Madrid-Durango
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viernes 11 de enero de 2019 - 05:31


GUILLERMO ARREOLA



Llegué a Bucareli 128 y toqué el timbre. “¿A dónde va?”, me preguntó el guardia de seguridad del edificio. “Al departamento 19”, le respondí. “Ah, con el brujo”, me contestó y me dio entrada.


Un departamento adaptado como un templo. A la entrada cuelga de la pared una pintura con la figura de un Cristo que ha bajado de la cruz. Hay un grupo de personas sentadas frente a una barra; encima de la barra, con cuchillo en mano, pican plantas. En los pasillos y en la sala (una especie de capilla) hay gente en el suelo, envuelta en sábanas. “Son los enfermos que se encuentran en recuperación”, me informa una mujer vestida de blanco una vez que, adentrado en el recinto, no puedo evitar preguntar por qué están acostados en el piso.


“Vine a ver a Carlos Said”, le digo. Me responde: “tengo que anotarte en la lista para ver si te puede consultar dentro de un mes”. Se aproxima un hombre, moreno y calvo, y como la mujer: vestido de blanco. Es Carlos Said. Apenas me mira de reojo. Le pregunta a la mujer cómo han reaccionado los “pacientes” en las últimas horas. Ella le responde: “todo en orden”. Entonces le digo a él: “vine a consultarte”. Said voltea a verme y me pregunta que cómo supe de este lugar. “Vine a verte porque así me lo recomendó Alejandro”. En el momento en que pronuncio el nombre, me mira fijo y se acerca unos pasos a mí. “¡Ah, Alejandro!”, dice y me saluda de mano. “¿Sigue en México o ya se fue?”, me pregunta. “Quizás”, respondo. Y me pide que lo acompañe al frente de la sala, en donde hay una especie de escenario. La mujer desaparece. Le digo que necesito contarle por qué quiero consultarlo. Me dice que no es necesario. Y enseguida me pide que me coloque en el centro del escenario. De uno de los costados de ese casi “teatro”, salen dos mujeres muy jóvenes a quienes él dice que lo auxiliarán a “limpiar” mi presencia; que hay que ayudar al “hermanito”, refiriéndose a mí. Me quedo quieto. Las mujeres se retiran y reaparecen no más de cinco minutos después. En ese lapso, Said me ha pedido que vea sus palmas, que ha puesto levantadas y abiertas frente a mi vista. Una de las mujeres trae una cuerda muy gruesa; la otra, una sábana y una botella transparente llena de lo que al principio creí que era agua.


“Tú tranquilo, hermanito”, me dice Said y pide a las mujeres que procedan. Una de ellas saca de entre la sábana que trae en la mano una bolsa de plástico que vacía trazando un círculo a mi alrededor, a distancia de un metro aproximadamente. Veo que es sal. Encima de la sal empieza a esparcir el líquido de la botella. Huele a alcohol. Said agarra la cuerda que trae la otra mujer y me la pone alrededor del cuello y empieza a anudarla en las puntas y al terminar, la mujer de la sábana extrae del bolso delantero de su vestido unos cerillos y le prende fuego al círculo de sal. Estoy entre llamas, pero sin temor de que me puedan alcanzar. Cierro los ojos, siento que en mi interior algo retumba, como si se quebrara un hueso en medio de mi espalda. Un dolor agudo me recorre todo el cuerpo, me electrifica. Pensamientos en desbandada, imágenes y palabras: “las piedras en el agua, un puente colgante, ¿cómo podría alguien amar a un ser tan diminuto como lo es un pájaro?, un río de oscura corriente, cuéntame de mí, sueña con la tierra de Durango, no te quedes en el río, un letrero en luz neón que pareciera anunciar el nombre de un hotel: Tayoltita”. Abro los ojos, me tambaleo. “No pasa nada, hermanito”, dice Said. El fuego se ha extinguido. Las dos mujeres, serias junto a él. Said procede a desanudar los nudos que hizo a la cuerda y la retira de mi cuello. Una de las mujeres me pasa la sábana por el cuerpo como si me estuviera secando con una toalla. Cuando da por terminada su labor dice: “ya está”. “Ya te puedes ir, hermanito”, dice Carlos Said. Veo hacia adelante, los “pacientes” siguen acostados en el piso y hay un grupo de personas que han estado observando lo que ha ocurrido.


Pregunto a Said: “¿qué pasó?”. “No fue nada”, dice, “pero no nos dijiste que tu cuerpo había vivido en Madrid y tu mente ha andado suelta por Durango, hermanito”. Caigo en los asombros. “Ya está, ya está”, dice y me golpetea la espalda.


Al salir del edificio y entrar a la calle, un pájaro muy raudo pasó rozándome un hombro.


Fue a finales de 2004. Unos días antes de visitar a Carlos Said, una amiga mía, Raquel Peguero, me había concertado un encuentro con Alejandro Jodorowsky, que estaba de visita en México para promover uno de sus libros. No supe a razón de qué se daba aquel encuentro, puesto que no lo pedí. Raquel se limitó a decirme: “es un regalo”. Cuando tuve enfrente de mí a Jodorowsky me preguntó “¿por qué estamos aquí?”, le respondí: “no sé”. Y enseguida, surgió desbordante mi pregunta: “¿Tú sabes cómo se cura uno del pasado, Alejandro?”. Me respondió: “si aceptas cumplir mis instrucciones al pie de la letra quizá lo averigües tú mismo, pero tienes que ir también con Carlos Said. Bucareli 128, departamento 19”.


Nunca volví a ver ni a Carlos ni a Alejandro.

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