Nosotros el pueblo

Nosotros el pueblo

Manosear las palabras hasta exprimirles su sentido y dejarlas completamente vacías e s u n a más de nuestras mexicanísimas costumbres. El deporte por excelencia de la clase política: transformar palabras, términos y expresiones en demagogia o retórica barata.

El término “revolución mexicana” que lo escuchamos hasta la saciedad durante la segunda mitad del siglo XX, entre 1952 y 1994 fue mencionado dieciocho mil quinientas noventa y dos veces en la tribuna de la Cámara de Diputados, lo que significa que fue mencionado cuatrocientas cuarenta y dos veces por año legislativo —que dura 195 días, bastante menos que los 365 días que dura el año para nosotros los mortales.

Lo curioso es que de todo ese tiempo, el sexenio en que más lo invocaron los diputados fue durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari —los diputados lo mencionaron nueve mil quinientas nueve veces— porque era necesario hacer que la revolución y el neoliberalismo fueran uno mismo.

Solidaridad era una buena palabra hasta que el gobierno de Salinas la convirtió en un programa electorero-clientelar y además, en 1989, la hizo canción cuya letra era una oda a la cursilería: “Solidaridad, venceremos/desde hoy en adelante,/ llevaremos tu ejemplo/ cantaremos a una voz/el esfuerzo de unión/ formando así una gran nación” (aplauso si no leyeron sino cantaron).

Y así, con toda la calma del mundo, la clase política fue convirtiendo en retórica términos como “todo el peso de la ley”, “fiscalía especializada”, “estado de derecho”, entre muchos otros. La cuarta transformación ya comenzó a redactar su propio diccionario; empresario es sinónimo de corrupción, de abuso, de explotación, de injusticia y pueblo es sinónimo de sabiduría, justicia, honradez y honestidad.

En otros tiempos todos, sin excepción, hubiéramos sido “el pueblo mexicano” así lo contemplaron Hidalgo, Juárez, Madero, Cárdenas y compañía, pero en 2018 resulta que ya no. Ahora el pueblo son los marginados, los pobres, los que sufren injusticias, los que padecen persecusiones y los que votaron por la cuarta transformación.

Nunca me ha gustado el concepto de “el pueblo”, ni en su acepción clásica y menos aún bajo la actual definición. En México hablar del pueblo siempre ha tenido un sesgo de tutelaje; los presidentes prefieren gobernar a un “pueblo” que a una “ciudadanía”, porque desde la naturaleza paternalista que está presente en todos nuestros gobiernos, el pueblo es una sociedad permanentemente adolescente, irresponsable, caótica, indisciplinada, manipulable, proclive a corromperse y desordenada que acepta todo sin cuestionar y espera todo de un hombre providencial.

“En las adulaciones el pueblo es disforme, mezclando alabanzas verdaderas y falsas. No sabe contenerse en los medios: o ama, o aborrece con extremo, o es sumamente agradecido, o sumamente ingrato, o teme, o se hace temer. O sirve con humildad o manda con soberbia. Ni sabe ser libre, ni deja de serlo. En las amenazas es valiente y en las obras cobarde. Sigue, no guía. Más fácilmente se deja violentar que persuadir. Con el mismo furor que favorece a uno, le persigue después. Fomenta los rumores, los finge, y crédulo acrecienta la fama. Imita las virtudes o vicios de los que mandan. Estas son las principales condiciones y calidades de la multitud”.

La cita no se refiere al pueblo mexicano en 2018, fue escrita en 1640, por Diego de Saavedra, diplomático y político español, cercano al rey Felipe IV. Sin embargo, la descripción es aterradoramente vigente. El futuro gravita entre seguir siendo “pueblo” y entregarse a la fe o dar el paso definitivo hacia la construcción de ciudadanía que actúa con la razón.



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