La esencia oculta de las cosas

La esencia oculta de las cosas

MAGNOLIA RIVERA




“Yo había descubierto un importantísimo secreto, algo así como una parte de la ‘verdad absoluta’”, escribió Remedios Varo, la deslumbrante artista visual de quien el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México presenta una exposición con piezas que estremecen, extasían e intrigan.


Para Remedios Varo (1908-1963), la vida es un acto de magia. La pintura, una forma de interpretar y plasmar fenómenos que a muchos parecen extraños. A cada paso, ella encontró momentos en los que el mundo invisible se volvió visible. Por eso se mantuvo atenta, listo el oído, los ojos expectantes, siempre inundados de asombro. Nació y vivió en regiones en donde lo sobrenatural se mezcla con lo natural. En su natal Anglès (Cataluña, España), en el norte de África, en Francia, en Venezuela y en México —su país adoptivo— halló siempre la misma dosis de tradiciones y leyendas ancestrales fuera de la lógica común. Concibió sus obras como piezas de poder que irradian una energía capaz de transmutar el entorno, de transformar al espectador, de mostrarle, en el espejo de los símbolos, su verdadero yo. Al igual que un talismán o un amuleto, las obras de Remedios Varo pueden estremecer, extasiar o intrigar, pero nunca negarán la oportunidad de entrar en los senderos de la propia conciencia. Esa es la finalidad del arte, “permitir que la humanidad pueda relacionarse con la esencia oculta de los seres y de las cosas” (Louis Cattiaux, Física y metafísica de la pintura).


La artista plástica Marysole Wörner Baz (1936-2014), amiga íntima, sabía del don de Remedios para percibir lo animado en lo aparentemente inanimado. En uno de los viajes que hicieron juntas por Europa a mediados del siglo XX, Remedios la despertó en la penumbra de la habitación del hotel a medianoche, emocionada como una niña la primera vez que va al cinematógrafo: “¡Mira, Marysole, mira esas caras! ¡Ahí, en las cortinas!”. “Yo no veía nada, pero sabía perfectamente que Remedios sí. Tenía esa capacidad, que pocos seres humanos desarrollan, de discernir lo que hay ‘del otro lado’. Todos sus amigos lo sabíamos y disfrutábamos cuando nos hacía partícipes. A veces asistía a las reuniones en la Galería Diana de Rosita Bal y Gay. Con su presencia, el salón se iluminaba. Nos complacía preguntarle: ‘¿Qué estás creando ahora?’. Ella se alborozaba. Se ponía de pie, alisaba su blusa con gracia, con la elegancia natural que siempre tuvo, y comenzaba a explicarnos los detalles del cuadro en turno. Recuerdo cuando nos describió El vagabundo. Hablaba rápido, como si no quisiera que las imágenes escaparan. Su cabellera roja parecía más encendida. Sus manos dibujaban formas en el aire. ‘¡Estoy pintando un personaje que lleva su casa con él! Le puse un gato, una flor y libros. Carga con sus tesoros porque va de viaje. Lo más complicado ha sido diseñar la vestimenta, que es a la vez su casa y su vehículo. La indumentaria acaba en una rueda, parte del sistema de locomoción que le inventé. Puede desplazarse a cualquier lado: retroceder, adelantar, dar vueltas. Mi vagabundo avanza por parajes oscuros, pero no tiene miedo, se siente acompañado […]’ Para nosotros, escucharla era un deleite. Siempre había algo de misterio en esos relatos, algo indefinible que nos convencía aún más de su talento”.


Misterio. Vocablo que abarca el simbolismo del arte de Remedios Varo. No sólo porque nos remite a la sensación de lo extraño y lo oculto que percibimos al estar frente a sus obras sino, principalmente, por el sentido auténtico del término. Misterio proviene del griego “mysterion”, que alude a las solemnes ceremonias de culturas antiguas, ritos de iniciación para alcanzar la evolución espiritual, celebraciones en las que el uso de símbolos es fundamental. El símbolo se expresa a través de un sinfín de medios: palabras, dibujos, números, objetos, poses o movimientos corporales, etcétera. Todos impregnados de una finalidad mágica, si entendemos la magia como el conocimiento y poder para influir y utilizar las fuerzas de la Naturaleza. En ese sentido, la ciencia es magia y la magia es ciencia. Por eso, Remedios Varo sabía de física y de ilusionismo, de química y de alquimia, de medicina y de herbolaria, de cálculos matemáticos y de sigilos y clavículas salomónicas. Sabía de rutas del conocimiento humano que exigen pruebas racionales de su eficacia y creía también en lo que algunos consideran superstición.


