Fernando del Paso: un homenaje más allá del llanto

Fernando del Paso: un homenaje más allá del llanto

RICARDO SEVILLA

La muerte —en sí un hecho natural nada meritorio— de un gran escritor, origina siempre un hervor de halagos. Nadie quiere perder la ocasión para dar un paso al frente y ofrecer unas palabras luctuosas. De buenas a primeras, surgen expertos y conocedores de la obra del difunto.

Aquí y allá, proliferan los “análisis”. Cunden —salidos de quién sabe qué criadero de sabios— los amigos íntimos, los especialistas: los viudos.

Los primeros se dedican, gozosos, a contar anécdotas íntimas sobre el camarada inseparable. Nadie es capaz de contener su inagotable anecdotario. Como en cascada, se dejan revelar intimidades, confesar naderías. Eso vende. Eso conmueve. Y mucho.

Los segundos —esgrimiendo su sapiencia profética— le avisan al mundo que el recién desaparecido, ay, es un genio inexplorado. Pese a su ausencia irremediable, vaticinan un futuro risueño para su biografía y pronostican un mejor destino para su obra: “su obra hercúlea”.

Los últimos, simplemente, se consagran a lo mejor que saben hacer: aplaudir y ovacionar hasta que sus manos chispean complacencia. No son seres peligrosos. Se trata, en todo caso, de “perros tolerados por la gerencia, por saberlos inofensivos”, como decía el poeta Pessoa.

Veinte minutos después de anunciada su muerte, el personaje ya alcanzó dimensiones de héroe patrio. ¿Por qué no lo homenajearon como se debía? ¡Ingratos! Se lo debían. Sí. Se lo debían. Era un adeudo que los malvados árbitros –ay, siempre son tan pérfidos con los genios muertos– se negaban a pagarle al honesto artista.

Así, entre una ebullición de lisonja que tiende siempre a coagularse en glutinosos atoles nacionalistas, se habla de la muerte del escritor mexicano Fernando del Paso (1935–2018). ¿Qué decir al respecto? ¿Quedan novedades? ¿Alguna revelación por ahí, perdida? Nada. Ya todo lo que habría qué decirse, ya se dijo. Y hasta lo que no debió haberse dicho, también.

No obstante, podríamos decir que Fernando no sólo fue escritor de altos vuelos, también pintó obras primorosas, supo todo sobre la diplomacia (trabajó en el Servicio exterior) y, además, fue un académico sin tacha.

Y si agregamos que el autor de José Trigo y Palinuro de México es un clásico, un maestro renovador y uno de los grandes estilistas de la prosa castellana, igual, nos estaríamos poniendo a tono con el momento. Pero hacerlo, sencillamente, nos colocaría entre la turba pataleante y plañidera. Sería, sin más, ceder al burdo frenesí de los adulones: de los que lloran para demostrarle al público que son sensibles. Pero no desestimemos el arduo trabajo de los panegirístas profesionales: vivimos una época de ferviente experimentación zalamera.

Ironías aparte, debemos apuntar que los alcances de la obra de Fernando del Paso, por fortuna, superan, con mucho, el tonto halago de sus deudos, de sus simpatizantes y de sus banshees.

Decir que su obra combina con destreza —y más aún: con genialidad— el ensayo, la poesía y la narrativa es ceder al lugar común.

Desde del ángulo que se le observe, Fernando del Paso no sólo fue una de las voces fundamentales de la literatura mexicana, sino también universal.

Basta echarle un ojo a sus tres grandes novelas: José Trigo, Palinuro de México y Noticias del imperio. Se trata de tres novelas ejemplares, parafraseando a Cervantes.

Además de su perfección formal, recogen momentos fundamentales de la historia de nuestro país. Si, como suele decirse, la misión de un escritor es consumar al menos una obra maestra, Fernando del Paso lo consiguió en cada una de sus tres novelas mayores.

En ellas practicó, hablando en términos estilísticos, una nueva, heterodoxa y desafiante lectura de nuestra historia: José Trigo es el descenso al México ancestral y profundo; Palinuro es la odisea del hombre enfrentado al enigma del amor y de la muerte a través del cuerpo y Noticias del imperio es el retrato de una pareja de megalómanos que logró cambiar de manera vertiginosa y radical la historia de México.

Una cosa es irrefutable: quien se asome a los libros de Fernando descubrirá que la calidad de su obra será, siempre, su mejor homilía. El autor de Noticias del Imperio, preferiría cambiar sus futuros halagos por la mirada crítica que sus lectores pudieran hacerle en el presente.



LO ÚLTIMO



+ -