Por un cuerpo fit
Por un cuerpo fit

miércoles 09 de Enero de 2019


Igual que tantos, entre diciembre y la primera semana del año gano peso como si estuviera guardando calorías para el Apocalipsis zombi. Siempre es lo mismo: llega el 7 de enero y algo se desborda por encima del cinturón, la cara que ves en el espejo perdió cualquier ángulo para adquirir esa tersura redondeada, las camisas ya no se abotonan igual. Así que brota la reacción de pánico: vuelves al gimnasio después de 11 meses, desempolvas las latas de atún en agua que caducaron en septiembre y tiras los restos de rosca a la basura.

Esta vez, sin embargo, decidí proceder de manera diferente. Y es que en noviembre tuve una de esas comidas de reencuentro de la prepa y entendí cabalmente que tal vez un pelón fit puede ser sexy, pero un pelón gordo se parece inevitablemente a mis compañeros del Colegio Madrid, lo que equivale a parecerse a mi tío abuelo español antes del infarto. Y pues no, porque, contra lo que sugieren los trajes de nuestro Supremo Líder, las guayaberas-huipil de Noroña y el bigote del politólogo Hernán Gómez, de una admirable valentía para exponerlo en cadena nacional, en la 4T sí nos preocupamos por la estética. Así que, les digo, esta vez procedí de manera diferente. No, no prescindí de la comida de fin de año en la facultad, ni de los brindis diarios porque nomás no puedo prescindir de las calorías vacías, ni de vente al recalentado, ni de llévate pavo y unos bolillos porque no nos vamos a acabar tanta comida. No, no lo hice. Pero sí decidí combinar esa dieta con una dosis de ejercicio antes de que terminara el Guadalupe-Reyes.

Fracasé.

La primera semana seguí el consejo de mi asistente, Cayetana: —Sigue el régimen de Madonna: yoga y carreras largas. Yo lo hago y ya ves, puedo comerme una vaca.

▶ Empecé el lunes. El viernes la báscula marcaba 2.9 kilos más. Cayetana, claro, tiene el secreto para un cuerpo delgado, válido incluso para una española: no llega a los 25 años.

Así que decidí escuchar a mi sobrino Arturo, que en dos meses pasó de 90 kilos a 75 con abdomen de six pack, y agarrar las tres clases de prueba de una cosa que se llama “Fit Combat”. En cada sesión combinan movimientos de box y artes marciales con danza. Dice la publicidad que esta disciplina tiene una “estructuración de sesión muy ordenada y secuencial”. Yo tampoco entendí, pero mi sobrino me lo explicó de manera seductora: “Bajas de peso y te marcas, goei”, lo que me hizo imaginarme como el Bruce Lee de Ciencias Políticas.

Y no. Sólo subí medio kilo más luego de las tres sesiones, pero revivió mi antigua lesión de rodilla. Corte A: tres días sin entrenamiento, un kilo más. Hasta que llegó la solución de mi amigo Óscar: —El yoga que tienes que hacer es el Bikram. Es a 42 grados.

Tres sesiones de prueba, 400 gramos más, y hasta nunca: en una sesión coincidí con un poeta becado y en otra con un politólogo del CIDE. No pienso volverlos a ver en shorts.

▶ Como no es un consuelo el chiste de mi amigo Juan Ignacio, que es un derechairo —“Esos animales ya nos dejaron sin gasolina. Espérate tantito y nos dejan sin comida”—, estoy desesperado. Tengo que recortar seis kilos y medio; el hombre que se asoma al espejo es el gemelo de mi tío abuelo.

Quiero un cuerpo fit. Acepto sugerencias. Consideren que mi rodilla sigue doliendo.

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