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Escorpión cruza un río
Escorpión cruza un río

viernes 28 de diciembre de 2018 - 08:01


GUILLERMO ARREOLA

Decíamos que era una persona difícil, con un temperamento de relámpagos, porque entre el sí y el no de ella palpitaba siempre un motivo de transcendencia. Y por trascendencia, podía golpear como agua pasada por electricidad o arropar como con telas suaves, para ver desde la palabra y buscar el engranaje a dislocaciones propias y ajenas.

―Anoche te me apareciste en sueños ―le dije cuando hablamos por teléfono, el día 28 de enero de 2010.

―¿Y qué soñaste de mí? ―me preguntó.

―Lo único que recuerdo es que te veía a la distancia y te gritaba: Esther, ¡las flores!

―¡Sí, las flores! ―respondió.

Rememoro a Esther Seligson y a su escritura libres de naciones. Emancipadas de imposturas culturales. Indiferente a la réplica que originara su libre albedrío: el silencio por parte de quienes dictan, de quienes ofrecen como sostén un cayado-homenaje, a un nombre y su obra para que resistan el peso del avance hacia la muerte.

―¿Qué sería de los ángeles sin los demonios? ―me preguntó varias veces.

―No sé; tendrían menos chamba ―le respondía yo.

Marqué su número telefónico un día del año 2005:

―¿Esther?

―No te vas a morir ―me respondió su voz, eufórica―. Estaba acordándome de ti.

Me pidió que le contara cómo estaba yo.

―Bien. Acabo de regresar.

―¿Y a dónde fuiste? ―preguntó.

―Estuve enfermo. No sé si entiendas lo que estoy queriendo decirte...

―¡Cómo no voy a entender! ―respondió casi indignada―. Dímelo a mí, que tuve que desgañitarme frente al mar.

―Sí, lo leí, algo así, en tu libro Simiente.

“Te hablo porque no quiero ir a nuestra cita. Tengo frío. Me siento cucha”, me dijo por teléfono el día 12 de enero de 2010.

―Está bien ―le respondí―. Abrígate.

Sentí una forma de alivio. Había estado yo de nervios al pensar en que me reencontraría con la mujer a quien me había presentado Braulio Peralta y por la que yo había quedado embelesado por el uso de su palabra, la mujer que me había trazado mi carta astrológica y me había dejado atónito con sus augurios y admoniciones.

Desasosiego sentía por volver a ver a quien había desplegado en un solo tiempo la confluencia de todas las religiones, como dejando entrever que raíz de toda religión es el delirio, y que el origen del arte se enramaba en los sueños, en ese su libro: La morada en el tiempo: una diatriba contra el sueño promesa traicionados de Jacob, un reclamo de fin de las guerras pero desde la guerra misma, una errancia perenne y un no al olvido.

―Ya no quiero a Cioran, ya no me gusta ―le dije un día―. He vuelto a leerlo, a cometer la tontería de intentar entenderlo.

―Sí; puras aguas cenagosas. Un pantano fársico ―respondió.

―¡Pero tú me acercaste a sus libros!

―¡Pues ahora quiero que te alejes de ellos!

Releo la escritura de Esther Seligson, altísima por principio. Y la veo a ella: fulgurante, pero también con estribaciones; con consciencia de la indispensabilidad de la sombra, así se trate de sombra de sueño.

A principios de 2010 le hablo por teléfono.

―Esther, ya es tiempo de vernos.

―¿Leíste mi libro o no?

―Sí. Lo leí. Cicatrices.

―¿Y?

―Esther, has creado perversiones literarias inauditas. Hay relatos en ese libro que pueden ser pesadillescos ―le digo.

―Como la realidad. Y no dudes que todo eso haya ocurrido. Hay que cruzar la realidad como se cruza un río, como lo haría un Escorpión, como nos obliga a ti y a mí nuestro signo Escorpio. ¿Y leíste la dedicatoria que te mandé?

―Sí.

―¿Te fijas qué mala leche soy?

Quedamos de vernos el 12 de enero de 2010. Yo le había propuesto el día 13, me respondió que definitivamente el 13 no. El día 12 por la mañana me llama para decirme que no quiere, que tiene frío.

De alguna forma siento un alivio pero también la amenaza de que los dos quedemos varados en lo indeterminado.

Dos días después, el jueves 14 de enero, suena el teléfono. Es ella. Dice:

―¿Vas a estar en tu casa?

―No sé.

―Pues tienes que estar, porque voy para allá.

Va a mi casa. Pongo música.

―Me mata Erik Satie ―dice ella―. Esto es la vida.

―Es música, Esther.

―¡Pero es la vida! ―ordena.

―¿Has pensado sobre el mal? ―me pregunta de pronto, exultante, teatral―. ¡El mal! ―dice―. El Mal, con mayúsculas, en sentido metafísico, el que no se ve, el que está más allá de la carne y de las guerras, el Mal, ¡vuelve Tezcatlipoca! Te estoy hablando del Mal como posibilidad rectora del Ser. Escucha ―me pide.

Me dispongo a hacerlo.

―Pero escucha con atención ―dice―: “Lo que crea la luz y la oscuridad, lo que crea la vida y la muerte. Ése, ¡ÉSE SOY YO!”.

Y pregunta:

―¿Qué sería de los ángeles sin los demonios? Dime, ¿qué sería?

La veo extasiada en sus propias palabras. La veo escenificada.

Platicamos un par de horas. De repente dice: “ya me voy. Y si en algún momento se te ocurre escribir sobre cómo nos conocimos y de todo lo que ocurrió después, Escorpión, ¡pues hazlo, pero cuenta todo!”.

Sonrío y tiemblo.

Antes de despedirnos, le pregunto si ya tiene menos frío que los días anteriores. Me responde que casi igual, que el frío le afecta en demasía. Le digo que hay personas que en épocas de frío tienen que recurrir a dilatadores.

―¿Qué es eso? ―me pregunta.

―Dilatadores arteriales. Con el frío las arterias se cierran, así me lo explicó un médico ―le digo.

―¡Ah! ―dice―. ¿Y si no hace uno eso?

―Pues se expone uno a problemas.

―¿Cómo qué?

―Se cierran las arterias y el corazón puede ahogarse.

―¡Oh!

―La otra es ir a clima cálido, mientras pasa el frío.

―¡Ay, no! ―dice―.

Nos despedimos.

Semanas después, el 8 de febrero de 2010, murió.

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IM/CR

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