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La estepa infinita

La estepa infinita

Columnas viernes 11 de enero de 2019 - 01:34


Esther Hautzig fue una escritora judía nacida en Polonia, pero obligada a emigrar a Estados Unidos. Su libro más conocido se llama La estepa infinita. En él, Hautzig refiere las andanzas de su familia una vez que Polonia fue “liberada” por los soviéticos. La autora describe el entusiasmo inicial que como judíos sintieron al verse desembarazados del nazismo, obligado a retroceder por el ejército rojo. Pensaron que el ejército soviético constituía la esperanza de salvación de Polonia. Su sorpresa fue inmediata. A los pocos días de la llegada de los comunistas, toda la familia es arrestada en su casa de Vilna, encerrada en vagones de ganado y deportada a Siberia por el delito ya no de ser judíos, sino de tener “propiedades capitalistas.” Confinados en el destierro siberiano, padecen penalidades aterradoras, empezando por el desabasto de bienes básicos, como la gasolina para calentarse en las noches del larguísimo invierno ruso.

A pesar de publicar el libro muchos años después de los acontecimientos, el texto recoge candorosamente las inquietudes de una niña (en ese momento Esther era muy pequeña) que no entiende los motivos de la división ideológica y los odios sembrados en Europa. Esta obra hubiera podido convertirse en un título más de una inmensa lista de recuentos de las monstruosidades del colectivismo en el siglo XX. No obstante, lo que lo distingue es la fuerza de las ilusiones, esperanzas y optimismo infantiles.

No sorprende la brutalidad burocrática de los soviéticos ni el culto a la personalidad del “padrecito Stalin” (así le llamaron sin pudor los comunistas), sino la calidez familiar que se expresa en medio de la tragedia. Los sacrificios que los hijos hacen por los padres para sobrevivir a las agresivas nevadas, los padres por los abuelos, etcétera. El hambre y la carestía de alimentos se sobrellevan compartiendo los pedazos más pequeños y sucios de pan. Todo en nombre de la redención del “pueblo bueno.”

Empeñados en castigar a los capitalistas, las autoridades izquierdistas originan involuntariamente un enorme mercado negro en Siberia. La niña y su familia, así como muchos otros residentes de Siberia, cambian en ese mercado negro sus pocas posesiones (un calcetín, su cuerpo) o bien ofrecen sus servicios para cualquier actividad que les permita conseguir una pieza de jabón, un poco de leche. No hay bien más caro que el que no está disponible en el mercado, dicen los expertos. Como resultado de lo anterior, se multiplica la prostitución y explotación de mujeres por las autoridades participantes del mercado negro. “Aquella mañana, cuando el mundo en que vivía llegó a su fin, no regué las lilas que había junto al estudio de mi padre.” Con esas palabras empieza el libro. ¿Usted se acuerda dónde estaba cuando nos quedamos sin gasolina?

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/CR

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