Fragmento de la Revolución de los Espíritus

Fragmento de la Revolución de los Espíritus

ALEJANDRO ROSAS

La insurrección que recorría el norte del país a finales de 1910 no asustó a nadie. Por su comienzo incierto parecía condenada al fracaso y ante la distorsionada mirada del gobierno, el jefe de la insurrección era insignificante; lejos estaba de ser un pundonoroso militar y difícilmente se le podía considerar un caudillo. Era tan solo un hombre de trato agradable, buen bailarín, sonriente, afectuoso con su esposa y como revolucionario no dejaba de sorprender su respeto por la vida humana. Su presencia física ciertamente no le favorecía, alcanzaba apenas el metro sesenta y tres centímetros de estatura. Su nombre, ya entonces conocido: Francisco I. Madero.

“El movimiento carece de importancia” ―declaró a la prensa José Y. Limantour―. “El jefe de los revoltosos es un hacendado de Parras, a quien juzgo una persona de buena fe, pero un tanto desequilibrado. No hace mucho se creyó apóstol y se dio a predicar el espiritismo; ahora, atendiendo al consejo del espíritu del gran Juárez, pretende derribar al Gobierno y reformar la sociedad”.

El ministro de Hacienda de Porfirio Díaz hacía sorna de las creencias de Madero, a quien conocía personalmente. No era un secreto que varios miembros de la familia Madero tenían estrechas relaciones con el ministro y en general con el gobierno de Díaz.

Y aunque Limantour se burlaba, contar con el apoyo del espíritu de Juárez no era nada despreciable. La última comunicación recibida por Madero, el 16 de noviembre de 1908, era de un espíritu que firmó con las iniciales “B.J.”

El tono del mensaje apuntaba a que sí era una comunicación del otrora presidente de México, que dos años antes del inicio de la revolución se había manifestado para felicitar y reconocer que Madero estaba en condiciones “de emprender con éxito la obra colosal de restablecer la Libertad de México”. Para Juárez fantasma, todo descansaba sobre la “poderosa impresión” que causaría el libro de Madero, la cual le infundiría “verdadero pánico al general Díaz”.

“Su libro va a hacer furor por toda la República” ―–lo había anticipado-―, como una corriente eléctrica que va a impresionar fuerte y profundamente a todos y los sacará del letargo donde están sumidos”.

Don Benito recomendó a Madero que tuviera una fe inquebrantable en la justicia de su causa porque estaba cumpliendo con un deber sagrado y fuerzas muy poderosas se reunirían en torno suyo, lo cual le permitiría “prestar a su patria inmensos servicios”.

Limantour se mofaba de Madero porque durante la campaña electoral de 1910, se difundió la noticia de que era médium y hablaba con los muertos. Sus creencias fueron objeto de ataques y llegaron a decir que era un desequilibrado. Sin embargo, el ministro de Díaz y la mayoría de sus detractores desconocía que su profesión de fe hacia el espiritismo no era una ocurrencia, una excentricidad o una locura, era una convicción.

Francisco estaba convencido de la inmortalidad del alma; desde 1900 había iniciado su larga cruzada espiritista y confiado en que ese era el camino, desde 1907 abrazó la causa de la democracia, de la libertad y de la justicia con la misma convicción con la que asumió el espiritismo. Incluso fue más lejos, todo lo que hizo Madero para difundir la doctrina espírita lo replicó exactamente igual, paso por paso, para impulsar la democracia.

Si Madero organizó un Centro de Estudios Psicológicos para difundir la doctrina espírita, también organizó clubes antirreeleccionistas por todo el país para coordinar a la oposición; si fundó un periódico espiritista ―La cruz astral―, una vez que comenzó su cruzada democrática, fundó un diario ―el Antirreeleccionista―; si escribió artículos sobre temas de esoterismo, también lo hizo sobre política. Si desarrolló una intensa y amplia relación epistolar con adeptos del espiritismo, repitió el modelo con cientos de mexicanos para organizar la lucha opositora por toda la República; si escribió una obra para explicar qué era el espiritismo ―su Manual espírita―, redactó un libro para explicar las causas y los fines de su cruzada democrática ―La sucesión presidencial en 1910―. Fue así que la democracia maderista resultó un fiel reflejo de su convicción espírita. Madero tenía clara conciencia de su misión y nunca olvidaría lo que en 1908 le dijeron los espíritus: “Ya no te perteneces, perteneces a la Patria y deberás darle cuenta de tus actos”.



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