Una de exilados

Una de exilados

Mi vida en Bogotá discurre en torno a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en la calle 80, donde he hallado un libro cuya lectura me recomendó hace tiempo Renán Silva, un distinguido historiador colombiano. Se trata de Diálogos entre refugiados. Su autor es Bretolt Brecht. El libro es una suma de comentarios perplejos.

Un físico y un obrero metalúrgico alemanes, exiliados ambos en Finlandia en 1940, coinciden en un café, siempre casualmente. Y cuando lo hacen, hablan de la Alemania nazi que los forzó al destierro. Encuentro muy familiar, y hasta muy caribeño, el modo desahogadamente despiadado con que estos dos refugiados en Helsinki, cada uno desde su particular visión del mundo, juzgan criminalmente torpe el desempeño de la oposición alemana a Hitler (la hubo), reparten culpas que explican el ascenso del nazismo y, consumido el café, se despiden hasta el próximo encuentro fortuito.

Se me antoja, sin embargo, que lo más conmovedor de estos diálogos es la compartida irrisión de sí mismos, la desengañada sabiduría con que, varados en un limbo, se burlan de lo que fueron antes de ser arrojados al destierro, y de las creencias que fervientemente los animaban cuando cada quien era jefe de sindicato o de cátedra en Alemania.

Con lo que torno a pensar en los muchos amigos sureños, argentinos, urguayos y chilenos, escritores o no, que hice en la Caracas de su exilio, en los años setenta. Pienso en sus asados y sus empanadas, en el equipaje de rencores y rivalidades que acompañaba a tantos de ellos desde sus países de origen, en sus pueriles y enconadas disputas, ininteligibles para sus amigos venezolanos, los felices de aquella tragicomedia.

Temo que, tras el irresistible y definitivo afianzamiento de la dictadura que agobia a mi país, caiga sobre los demócratas, dentro y fuera de Venezuela, la esterilizante discordia cainita que es el mejor aliado de las tiranías.

“Gracias a su vida anterior el escritor exiliado puede apreciar las ventajas sociales y materiales de la democracia con mucha más intensidad que los nativos. Pero precisamente por no ser nativo, y debido a la barrera lingüística, se ve totalmente incapaz de desempeñar ningún papel relevante en su nueva sociedad. La democracia a la que ha llegado le proporciona seguridad física, pero lo hace socialmente insignificante. Y esta insignificancia es lo que ningún escritor, exiliado o no, puede soportar”.

Brodsky diserta, obviamente, en torno al exilio de usos y europeos orientales en los países desarrollados de Occidente. Sin embargo yo, escribidor venezolano desterrado para su buena suerte en un país de habla hispana, no puede sino dar fe de que sus días llegan y se van señalados por la tragicomedia.

Confiemos, con Machado, en que no será verdad nada de lo que sabemos.



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