La generosidad de la segunda persona del singular
La generosidad de la segunda persona del singular

jueves 10 de Enero de 2019


POR ALAN SUÁREZ

Arrastraba mi alegría por las calles del barrio materno, cuando de un balcón indiscreto me llegó la vocecilla del vecino —atentísimo malandro jubilado, de infatigable vocación cuidadora de soledades ajenas, en especial si se trata de mujeres con las que difícilmente compartirá algo más que el código postal— para darle un golpe bajo a mi haraganería:

Qué onda, mi Alan, ¿en qué andas? ¿en la guitarra nada más, o ya estás haciendo algo de tu vida?

Antes de permitirme escupir mi bilis diplomáticamente siguió con su cátedra, pregonando desde lo alto del primer piso hasta el fragmento de concreto que sostenía mi nomadismo:

Eso sí, eh, maestro, si le haces como yo, cuando llegues a mi edad tendrás todo resuelto. No te creas, no fue fácil. Te levantabas todos los días a la oficina, y te pesaba. Pero te acostumbrabas, y más cuando veías tu dinero en el banco, en tu cuenta de ahorros. Así veías pasar la vida, y veías que los demás no hacían nada por su futuro. Por eso, hazle como yo.

De inmediato me pregunté: ¿porqué este tierno rabo-verde no me narra sus hazañas como si le hubiesen sucedido a él? Porque bien hubiera dicho “Me levantaba a diario en la madrugada, y de ahí me iba a encerrar como féretro el día entero y no me enteraba de la existencia del sol”. Pero no: me lo dice como si hubiera sido yo el protagonista de su vida.

Adviértanse entonces un par de señalamientos que serían la envidia del más avezado sociólogo y las delicias de un intricado estudio psicológico: a) entre canallas y paseadores callejeros nos olemos; y b) el chilango, ese ser tan manoseado por su propensión a no usar incondicionalmente el queso en sus tortillas, tiende natural y picarescamente a narrar su vida en segunda persona del singular. Veamos qué grandilocuencias se esconden detrás de esa estrategia narrativa de gran calado; qué obsequios nos depara el juglar arrabalero en su estado de gracia. Y sí: cuando hablamos de chilangos nos referimos también a las chilangas, abusando del masculino genérico, porque nuestra labor es impactar en los estudios ontológicos y no en los de género.

Empecemos con nuestro marco teórico: la segunda persona del singular es aquella con quien hablamos y a quien dirigimos nuestra locución; en este momento, ufano lector, infatigable lectora, tú eres la segunda persona del singular. Y con esto llegamos a nuestro siguiente descubrimiento: si narramos los chilangos en segunda persona es por la sencilla razón de hacer partícipes a nuestros interlocutores de las fantásticas peripecias en las que nos hemos embrollado; sentimos tal entusiasmo por nuestras victorias cotidianas que quisiéramos hacerlas patrimonio da la humanidad.

Ya se trate del paisano que cruzó de mojado al gabacho para buscar una mejor vida y te cuenta “nombre, hubieras visto, te trataban remal pero te aguantabas y seguías macheteándole, no hay diotra”, hasta la señora de las tortas de tamal, con su progenie pandillesca que le sorbe las ganancias del changarro, pero te asegura que “le das todo a tus hijos, porque sabes que Dios multiplica; te van a venir a decir que nomás los malcrías pero no, no, les das un sustento para que busquen su camino”, todos por igual tienen una generosidad, una vastedad innata en sus afectos, que no permitirían dejarte al margen de sus siempre bienaventuradas existencias

Si fuiste a una fiesta y quieres contarle a tu madre cómo estuviste a punto de sacar a bailar al amor de tu vida: se lo contarás en segunda persona, como si tu madre no tuviera suficiente contigo, ahora debe imaginarse que estuvo a punto de bailar con quien sabe cuál espécimen; si tuviste un episodio incómodo en el banco (dudo que existan otro tipo de episodios en un banco), le narrarás a tus amigos tu tediosa vida como si ellos la hubieran vivido.

Es ésta costumbre propia de la lengua española, consagrada por Cervantes, usada poéticamente tras su aprehensión por Javier Duarte, ilustre alimaña? ¿En la lengua de Dante, por ejemplo, también se apela a la narración en segunda persona para hablar de lo que le pasó “a uno”? ¿Steve Jobs, estimable humanista, en su autobiografía habrá escrito “y te partías el lomo desde el amanecer para lograr la más sofisticada de las máquinas, porque sabías que ello mantendría atadas a las siguientes cuatrocientas generaciones de homo sapiens”? Lo desconocemos, pero lo que sí nos consta es nuestra vastísima generosidad como especie homo chilangus, nuestra abundancia en vivencias, prestas siempre para transmigrar a la biografía de cuanto prójimo se atraviese.

Y me complace que la generosidad de mis allegados, vecinos, amigos, me ha sido obsequiada a tal punto que en una semana ya embaracé a la mujer del vecino del 12, según las propias palabras de éste; me metí en el negocio de pasear perros, para admitir a las dos horas que mi verdadera necesidad era una terapia psicológica, como me advirtió mi amigo el desempleado; incluso, sin abandonar la comodidad de mi escritorio, y gracias a la dadivosidad de mi querida amiga publicista, realicé un viaje por Europa donde “te encontrabas cada guapo, que ahí te querías quedar y casarte, hasta con el de la basura”.

Nada me debe la vida ya, y le aseguro a quien lee estas líneas que vendrán nuevos descubrimientos en la cotidianidad de tu llana vida y estarás dispuesta o dispuesto a compartirlo con todos los lectores, a escribir la fantasía de tus vivencias, porque, ¡ah!, ¡cómo te gusta hincar la tecla aunque de ello no obtengas ni para el pasaje a la Barra Vieja en Acapulco!


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