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Relato de las barritas de menta

Relato de las barritas de menta

Entornos martes 09 de octubre de 2018 - 08:57

Por último cesó el silbido de los frenos. La rueda calzó en el riel abrazado y el agobiador y polvoriento silencio del pueblo penetró el vagón. Era un silencio igual al pueblo, hecho de sus mismos y desolados ingredientes. De sus calles rectas, anchas y vacías, de sus enormes patios cuadrados, frescos bajo la penetrante humedad de los plátanos y de sus viejas casas de madera arruinadas bajo el polvo, con antiguos mobiliarios y mujeres oscuras, sin edad ni presentimientos yaciendo el sopor de la siesta. Gabriel García Márquez No tenía más de veinte años ese silencio, pero su madurez, su devastadora experiencia, le daban un aspecto secular y lo hacían parecer un silencio tan antiguo como el resplandor del polvo en las calles, o como la claridad de los espejos que habían perdido la memoria de los últimos rostros. La sensación de muerte estaba en uno, no en la solitaria estación, ni en el silbido del tren que se ponía otra vez en movimiento, ni en los escasos habitantes que se sentaban de pie bajo los árboles grises. Tal vez yo los había conocido a todos y ahora ellos me miraban pasar y me reconocían pensando: “vea usted, ha regresado el muerto”. Y en cierta forma ellos tenían razón, todo eso había sido así desde el principio. El oscuro almacén de los italianos donde vendían botas enterizas para los niños y sardinas para los adultos, y barras de menta para pequeños y grandes, y en cuyo interior olía a pan guardado y a petróleo crudo. De pie en la estación, indeciso, yo veía al otro lado de la calle el almacén de los italianos y el hombre igual a como estaba veinte años antes, ni siquiera veinte años más viejo, recostado contra el marco de la puerta viendo partir el tren. Aquello era como volver a mirar las ilustraciones de un libro conocido en la infancia. Y entonces uno atraviesa la calle, siente bajo la suela el calor, la quemadura del polvo y pregunta al hombre… [Falta este fragmento] …”¿Hace calor, no?”, le dije todavía mirándolo. Ahora lo veía de cerca y apreciaba mejor el transcurrir del tiempo en su rostro. Yo sabía que ese era el mismo calor de siempre, el mismo sopor de la siesta. Nada había cambiado salvo la estatura del italiano que parecía más pequeño que cuando iba a comprarle barritas de menta. “Como siempre”, dijo, y echó una última mirada al tren. Luego se incorporó, volvió a examinarme con sus redondos y pequeños ojos, de un verde marchito, y me preguntó si deseaba sentarme. Le respondí que no, que simplemente deseaba hacer una compra, una barrita de menta. El hombre no se conmovió. Parecía como si hubiera necesitado dos, tres minutos, para acabar de oir y otros dos para empezar a entender. Extrajo del bolsillo de su pantalón un pañuelo grande y sucio, se enjugó el rostro y sonrió luego con una sonrisa que parecía tener a la vez algo de burlona. Yo repetí, para un calor así no hay nada como las barras de menta. El hombre movió la cabeza, se estiró en el asiento. Dijo: “eso es verdad, pero hace más de veinte años que no vienen las barritas de menta”. Sentí que los pies se me derretían en los zapatos, los últimos ruidos del tren cesaron y los ciudadanos taciturnos que lo miraron partir desde la sombra en los árboles empezaron a moverse. El hombre guardó el pañuelo y volvió a mirarme como en espera de que hiciera una nueva solicitud. De repente me sentí metido dentro de un círculo estrecho. Una vuelta que había comenzado en el tren se había prolongado por la orilla del silencio, por las ruinosas casas de madera y luego por la breve conversación del italiano. Allí terminaba el círculo y debía estar otra vez el tren, pero el tren se había ido y no regresaría hasta dentro de dos horas. El calor, el resplandor del polvo y el espeso silencio del pueblo, el pueblo mismo, me producían una extraña sensación de parálisis interior. Era como si súbitamente hubiera caído en una gran retorta sin tiempo, en cuyo fondo estaba ese pueblo desconocido, el italiano recostado contra el marco de la puerta y el almacén donde muchos años atrás íbamos a comprar barritas de menta. Esa sensación me hizo recordar la hora. Imagen Reuters.

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/CR

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