Salvador Novo: el alegre narcisista
Salvador Novo: el alegre narcisista

lunes 14 de Enero de 2019


RICARDO SEVILLA

Carlos Monsiváis, con ese aire de psicoanalista que lo definía, describió a Salvador Novo como al “homosexual belicosamente reconocido y asumido en épocas de afirmación despiadada del machismo”.

No obstante, el escritor mexicano, quien perteneció a la generación de poetas Contemporáneos, más allá de la decidida influencia que ha tenido en los movimientos de liberación homosexual, fue un portentoso poeta y un infatigable cronista de la capital mexicana.

En Nueva grandeza mexicana, por ejemplo, nos encontramos con una notabilísima crónica de la ciudad. Novo, con esa prosa irónica y habilidosa que siempre lo caracterizó, despliega una apabullante variedad temática que va del futbol a los sándwiches y del danzón a la sopa caliente. Temas que, por cierto, acompaña de un atrevido y delirante sentido del humor. Y como si ello fuera poco, se permite toda suerte de insolencias e inmoralidades que adorna y emperifolla de selectísimas frases literarias que va sembrando alegremente por aquí y por allá.

Pese a todo, lo que más sobresale en las crónicas de Novo –y prácticamente en toda su obra– es aquella elegancia expresiva que blandió en todo momento. Salvador Novo (1904-1974) es un autor que crispa y embelesa por su férrea voluntad provocativa.

Se trata de una multifacética personalidad que deslumbra por su ingenio desbordado, altera por su temática efervescente e incluso logra trastornar a las buenas conciencias debido a su enorme inclinación por el escándalo. En el México pacato en que le toco vivir –el de la segunda mitad del siglo XX– Novo se esmeró en subrayar con marcador la singularidad y el morbo que cubría con su velo a la mojigata sociedad mexicana. Con un desenfado que ninguno de sus compañeros generacionales poseyó, Novo se paseó de un extremo a otro por la espinosa modernidad urbana.

El poeta que no se cansaba de cantarle breves romances a la ausencia, fue dueño de una destreza verbal que le permitió, mediante estratagemas estéticas y revuelos poéticos, desplegar un estilo literario difícil de igualar.

Novo, como pocos protagonistas intelectuales de México, logró construir un sólido –y atípico– puente entre la literatura, la frivolidad y su propio personaje. Lo cierto es que el poeta, el ensayista, el dramaturgo y el historiador mexicano se fundieron en una sola personalidad.

A diferencia de su amigo Carlos Pellicer –rebasado por el ánimo de congruencia que le impuso a su obra–, Novo intentó elaborar una travesía que, años más tarde, su epígono más destacado, Carlos Monsiváis, intentaría continuar: la del intelectual que se propone ser figura popular y, al mismo tiempo, la del hombre marginal que consigue la anuencia de la sociedad que moralmente lo desperdicia. Novo, conversador infatigable y egocentrista pertinaz, jamás renunció a la autocomplacencia.

En su obra literaria, además de la egolatría y el triunfalismo que supura, encontramos varios traspiés que lo llevan a realizar una recalcitrante propaganda gubernamental. Pero, mas allá de esos hirripilantes decorados propagandísticos, que no son pocos, el lector puede descubrir una enorme –y genuina– disposición hacia el amor que nos revelan la inconmensurable alegría que le despertaba vivir en la ciudad de México.

La obra de Novo celebra, con descripciones sobrias y mayestáticas, los mercados, las fondas y restaurantes, las calles, los parques, las viviendas, los cines, los teatros, las cantinas, las edificios, las costumbres, el lenguaje regional y los barrios donde, por cierto, la gente come sin aspavientos una torta en Chapultepec o se va de farra a un cine atiborrado o a un cabaret de bailadores entusiastas.

Muchos de sus críticos han dicho que malbarató su talento, que lo dilapidó practicando de todo: cine, radio, publicidad, periódicos, orquestando tertulias, escribiendo cartas, lanzando chistes, epigramas, autobiografía, miles de artículos periodísticos, etcétera.

Lo cierto es que a 45 años de su muerte, ahora sabemos que el alegre Salvador Novo –¿qué duda cabe?–, se esmeró en practicar un narcisismo autobiográfico no carente de alegría y de nostalgia.

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