Misterio. En Mujer saliendo del psicoanalista, Creación de las aves, Mimetismo, El flautista, La huida, El juglar, Naturaleza muerta resucitando…


Misterio. Con la misma etimología de la palabra misticismo. Dos nociones que impregnan las pinturas de Remedios. Conceptos que jamás se disocian en los confines de sus cuadros. Pintura mística, misteriosa y mágica. Pintura metafísica.


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Viernes 26 de octubre del 2018. Voy con la incertidumbre. Con la emoción de ver de nuevo aquello que me impresiona tanto. Con la expectación de hallarme con lo que tal vez nunca vi. Voy con el temblor del que necesita la dosis de irrealidad, el viaje a los otros mundos del espíritu, del éter.


Entro. En medio de la oscuridad está ella. Porque todo lo que rodeó a Remedios Varo en su vida, todo lo que la tocó y fue suyo (vestidos, joyas, reliquias, libros, cartas, cuadernos) tiene su energía. La siento, la percibo en estos objetos que revelan cómo era. En esos aretes de coral rojo, en el lazo de piedras de colores, en los cuarzos, en el vestido blanco que le gustaba ponerse para ser feliz.


Mujer saliendo del psicoanalista es una de las pinturas presentes en la exposición Adictos a Remedios Varo del Museo de Arte Moderno en la ciudad de México. Aunque se llame Mujer es androginia pura. Tiene en el cuerpo las formas del Dios-Diosa y en su mano eso que confunden con la cabeza del padre o del esposo de la pintora: el hongo sagrado, Padre-Madre original. Siempre me detengo, me detiene, esta pieza hipnótica. Me llama y respondo. Me hechiza y me quedo, admirando la salida del personaje vestido de verde. Es “el que ha visto”, como llamaban los griegos de antaño al neófito que salía iniciado en los Misterios, con los ojos libres de la venda que le había cerrado la puerta a la verdad. Me llama el imán del pozo en la pintura, los círculos concéntricos de la fuente Kalichoros. Dicen que el personaje va a tirar la testa cortada que lleva en su mano. Ahí, donde el alma se purifica, Ahí, donde el Cosmos tiene su centro. No puede tirarla porque es su premio. Es la cabeza fúngica que el oficiante arranca en el rito iniciático como se hizo en Eleusis hace tanto tiempo. Es el símbolo, presente en los colores, en las formas, en la oscuridad, en la luz, en la pintura de Remedios. Ella nos guía hasta el origen, a través de los mitos y de las cosmogonías. Ese es su poder, la energía ineludible que mana de sus obras. La ciencia de los símbolos obedece a la ley de las correspondencias: el símbolo revela y oculta. Dos cosas confluyen en una para producir la Piedra Filosofal. Es el nexo entre comienzo y fin, bien y mal, día y noche, arriba y abajo. Círculo y cuadrado, activo y pasivo, orden y caos, el niño y la hilandera, yin y yang, fuego y agua, Cielo y Tierra, inspiración y expiración, mercurio y azufre. Sindesmos que ayunta en un abrazo a los aparentes opuestos. Caduceo hermético, ascenso-descenso en el trampantojo de la ondulante serpiente. En el punto exacto donde dos se unen se realiza el matrimonio al que asistimos si despertamos la mirada interior. “No los ojos corporales sino los sentidos espirituales” a los que alude Orígenes. Para ver el arte, resulta imprescindible abrir el “oculus cordis” —ojo del corazón— y recomenzar. Si el sustento del símbolo es la ley de las correspondencias ¿quién mejor que Remedios Varo, buscadora de la armonía perfecta, para expresar el punto en donde se resuelve la unión? Ella plasma el micro y el macrocosmos. Con ella, más que nunca, el símbolo está vivo y es dinámico. Sus pinturas son puertas a mundos que cada ser humano puede reconocer como propios, porque apelan, desde muchas veredas, a la memoria del Alma Universal. El vagabundo lo demuestra. El óleo que pintó en 1957 es el Homo Viator. Lleva su hogar encima, como lo hace el caracol, andrógino y lunar. Como en el juego de la Oca, hace el camino solo, vestido con sencillez, como corresponde al peregrino y como debe realizarlo el alquimista. Va desarmado a enfrentar la vereda desconocida. Remedios no reveló la verdadera identidad de su trotamundos. No dijo de los símbolos que ocultó dejándolos a la vista de todos. No habló de Fanes ni del leontocéfalo. No mencionó la alegoría del tiempo. Fotografías, amuletos, ropa, enseres y artilugios nos acercan al ser humano y constituyen, en muchos sentidos, el germen y sustancia de sus obras, plenas de mitos redivivos, lugares sorprendentes, máquinas imposibles, personajes maravillosos y hechos deslumbrantes.


