El verdadero Gran Premio

El verdadero Gran Premio

Por primera y creo que última vez, fui invitado al Gran Premio de Fórmula 1 de la Ciudad de México, y además en condiciones excepcionales: mi amiga Catalina trabaja para una de las empresas que patrocina a la escudería Ferrari y decidió, como regalo anticipado por mis 50 años (cumplo el 1 de diciembre, justo cuando nace la Cuarta Transformación, casualidades de la vida), cederme el gafete metálico, terso, firme pero ligero como todas las grandes piezas de diseño, que —la vida está llena de coincidencias, vaya que sí— no pudo usar una periodista fifí.

Soy de la UNAM, y los exalumnos de la UNAM no estamos acostumbrados a esas cantidades de champaña y whisky de alta gama. Tampoco a convivir con tantas estrellas mediáticas, tantos influencers, empresarios y banqueros. ¿Camaradas de la Cuarta Transformación? Había pocos. En ningún caso percibí el contraste entre las manos callosas, toscas, del pueblo bueno (eso que decía el poeta comunista Miguel Hernández: “comiendo pan y cuchillo,/ como buen trabajador,/ y a veces cuchillo solo,/ solo por amor”), pero sí llevaban mascadas tipo palestino, que maridan muy bien con la ropa española, para dejar claro que ya llegó el cambio.

Salimos todos con cierta embriaguez, entrada ya la tarde, y con una sospecha: que muy bien puede ser el último Gran Premio de la Ciudad de México, ceremonia fifí donde las haya. Una sospecha que puede confirmarse en cualquier momento, como ya dejaron ver las palabras justicieras, 100% pro pueblo bueno, de Claudia Sheinbaum, que está incómoda con el precio de los boletos. Mi solidaridad con la Jefa de Gobierno. ¿Que el Gran Premio comunica al extranjero que somos algo más que muertos y gobernado res corruptos? ¿Que sirvió para levantar, por sí solo, la economía chilanga quebrada por el sismo de 2017? ¿Que deja una derrama de casi 15 mil millones de pesos a cambio de una inversión pública de 72 millones de dólares? No importa. Es fifí, y el cambio, les recuerdo, ya llegó. Esto era el cambio. Bien, jefa de Gobierno. Bien, 4T. Sigamos en esa línea, no solo en la Ciudad de México sino en el país. Cerremos las armadoras de coches de lujo; es más, prohibamos los coches de lujo. Clausuremos las empresas catalanas que producen vinos espumosos en el centro del país: no a las bebidas fifí.

Ni una maquiladora más de ropa fifí, ni una exhibición más de relojes fifí, ninguna subasta de arte fifí. ¿Que los mercados se cimbran, los inversionistas se espantan, las calificadoras nos mandan a la esquina con orejas de burro, la banca nos zapea, se pierden empleos y sube el dólar? No importa. Ya nos explicaron los intelectuales 4T que el dinero no es importante para sacar a la gente de la pobreza. Además, se vislumbran ya nuevas fuentes de ingresos. Podríamos cobrarle la entrada al lago de Texcoco, que ya saben que va a ser el Yellowstone mexiquense, a extranjeros y mexicanos fifí. En vez de champaña, podemos recuperar la costumbre echeverrista de dar agüita de jamaica en las recepciones, para impulsar el campo y alcanzar la autosuficiencia alimentaria. O seguirle dando obras como el aeropuerto de Santa Lucía a los socios del empresario Rioboó, que seguro generan un montón de empleos bien remunerados.

Y es que en realidad, lectoras queridas, lectores queridos, el único Gran Premio que necesita este país, el verdadero, el premio para todos, el de la justicia y la prosperidad y la moral, es el de la Cuarta Transformación.

Brindo por ella. Con agüita de jamaica, por supuesto.

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