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Santa Regina de Playas

Santa Regina de Playas

Entornos viernes 05 de octubre de 2018 - 07:15

“Espera, amigo, aún no termino de ir hasta abajo de mí misma. No hay crédito suficiente para descifrar por completo un sueño”. Por Guillermo Arreola Así me hablaba a veces la escritora Regina Swain, en frases que parecían propias de un parlamento para ser escenificado, en donde no había espacio para la participación de interlocutor alguno. No obstante, yo sentía o me inventaba que dialogábamos. En una ocasión me dijo: “¡ya son varias las veces que sueño a una señora colgada en una torre!”. Ahora es 2018, septiembre, dos años han transcurrido desde su muerte, hundo el pie en el acelerador de la memoria y la memoria empieza a rodar dentro de mí: seguramente, llovía a torrentes, iba yo adentro de un carro, una canción cantaba al fondo del paisaje: dance me to the wedding now, vi de soslayo los espectaculares abandonados en lo alto de la carretera, debajo del cielo: “Hoy hemos inventado una nueva forma de salvar tu vida”, “¿Esquizofrenia? ¡Llámanos ya!”, y la canción en el radio con su insistente martilleo: dance me to the end of love, un mensaje por whatsapp: “murió hoy, tenía que avisarte”; otro más: “¿ya supiste que murió Regina?”. Imágenes en palabras que se entrecruzan con otras imágenes ficticias: Fassbinder en la pantalla de quién sabe qué año, la ley del más fuerte, Leonard Cohen en la cocina, en un video la cantante Debbie Harry meneaba su cabellera. En el mar del ayer la memoria proseguía en su rodada: “nadie escuchará nada, ni siquiera la lluvia. Ahora, ahora vamos a inventar quién soy yo: Santa Regina de Playas de Tijuana; tú, tú eres Lois Lane en hombre, voy a rescatarte, hasta de ti mismo, nadie lo sabe, nadie lo sabrá, ni siquiera la lluvia. Toma, un pericazo”. Septiembre de 1994, vamos en carretera de Tijuana a Rosarito, es de mañana, el sol acribilla, en el estéreo retumba una canción. Ella canturrea y se remece en su asiento. Yo me quejo de resaca, de una taquicardia. Ella me consuela diciendo que al rato se me pasa. Me recuerda que mi malestar se debe solo a una resaca, y ya. Me hace sentir seguro. “Viene usted al lado de la Señorita Superman, caballero, que le quede bien claro”. Me recuerda que nuestro trayecto a Rosarito se debe a que alguien, un desconocido que le habló por teléfono, pero cuya voz le dio confianza, le notificó que había un gatito abandonado en algún predio de una colonia del poblado y a ella se le ha ocurrido que vayamos en su rescate: “¡Soy como una gatita yo misma, o como el gato de Cheshire!, ¡Alicia, escúchame, te he esperado por tanto tiempo, estoy del otro lado de tu espejo, mírame!”. Octubre de 1994: nos reunimos en el breve espacio que era su departamento, en el fraccionamiento Playas de Tijuana; me muestra un diminuto envoltorio, es una grapa de cocaína. “¿Nos la echamos?”, me pregunta. Le digo que sí, ¿qué importa ya? “Pero está humedecida”, dice, haciendo un gesto apucherado. Se le ocurre meterla al microondas por un minuto para secarla. Al abrir el micro para sacar la minucia el departamento se llena de humo. Abrimos puertas y ventanas, en segundos su gato empieza a correr, despavorido. Noviembre o diciembre de 1994: me cita y me pone en las manos un manuscrito engargolado; me dice: “ya casi he bajado todos los kilos que me exige mi modelo Barbie. Durante este tiempo escribí esto. Léela, es una novela, pero no me hieras”. Y ríe. Julio de 2009, yo en la ciudad de México; ella en Miami, a través de un chat: —No puedes seguir limpiando tu vida de un mismo pasado, gatita mío, me digo. Hazle un poco de honor a tu signo, Aries, me digo. No debo, me digo. Clic. Me llamaba amigo-hermano. La llamaba hermana-amiga. Nada tenía que ver con Virginia Woolf ni con Rosario Castellanos, como alguien sugirió alguna vez. Regina Swain era su nombre y dejó una obra breve y anclada muy en su generación, en la frontera, en el comic y en la sitcom, pero realizada con conciencia de búsqueda literaria. Intentó fervientemente la aquiescencia de sus iguales, sus coetáneos. La señorita Superman y otras danzas fue su carta de presentación: un libro de cuentos premiado con el que trató de incorporarse a un ámbito literario defeño. Escribió una novela breve, Nadie, ni siquiera la lluvia, con el don de la sobriedad estilística. Un poco antes de su despedida de este mundo, me envió otro poema, en inglés, como si no quisiera exponerse a que la reconociera en su idioma: “I admit that I’m no angel / and I admit that I’m no saint / so I begged you to end it / but I guess we’ll never change”. Alguna vez me dijo: “No hay crédito suficiente para la muerte. No hay crédito suficiente para descifrar por completo un sueño”. Mi teléfono sonó el 1 de septiembre de 2016 con la notificación de su deceso. Leí el mensaje y enseguida hundí mi pie en el acelerador de la memoria, hacia el mar tijuanense cuya visión tantas veces compartimos. “Nadie, ni siquiera la lluvia, recordará tu muerte”, me dijo, súbitamente, un día en que estaba molesta porque su gato no se quería levantar y jugar con la bola de hilaza que ella le había entramado. Y, en tono críptico, agregó: “¿sabes lo que es un relámpago? Es el camino hacia los truenos”. Todo ángel es terrible hasta consigo mismo. Hundí el pie en el acelerador. Llovía. No hay crédito que valga ante la muerte ni rostro que lo soporte. ¿Esquizofrenia? ¡Llámanos ya! Suena el teléfono. Un mensaje: “Se te murió Santa Regina de Playas”. Clic. Abro al azar su libro de cuentos y mi vista se fija en su voz: “Sentada aquí, en la hierba, escucho los pasos del viento que, como usted, se ha propuesto agotar todos los viajes. Lo escucho y pienso: es un buen imperio éste”. El imperio de la muerte, que no tiene derecho. Alicia de este lado del espejo. Murió dormida, según me dijeron. Fin. Foto de Alfonso Lorenzana
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/CR

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