¿Habrá oposición?

¿Habrá oposición?

El sistema político mexicano se está reinventando. Después del pasado 1 de julio, nuestro ecosistema de partidos y actores públicos se vio fuertemente sacudido. El PRI, quien fuera el centro de gravedad de la vida política mexicana, pasó a ser una institución relegada y cerca de la marginalidad.

A lo largo de la época posrevolucionaria, los partidos políticos se definieron en función del PRI. Las estrategias, posicionamientos y discusiones de la oposición eran en torno al Revolucionario Institucional. En ese sentido, teníamos una oposición priistizada. (Para muestra, un botón: en la pasada elección, de los cinco candidatos presidenciales, tres habían militado o habían sido postulados por el PRI). Pero había razones históricas y políticas que le permitían a los opositores tener un discurso creíble y emocionante frente a su electorado.

La apabullante victoria de López Obrador ha provocado un gran vacío. Lo hemos notado estos días con la reacción a la cancelación al aeropuerto de Texcoco: no hay oposición. El espacio es de tal magnitud que lo ha llenado un actor poco conocido a nivel nacional hasta ahora: Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex. A los partidos no les ha quedado más que ofrecerse como plataformas para su mensaje.

Por eso, pareciera que el futuro es de Morena. Lo decía hace unos días: los términos, el vocabulario y las referencias que ahora usamos son las del fundador de Morena. Hablamos de fifís y de la mafia en el poder, de neoporfiristas y la cuarta transformación. La única imaginación política es la del movimiento vencedor. En los otros partidos grandes —PAN y PRI— vemos más bien ocurrencias que insinúan extravío.

La democracia es un conjunto de legitimidades en construcción. Las elecciones replantean esas legitimidades. Pero ni el PRI ni el PAN han querido replantearse las suyas. Se sienten avergonzados de su historia, pero no se han atrevido a despegarse de ella. En el fondo, creen que el Presidente electo acierta en las críticas a sus gobiernos. Por eso hacen oposición con vergüenza.

El crítico literario Lionel Trilling escribió sobre el “deber moral de ser inteligentes”. No basta la bondad de las intenciones y no es suficiente la sinceridad de las pretensiones. Si la oposición quiere rehacerse y plantarse frente al nuevo gobierno, tiene que cumplir con esa obligación: ser inteligente.

La discusión de los próximos años, sí, estará en el marco de lo que diga el Presidente electo. Tiene el altavoz, la capacidad y la deliberada intención de acaparar la agenda nacional. La oposición tendrá que encausar las agendas que ha olvidado el lopezobradorismo: feminismo, derechos de minorías y defensa del orden constitucional. Tendrá que defender la participación democrática, pero dentro de las reglas legales. Y contar bien —con inteligencia y persuasión— el relato del desencanto.



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