La tremenda Corte

La tremenda Corte

La Suprema Corte de Justicia de la Nación no sólo se excede en sus determinaciones, sino que también se equivoca en una interpretación inmoral de la ley, que pretende reconocer falsos derechos que no hacen más que exaltar el individualismo y convertir el deseo egoísta en ley.

El pasado 21 de noviembre sentenció que las parejas homosexuales tienen “derecho” a obtener hijos recurriendo a la técnica de la reproducción asistida y el alquiler de un vientre materno o maternidad subrogada, argumentó que a dichas parejas se les debe reconocer el derecho para acceder a los adelantos de la ciencia en materia de reproducción asistida y a convertirse en padres o madres a través de esos métodos.

El Tribunal Supremo desprecia el derecho fundamental de los niños, es decir, el derecho natural de tener un padre y una madre, un aspecto antropológico y biológico básico que no se puede omitir, un niño, no es una mascota, no puede ser reducido a un deseo, no es objeto manipulable de un derecho que no es tal, sino más bien un deseo egoísta que solo mira a la satisfacción de una necesidad afectiva de las parejas homosexuales, pero que no mira al bien del niño, ni le importa las graves afectaciones sicológicas, morales y sociales que conllevan un acto tan irresponsable que cosifica a la persona; no toma en cuenta su dignidad, e ignora las necesidades afectivas del niño.

Por si esta aberración fuera poco, al día siguiente 22 de noviembre la Suprema Corte resolvió que la infidelidad sexual en el matrimonio no puede ser considerado un hecho ilícito que resulte en una condena por daño moral. Esta determinación mina en lo más profundo el compromiso civil del contrato matrimonial, la legislación tiene el deber de proteger a la familia como un bien social y la infidelidad atenta contra el respeto y la unidad del matrimonio, acarrea graves daños que minan la capacidad de que la familia pueda desarrollar su cometido social.

El grave problema de estas decisiones de la Tremenda Corte es que hace prevalecer en las leyes una perspectiva profundamente individualista, y por ende egoísta que evita ver a la familia como sujeto social, al cual debe proteger y no vulnerar con interpretaciones que además de ser liberales en un sentido negativo, son del todo inmorales y condenables. Todo se concentra en el individuo y así se olvida que lo propio del matrimonio es la relación y es justamente contra una sana y justa relación contra la que se atenta con la infidelidad.

¿Hasta cuándo seguiremos soportando este embate contra la familia? Quizá cuando reaccionemos va a ser demasiado tarde.



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