Seres de otro planeta

Seres de otro planeta

Solo fue un sueño guajiro que nunca se hizo realidad: el artículo 52 de la Constitución de Apatzingán (1814), establecía que los servidores públicos debían gozar de “buena reputación, patriotismo acreditado con servicios positivos, y tener luces no vulgares para desempeñar las augustas funciones de este empleo”. Además, consideraba delito de Estado la dilapidación de caudales públicos.

▶ La Constitución nunca entró en vigor porque el país atravesaba la guerra de Independencia, pero ninguno de los dos artículos tuvo cabida en las diversas constituciones que tuvimos una vez que México nació a la vida independiente.

En el siglo XIX, los pocos presidentes que pudieron ejercer el poder sin verse amenazados por las revueltas y golpes de Estado lo hicieron con probada honestidad y cultura de servicio —incluso los gobernantes que provenían de las “terribles entrañas de la reacción” predicaron con el ejemplo. El servicio público estaba lejos de identificarse con el enriquecimiento y la mayoría dejó el cargo con una mano por delante y otra por detrás, sin un centavo que no proviniera exclusivamente de sus salarios.

“Después de Guadalupe Victoria—escribió Manuel Payno— los Presidentes de la República, cuales quiera que haya sido su conducta y opiniones políticas, continuaron viviendo en una especie de simplicidad y pobreza republicanas a que se acostumbró el pueblo. El sueldo señalado al Primer Magistrado de la república ha sido de 36,000 pesos cada año [equivalente hoy en día al sueldo de un profesionista de clase media], y de esta suma han pagado su servidumbre privada y sus gastos y necesidades personales. Para honra México se puede asegurar que la mayor parte de los presidentes se han retirado del puesto, pobres unos, y otros en la miseria”.

Por entonces los presidentes de la República no gozaban de pensión vitalicia —que fue establecida en los últimos días del sexenio de Luis Echeverría y eliminada recientemente por Morena—; ni tenían a su alcanza caja chica o grande para despilfarrar a manos llenas, ni multiplicaban sus propiedades en un sexenio, ni viajaban a todo lujo, sin duda los presidentes del siglo XIX eran seres de otro planeta.

Para muchos la mayor riqueza que conservaban luego de ejercer el poder era la de mantener limpia su reputación. No era concebible tampoco el enriquecimiento de la familia del presidente. En uno de tantos casos, al morir el presidente Miguel Barragán en 1836, su hija sólo heredó su buen nombre y para sobrevivir estableció un estanquillo de tabaco. Se retiraban para volver a su actividad profesional, para escribir o simplemente para ayudar en las necesidades de la república.

▶ La historia demuestra que ni la austeridad, ni la honradez, ni levantarse temprano para trabajar, ni ser culto, ni ser un gran lector, ni ser un erudito en historia, ni ser deportista, ni cualquier otra cualidad —cualquiera que sea—, son suficientes para desempeñar un buen gobierno. Tuvimos presidentes cultísimos como José López Portillo o profundamente ignorantes como Fox y Peña Nieto; con vasta preparación académica como Salinas de Gortari; profundamente nacionalistas como Luis Echeverría, hasta mesiánicos y con buenas intenciones como Madero y el común denominador de todos es el fracaso de sus gobiernos.

¿Cuál sería entonces la fórmula para ser un buen presidente? Hay dos opcio- nes: o bien rodearse de los mejores para gobernar; saber escuchar a los colabo- radores y a la crítica y entonces tomar decisiones con inteligencia, mesura, prudencia y sentido común, lo cual, rara vez ha ocurrido en México, o bien, ser de otro planeta.

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