Venier
Venier

viernes 04 de Enero de 2019


La doctora Martha Elena Venier Campana fue una institución dentro de la gran institución que es El Colegio de México. No hay alumno que haya pasado por sus aulas sin resultar marcado por su enseñanza. El nombre del curso, pedante como todo en esa institución, lo he olvidado ya, pues lo tomé hace 15 años. Era algo sobre investigación. En cambio, el contenido de la materia y su profesora son absolutamente inolvidables.

Ahí, uno aprendía a desprenderse de vicios del lenguaje, a pulir su redacción, a expresarse con propiedad oralmente y por escrito. No obstante, en mi modesta opinión, lo más importante es que uno aprendía a pensar antes de hablar y redactar. Ay de quién dijera un disparate en clase, ay de aquél que escribiera una tontería.

Pobres de aquellos que, como un servidor, nos atrevíamos a expresar una ocurrencia sin sustento. “Eh, ¡no diga estupideces!”, “Eso es un idiotismo”, “¿Usted se volvió místico o porqué usa la palabra advenimiento?”. A mí me parecía una gran señora con su cigarro, tan respetuosa que siempre se refirió a los estudiantes de mi generación hablándonos de usted.

Sus palabras y expresiones prohibidas nos persiguen a todos sus alumnos. Varias veces saqué calificaciones inferiores a cero. La profesora Venier quitaba un punto por cada error en el manejo de signos de puntuación, así que si había once errores, yo sacaba menos uno. Con todo, para mí lo más valioso fue cómo nos transmitía su pasión por los diccionarios. “Usted no está usando bien esa palabra, consulte el Diccionario de Autoridades… investigue la etimología del vocablo”.

La semana pasada, la noticia de la muerte de Venier me golpeó con la tristeza del fin de una época. Vino a mi mente nuestro último encuentro hace dos años. No recuerdo qué fui a hacer en El Colegio de México y estaba preocupado. Disgustada por mi aspecto, la profesora me regañó.

“Se ve usted peor que Orlando cuando perdió a su Angélica. ¿Recuerda cómo lo describe Ludovico Ariosto? ¿Usted también la perdió? Raudel, tiene derecho a la mirada más triste de mis estudiantes, pero no a ser el peor vestido. Ya tiene un trabajo, compre ropa decente. Pague un corte de pelo decoroso. Use zapatos menos corrientes. Enfrente la adversidad con elegancia. Y cuando venga al antro (así le decía ella al Colegio), primero pase a saludar”.

El sello distintivo de la casa, la cicatriz que nos enorgullece a los egresados de El Colegio de México es cuando nos dicen “escribes muy bien”. Tenemos conciencia de que los egresados de otras instituciones tienden a redactar desastrosamente. “Escribir muy bien” es la consecuencia de pensar antes de acomodar las palabras. Eso es lo que nos dejó la maestra Venier. Por eso, la llevamos en la cabeza y el corazón.

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