Antes de comenzar: en el Senado de la República se está evaluando la presentación de una iniciativa de ley para recuperar el sistema de ascenso y descenso en la Liga MX, si la medida prospera el monopolio televisivo que controla el futbol mexicano sufrirá un golpe que podría ser definitivo.
Había una vez, en el mundo de la lucha libre, un tipo llamado Rodolfo Galindo Ramírez, mejor conocido como “El Cavernario”; un rudo rudísimo que sembró el terror sobre el encordado de seis por seis a lo largo de varias décadas. Siempre sediento de sangre, parecía más una fiera que un hombre, y muy pocos fueron capaces de derrotarlo con todas la de la ley. Entre los años cincuenta y setenta fue una de las mayores estrellas del pancracio, e incluso participó en muchas películas. Su mayor rival fue Salvador “Gori” Guerrero.
En mayo de 1949 ambos luchadores estaban de gira. En Pachuca escenificaron una batalla que fue la más cruenta hasta entonces; en la tercera caída, El Cavernario barría literalmente el ring con la humanidad de un Gori tumefacto y ensangrentado. El castigo era terrible, y mucha gente volteó la cara para no presenciar esa masacre; el réfere quiso decretar el final del combate, pero Gori Guerrero, casi desmayado, se negó rotundamente a perder de esa manera, porque todavía lanzaba golpes al vacío y aún creía en el triunfo. Al final, el hombre de las cavernas, jadeante y poderoso, puso el pie sobre el tórax de su rival derrotado para escuchar la cuenta de tres segundos que acreditaba su victoria. Poco después lucharían la revancha en súper libre con un premio inusitadamente alto para la época de mil pesos al ganador. En esa ocasión el Gori devolvió la cortesía al Cavernario, que terminó bañado en sangre. Ese fue el origen de su rivalidad, que a lo largo de los años cincuenta sería una de las más intensas de la historia. En cada enfrentamiento que sostenían lo importante no era ganar, sino destrozar al odiado rival y dejarlo en condiciones de ir al hospital.
En años posteriores, cierto día de principios de los setenta, El Cavernario se presentó en Irapuato, donde enfrentaría a César “El Guerrillero” Valentino, quien por entonces hacía méritos para obtener la oportunidad de luchar por el campeonato mundial de peso semi completo jr., y necesitaba atraer la atención de los promotores. Antes del combate Valentino se acercó al hombre de las cavernas y le dijo: “Rodolfo, voy a luchar contra ti y me gustaría que me dejaras lucir”. El cavernícola se le quedó viendo con esa mirada mitad salvaje y mitad asesina que tenía: “Te voy a dejar lucir como nunca nadie te ha dejado”. Fue la respuesta.
Cuando comenzó el match, El Cavernario se lanzó contra Valentino con saña inaudita tomándolo en vilo y azotándolo como si fuera un costal de papas; lo golpeó a placer con toda la gama de su repertorio prohibido. La paliza fue tremenda: “No sentía lo duro, sino lo tupido [contó años después el propio César Valentino]. Me abrió la frente a mordidas y me hizo sangrar copiosamente; con uno de sus machetazos me floreó los párpados y me puso los ojos tan morados que parecía un mapache. Y todavía, cuando regresé a los vestidores y me lo encontré, le dije: ‘creo que te mandaste Rodolfo’, a lo que me contestó: ‘Te prometí dejarte como nunca nadie te había dejado. Cumplí’”. Así se las gastaba Rodolfo “El Cavernario” Galindo, uno de los grandes de la lucha libre mexicana. Estuvo en activo hasta principios de los noventa. Murió en 1999. Hasta el jueves…