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La mente crea ficciones, el cuerpo también

La mente crea ficciones, el cuerpo también

Suplemento viernes 30 de noviembre de 2018 - 06:31

GUILLERMO ARREOLA


El inglés Richard Dadd, que pintaba bosques, seres celestiales y escenas crepusculares, mató a su padre durante un paseo por el campo; a Francisco de Goya una enfermedad, nunca claramente definida, y de la que se sabe le producía un ruido infernal en la cabeza, que devino en sordera, trastocó su obra con una originalidad no vislumbrada en sus composiciones anteriores; Martín Ramírez realizó casi a escondidas durante 33 años en un manicomio y en papeles de desperdicio una obra de túneles, caballos, jinetes y vías ferroviarias, después de su incursión como migrante en un Estados Unidos en declive económico y social; a Leonora Carrington se le desplomaron sus estructuras psíquicas y al mismo tiempo se le “engarrotó” el cuerpo y ella convirtió su estómago en símbolo de una ciudad entera.




¿Cuántos y cuáles glándulas, fluidos, vasos, órganos recorrerán los elementos que concordarán para que emerja una obra pictórica? ¿Y qué vaivenes nerviosos u oscilaciones de la mente desembocarán en armónica, fútil, atroz u ominosa labor en las manos de un hacedor de imágenes?




Y en ese laberíntico trayecto físico y mental, en donde no siempre se consigue llegar a lograda realización artística, dígase la alteración o el intento, vano, de corrección a la casi siempre espantosa monotonía, o el propósito de abatir tales o cuales circunstancias históricas o sociales dentro del radio de la existencia individual; ¿en qué momento fisiológico, o por cuál latido, del hígado, o a partir de qué desarreglo, del sistema digestivo, naufraga la razón y emerge victoriosa la tentación por la locura o la franca inmersión en ella?




En agosto de 1843, Dadd asestó cuchilladas a su padre, aunque se cuenta que fue a hachazos como le arrebató la vida. Que Dadd haya sufrido un súbito desarreglo de los sentidos durante un viaje por el Nilo, en donde consumió opio a raudales y fue obnubilado por la figura del dios Osiris, entreabre una ventana de interpretaciones a la alucinante y orgásmica maraña visual de su obra mayor The Fairy Feller's Master Stroke (El golpe maestro del narrador de cuentos de hadas), un hervidero de duendes, músicos, flores descomunales, ramajes y un leñador con hacha en alto. Aunque quizá, más ilustrativo sería para los ávidos de la dilucidación y los detractores del misterio algún dato sobre el funcionamiento del laberinto de su oído, como el de Goya, o el estado de su sistema gastrointestinal, como en el caso de Carrington. Del mexicano Martín Ramírez lejos se está de indagar en sus condiciones fisiológicas, puesto que de golpe y porrazo en los últimos años lo mental ha privilegiado casi como único argumento de la ejecución de su obra.




En Memorias de abajo, Leonora Carrington narra los casi seis meses que se le mantuvo confinada, en 1940, en una clínica en Santander en donde se pretendía atender su “locura”. Una crónica que se debate entre la férrea aprehensión de la realidad y el carácter resbaladizo de la memoria, la de la locura en este caso, o “sicosis de guerra”, en términos psiquiátricos.




Bien conocidos son los motivos que sirven de simiente al extravío o colapso mental de la pintora: a su amante, el alemán Max Ernst lo detienen autoridades francesas y lo envían a un campo de concentración. ¿Pero sería solo un colapso mental el de Leonora? En marco de guerra europea que amenaza con expandirse hacia España, Leonora cree encontrar en ese país el territorio propicio para detener, mediante previo encuentro suyo con Franco, el avance nazi. En ese lapso, la artista se convierte en la receptora de energías telúricas y cósmicas y ella en el único conducto posible de terminar con la guerra y la destrucción. Una trama de la mente muy propia en su cruce con antiguos mitos o lo que podría ser una nightmare, profusa en horrores.




A la trama de la mente, habría que agregar la del cuerpo. Más fascinante que la primera, aunque difícilmente se pueda imaginar disociación entre cuerpo y mente. “Me pasé veinticuatro horas provocándome vómitos”, dice Leonora, y: “mi estómago era el lugar donde se asentaba la sociedad”. Y más adelante: “En medio de la confusión política y un calor tórrido, tuve el convencimiento de que Madrid era el estómago del mundo y de que yo había sido elegida para la empresa de devolver la salud a este órgano digestivo”. “La disentería que más tarde sufrí no fue otra cosa que la enfermedad de Madrid que tomaba forma en mi aparato intestinal”. Y más adelante: “Durante varios días me había comportado como diversos animales: había saltado a lo alto del armario con la agilidad de un mono, había arañado, había rugido como un león, había gañido, ladrado, etc.”.




No hay quizá en el mundo del arte final más feliz de la locura que el ocurrido a Leonora Carrington, por el breve tiempo que la padeció y por la benevolencia que le mostró el destino al poder escapar de aquel sanatorio y recalar en México. Muy contrario a lo ocurrido con Richard Dadd y Martín Ramírez, que sí crearon imágenes claras en referencia a sus estados de lo vivenciado durante sus procesos de locura, no hay en la obra de Leonora una sola pieza que muestre de modo autorreferencial su sufrimiento en ese periodo; y “Down Below”, la pintura con que alude a ese periodo, por lo menos con el mismo título de sus memorias, pareciera un montaje de su imaginación, que se inclina más por lo carnavalesco, que por los horrores psíquicos. Apenas sombras desprendibles. Pero, ¿fue realmente un naufragio mental y no también fisiológico aquel periodo de su internamiento en el sanatorio de Santander? ¿Qué determinó lo uno o lo otro? Quizá solo ella lo supo, o solamente su cuerpo.

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IM/CR

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