumplimiento. La legalidad es un argumento débil cuando existen destinos manifiestos.

La realidad es terca frente a las decisiones por decreto. Los que hoy siguen pensando en una solución de dos estados como una solución al conflicto palestino-israelí hace tiempo que no visitan estas tierras. Los asentamientos no sólo no se han ido, sino se multiplican exponencialmente. Por otra parte, los palestinos viviendo en Israel tampoco sueñan con salir de un país rico.

Hoy el conflicto palestino israelí es menos por fronteras y más por una ciudadanía en plenitud de derechos e igualdad de oportunidades. Lo obvio. El peligro es convertir un problema de ciudadanía en un conflicto de identidades nacionales. En ciertos círculos, se piensa que lo palestino es una identidad tribal, no nacional. No por nada en julio de este año la Knesset aprobó una ley que declara a Israel como un Estado nación del pueblo judío y al hebreo como la única lengua oficial. Pero la realidad es terca frente a decisiones por decreto. Lo nacional lleva fácilmente a la radicalización y en su extremo al terror, ¿cuál será la apuesta?



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