Hay ojos por todos lados

Hay ojos por todos lados

Columnas viernes 11 de enero de 2019 - 01:49


Los celulares se han convertido en una extensión de nuestra mirada, un reflejo de lo que no alcanzamos muchas veces a ver

Hemos ido perdiendo la capacidad de observar por sólo mirar para a quien también nos ve por las redes.

Daniel Ibáñez es uno de los fotógrafos más jóvenes que cubren las actividades del Papa Francisco en el Vaticano. Trabaja directamente para los medios católicos EWTN y ACI Prensa.

Esta imagen es cuando Francisco iba llegando al salón Papa San Pedro VI el miércoles pasado, después de terminar su audiencia semanal.

El acto de ver, se ha vuelto una arma poderosa que ha destruido la intimidad a dónde quiera que vayas.

▶ Wajcman, en su libro El ojo absoluto nos explica sobre cómo nos gusta mirar y ser mirados. Incluso aunque no lo sepamos, somos observados y vigilados desde las cámaras de seguridad de las calles o de los lugares a los que vamos.

Siempre hay alguien que nos observa. En primera instancia por seguridad, pero después por gusto y después por una mera necesidad de saber qué hace el otro.

En el libro hace mención a los vecinos que tienen acceso a las cámaras de vigilancia de su edificio, que principalmente es por protección de quien habita los condominios. Sin embargo, el acceso diario y directo al saber qué pasa en el pasillo del lobby o en el piso 7 e incluso en el estacionamiento subterráneo, se convierte en una necesidad que poco a poco va invadiendo a una mujer que allí habita.

¿Qué estará pasando en el estacionamiento? muta a ¿ya habrá llegado el del 8? ¿Ya se habrán contentado la pareja del departamento 12? y así, la vigilancia se convierte en una actividad de entretenimiento y de goce personal.

“Hay ojos por todos lados, de todo tipo”. El ojo hipermoderno ve todo y quiere verlo todo.

Así es como puedo explicar el que no podamos ver el rostro del Papa por los seis teléfonos que bloquean el paso para llegar a él. Ya no observamos, solo miramos y ni siquiera lo hacemos directamente por nuestros ojos, sino que utilizamos las pantallas de los teléfonos como intermediarias.

Ya lo he comentado en otras ocasiones, el cómo somos catalogados como la civilización de la mirada. Todo lo que venga acompañado de una imagen, ya sea grabada o fija tiene credibilidad, de lo contrario, se duda o todo se llena de incredulidad.

Esta fotografía la subió Daniel a su cuenta de Instagram y un fotógrafo español le comenta “¡¡Preciosa!! Los móviles son un aliado para el fotógrafo si se aprovechan!! Como este caso!!”.

La imagen no es que la haga los celulares, es que la gente es quien acorrala con armas visuales en sus manos y ayuda a la foto de Daniel.

Nos hemos vuelto adictos a un goce oculto, pero que a simple vista es claro para quien observa sin ningún celular en la mano.

Los conciertos son grabados, las mejores escenas de la vida son capturadas, lo que vemos los profesionales de la lente y lo enviamos en directo a las redes. Así como nos llenamos de placer al momento de compartir, también nos genera un tipo de estrés con el solo hecho de pensar que lo estemos haciendo bien; es decir, ojalá y salga bien el encuadre, que se escuche bien, que no se corte a la mitad, que los demás lo puedan ver.

Wajcman plantea que en esta etapa hipermoderna, nos domina a nosotros y a nuestras vidas. Plantea a Facebook, por ejemplo como un escenario en donde nos deja a todos a descubierto. “La idea misma de secreto parece no tener sentido”.

Si no fuera por el Samsung que se le coloca justo frente a la nariz del Papa, no hubiéramos podido ver su rostro.

Vale la pena replantarnos el nivel de acecho al que hemos llegado, donde se ha olvidado la línea del espacio personal de cada uno. Lo invadimos, lo penetramos para fotografiarlo o meterlo a nuestras pantallas y presumirlo como una pequeña conquista: “Traspasamos su intimidad”.

Dicen por ahí, somos lo que miramos y miramos lo que siempre hemos querido ser.

¿Ya se fijó si alguien lo está mirando en este momento?

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/CR

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