Populismos de izquierda y derecha
Populismos de izquierda y derecha

miércoles 09 de Enero de 2019


Empieza 2019 y con el año se suma en Brasil Jair Bolsonaro a la creciente lista de “hombres fuertes”.

Muchos analistas ideologizados opinan que poner en el mismo saco a gobernantes de “derecha” como Bolsonaro, Erdogan, Duterte, Orban o Trump con los populistas latinoamericanos considerados “de izquierda” es una insensatez.

Consideran a los gobernantes de izquierda —autoritarios o no— invariablemente proclives a procurar una mejor redistribución de la riqueza, promover beneficios sociales, ser laicos, respetuosos con las minorías y defensores del medio ambiente; mientras la derecha perpetuamente beneficia económicamente a las oligarquías y es religiosa, intolerante y poco interesada en el medio ambiente.

Sin embargo, la historia reciente desmiente esta dicotomía. Ni el populismo de izquierda es siempre laico, tolerante con las minorías y defensora del medio ambiente, ni el derecha renuncia a desarrollar políticas asistencialistas, que son eso —y no otra cosa— los programas de supuesta “distribución del ingreso” diseñados, en realidad, para la creación de clientelas electorales.

Las estrategias y políticas de los autoritarios actuales de izquierda y derecha son gemelas. Invariablemente hacen sentir al electorado como una perpetua víctima de las elites y de las clases políticas tradicionales.

Fomentan intensamente un voluntarismo irracional al renunciar a entender de manera objetiva las complicaciones de la vida, con todas sus enrevesadas contradicciones, para facilitar el encumbramiento de promesas simplistas. El carisma, el maniqueísmo y el victimismo sustituyen así la incómoda necesidad de pensar.

El caudillo de izquierda o derecha siempre dice: “Ha llegado la salvación, soy yo”. Es el mesías, el esperado, quien no puede llevar a cabo su misión redentora dentro de los lentos y controlados cauces de la institucionalidad democrática.

Caracteriza a los hombres fuertes de izquierda y derecha la promesa de volver a un “mítico pasado”, a una época perdida cuando, supuestamente, todo era mejor y más feliz.

También los asemeja su desinterés por la defensa global de los derechos humanos.

El populismo no es "ni de izquierda ni de derecha", es una doctrina sustentada por el lenguaje del agravio, centrada en identificar al enemigo, anti institucional, mesiánica e hipernacionalista. Impera siempre el discurso del odio, el rechazo frontal al “enemigo identificado”.

No entiende la política como un diálogo, sino como una lucha entre “leales” y “traidores”.

A final de cuentas terminan los populistas por renunciar al progreso social para favorecer a nuevos grupos dominantes y en apelar, sin escrúpulo ideológico alguno, a cualquier tipo de recurso para mantener el poder.

América Latina da de ello testimonio fehaciente. En años recientes hemos visto en el subcontinente casos inauditos de populistas de “izquierda” enfrentados con comunidades indígenas, supresores de derechos humanos y laborales, descuidados del medio ambiente, corruptos hasta la médula y recurrentes constantes de expresiones y actitudes religiosas e incluso chamanistas.

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