En el mundo de Remedios, los objetos son más que objetos. Existe una relación poderosa entre los elementos que rodeaban su día a día y las obras que creó. Talismanes, prendas de vestir, libros de su biblioteca, tienen una complicidad inequívoca. Es importante relacionar los vestigios arqueológicos, los tomos preferidos y sus escritos, no sólo sus bocetos, con cada cuadro. De lo contrario, el discurso museográfico tropieza. Todo caos requiere un orden. Ese orden debe fluir para mostrar la poderosa conexión arte-vida. En la exposición del Museo están las Higas, el ojo de venado, la bola de cristal, los fósiles, el hongo mágico, los caracoles marinos, las figurillas prehispánicas. Ahí está la sarta de cuentas que se parece a la que una vez obsequiara Remedios a su amiga Marysole: “Era un collar de piedras. Me lo dio con mucho cariño. Dijo: ‘Nunca te lo quites, ni dejes que nadie lo toque’. Lo usé por años, hasta que se rompió. La vida no aguanta nada. Guardé algunas de las cuentas, pero se fueron perdiendo […] Remedios amaba las piedras, las coleccionaba, las compartía […] Fácilmente recordaba en dónde las había conseguido. A veces anotaba la fecha o el lugar del hallazgo, como si se tratara de un suceso memorable […] También me decía: ‘Ese pedacito de basalto que tienes en la mano está aquí desde hace siglos y sigue vivo ¡Es una pnéonta! ¿Sientes su respiración? Cierra los ojos, sujétala con suavidad y vas a percibir los latidos’” (J. A. Gil y Magnolia Rivera, Remedios Varo. El hilo invisible). En la muestra del Museo está Remedios. Pero añoro lo que hubiera podido enriquecer la exhibición. Faltan otras piezas arqueológicas, más joyas y libros. Echo de menos las revistas de su predilección y volúmenes imprescindibles de su biblioteca personal, como el icónico Art Magique de André Breton, aquella edición primera que se abre como una caja de sorpresas para contarnos de los hechizos antiguos y modernos, del homo astrologicus, de los centauros y de las manos de poder en los grimorios. En esas páginas, Remedios subrayó obras de psicoanálisis, religión y ocultismo y destacó la frase lapidaria: “La magia se funda en la armonía del universo”. Leía con una sed insaciable de saber. Debido a sus años nómadas, la mayoría de los textos que leyó no están en el acervo que se conserva. Como aquel que lleva su casa-caracol por vestimenta, encontró que la mejor manera de desplazarse con sus bienes más preciados era poniéndolos en los anaqueles de la memoria. De cualquier modo, los libros que la artista pudo reunir en México representan una parte invaluable de las raíces que nutrieron sus pinturas. En Adictos a Remedios Varo hace falta mostrar mucho más del contenido de los cuadernos que ella pobló con recetas, bocetos y vivencias. Las libretas son evidencia de la cotidianeidad, retratos espontáneos de su vida, donde anotó las preocupaciones del día siguiente, la próxima cita con el psiquiatra, la lista de la inminente reunión de los cófrades, los dineros que ingresaban por la venta de sus cuadros y algún título de lo que leería pronto. Pero, sobre todo, en esas hojas se posan sus proyectos plásticos. Son el río donde amarizan los sueños, vívidos e imaginados.


En cada objeto, detrás de la realidad manifiesta, está la esencia, “el hilo invisible que une todas las cosas”.

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