Manipular la doctrina Estrada
Manipular la doctrina Estrada

lunes 07 de Enero de 2019


El debate en torno a la decisión del Gobierno mexicano de no firmar la declaración del Grupo de Lima sobre Venezuela es un indicador de las tensiones ideológicas en el nuevo gobierno. Es innegable (y vergonzoso) que en Morena hay simpatizantes y defensores del gobierno de Nicolás Maduro (causante de una sobrecogedora crisis de refugiados), como los hay del sistema castrista cubano. Yeidckol Polevnsky, presidente de Morena, le mandó a la Revolución cubana, un cacicazgo hereditario de dos hermanos con más de 50 años sin someterse a elecciones libres contra una oposición real, “nuestra alegría y parabienes”.

En referencia a la declaración del Grupo de Lima, la justificación oficial se sustentó en el respeto a la Doctrina Estrada. Entre otras cosas, se habla del derecho a la no intervención de otros países en asuntos internos de cada nación y del derecho a la autodeterminación de los pueblos. Se dice que es la tradición más gloriosa de la política exterior mexicana. Muy bonito, pero es mentira.

La doctrina Estrada nació de la inquietud por defender a México de la intervención militar y política estadounidense, padecida en varias ocasiones durante la Revolución mexicana y en el siglo XIX. El gobierno mexicano ofrecía no sostener opiniones públicas en torno a los asuntos políticos de otros países como una manera de pedir que no se metieran con México. Era la posición natural de un país sin recursos suficientes para defenderse de la interferencia estadounidense. No obstante, con el paso del tiempo degeneró en un pretexto para prohibir el acceso a observadores de organismos internacionales en procesos electorales, a organizaciones no gubernamentales promotoras de los derechos humanos e incluso a corresponsales de la prensa extranjera. El sistema autoritario mexicano aprovechaba el principio de no intervención para impedir el escrutinio exterior a sus prácticas más aberrantes.

Los momentos estelares de la política exterior mexicana no tuvieron lugar cuando se respetó la doctrina Estrada, sino precisamente aquellos (numerosísimos) donde los violentó. El Estado mexicano rompió relaciones con el régimen franquista (España) y pinochetista (Chile) al calificarlos como dictaduras militares ilegítimas. No solamente eso, ofreció asilo y refugio a miles de exiliados, perseguidos políticamente por las dictaduras de esos países y otras tantas satrapías sudamericanas. ¿No fue ésa una forma de intervención en asuntos de otros países? Además, dejó enormes beneficios en contribuciones académicas de los exiliados. ¿No fue una prenda de orgullo para la diplomacia mexicana en términos de labor humanitaria? Deberíamos condenar explícitamente la dictadura cubana, la de Maduro y ofrecer refugio en nuestras universidades a más exiliados de esos países. Gilberto Bosques, aquel héroe diplomático mexicano que rescató miles de refugiados judíos durante la Segunda Guerra Mundial lo expresaba mejor, antes que el nacionalismo “es un honor defender la gran causa del hombre”.

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