Los días y las horas

Los días y las horas






JULIETA GARCÍA GONZÁLEZ




¿Qué tanto se ahorra con el horario de verano? ¿Por qué para tantas personas el cambio de hora resulta una tormenta inaceptable? Con una divertida revisión de la historia de esta particular medida, la columna quincenal de Julieta García González pone sobre la mesa las dificultades que el horario de verano sigue provocando.




Llevo dos semanas con el alma de vuelta en el cuerpo. Ha cambiado el horario y el sol me acompaña más por las mañanas que por las tardes. Desde el 26 de octubre me siento de nuevo parte de mí y no una sombra siguiendo un cuerpo. Tardo seis meses en adaptarme a una más de las dictaduras del reloj. Si partir el día en horas, minutos y segundos es una arbitrariedad, mover las rebanadas para arriba y para abajo es de plano una grosería.




Enderezo el pescuezo desde antes de que salga el sol, con los primeros trinos y con los primeros motores de camión de carga (que se disputan el alba en la ciudad). Cuando cambia el reloj —en abril, cuando faltan tres meses para el verano— yo despierto a los pájaros al abrir ventanas y arrancar el día. Salgo de casa y veo a otros como yo: almas en pena que transitan por la ciudad a oscuras, bajo luminarias sin luz porque ninguna autoridad se digna a cambiarles el foco. Van tanteando las banquetas horadadas por el tiempo, saltan las raíces de los árboles, cruzan como mejor pueden las calles y apuran el paso cuando aún es de noche para ir a un trabajo que debe parecer más ingrato cuando se arranca a esa hora.



Cómo armamos el relajo del reloj




En 1784, Benjamín Franklin escribió un ensayo llamado “Un proyecto económico” en el Journal de Paris. Después de una temporada en París, Franklin, con 78 años, decidió que los franceses gastaban mucho en velas. La gota y los cálculos biliares limitaban sus movimientos pero no su cabeza, así que se entregó con pasión a idear soluciones para problemas que imaginaba. Calculó el número de velas usadas por un número de horas que él mismo determinó y lo multiplicó por el número de familias que se le antojó. Sacó una cifra que lo pasmó de tan alta. Los gastos que creía superficiales lo enojaban y no le importó que la economía parisina funcionara bien o que sus cálculos fueran arbitrarios: decidió que había dispendio y listo. A partir de ahí publicó la nota en el Journal, incluyendo varias medidas locas: las persianas cerradas durante el día causarían impuestos, las velas se racionarían, habría guardias para impedir el paso de carruajes después del crepúsculo, sonarían campanas y cañones antes del amanecer para despertar a la ciudadanía, etcétera. La propuesta no tuvo éxito y los parisinos siguieron su vida en calma.




En 1907, el constructor inglés William Willett escribió un panfleto llamado Desperdicio de la luz del sol donde proponía avanzar el reloj 20 minutos durante los cuatro domingos de septiembre. Para entonces, las horas ya eran estándar en el mundo (el horario de Greenwich había entrado en vigor en 1851; antes era el caos que seguía al sol y los humores de cada nación). Aunque Willett gastó todos sus dineros en abogar por sus ideas, murió en 1915 sin que se le tomara en serio. Pero llegó la Primera Guerra Mundial y la cosa cambió. Alemanes y austríacos tomaron el proyecto para ahorrar energía y aventajar al enemigo por una hora. Inglaterra estableció como norma la propuesta de Willett en 1916 y enloqueció a sus ciudadanos. Los distintos marcadores (relojes, cañones, campanas), sonaban a destiempo. En 1925, el Parlamento inglés aprobó el cambio de horario a uno “de verano”. Para estos años, casi todo el mundo occidental dijo sí a la medida. En la Segunda Guerra Mundial, los países en conflicto que no la habían adoptado, lo hicieron. Al finalizar la guerra, los ciudadanos de estos países se rebelaron y la medida se metió a la congeladora hasta finalizada la reconstrucción.




Sueño de un horario de verano




El horario de verano y la polémica van de la mano. Aunque hay más de 90 países que lo siguen con distintos grados de éxito, en ninguno ha sido fácil su aplicación. México llegó más o menos tarde a la fiesta y también a trompicones. Baja California fue vanguardia: desde 1942 movió sus relojes. Yucatán lo hizo en 1981. Para 1988, cuatro estados más se sumaron. El país se dividía en husos horarios y en usos específicos de las horas, según gustos y necesidades. En 1996, cuando soñábamos con la modernidad, el horario comenzó en casi todo el país, tras una discusión que le cayó nuevita a Vicente Fox, que lo impuso por decreto presidencial. Las voces airadas no se hicieron esperar. Y si hubo una sonora fue la de Andrés Manuel López Obrador, que en 2002, al frente del Distrito Federal, dijo: “Uno se debe de levantar cuando cante el gallo y acostarse cuando cante el grillo”. Tildó al Congreso de “débil” por aceptar la medida y propuso que el D. F. se rigiera bajo las normas del sol. Al final, la medida prevaleció y, con los años, se pasó de cinco a siete meses en los que los mexicanos amanecemos antes que la mañana.




Estados Unidos, patria de Franklin, no adoptó la medida en todos sus estados. Indiana fue el último en incorporarse y no llegó a ella hasta 2006. Distintos grupos científicos revisaron las ideas convencionales en torno al horario de verano y descubrieron que: Uno: no sólo no se ahorra sino que se incrementa el gasto energético en un 1% en los hogares. Dos: por las mañanas hay más accidentes de tránsito durante al menos el primer mes de implementación. Tres: los campesinos del mundo, históricamente opuestos a la medida, sufren más, ganan menos, trabajan extra. Según la Sener, los ahorros en México han ido a menos desde 2013. Algo similar sucede en el resto del mundo. Así que tal vez vuelva a la mesa la discusión de cuáles nuevas dictaduras del reloj, falsas por donde se les vea, aplicaremos.




Emily Dickinson escribió: “¿Habrá realmente una ‘Mañana’?/ ¿Hay algo que se llame ‘Día’?”: la poesía anticipándose a la realidad.





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