Clara Brugada lleva toda su vida persiguiendo una Utopía. Antes de ser jefa de Gobierno, alcaldesa, diputada o dirigente política, fue luchadora social. Desde muy joven hizo del territorio su espacio de acción y de la organización popular una herramienta para transformar la realidad. Aprendió que la desigualdad no debía asumirse como destino inevitable.
Por eso, entre todo lo dicho durante su Segundo Informe de Gobierno, el domingo ante un Auditorio Nacional abarrotado y miles de simpatizantes afuera, hubo una definición que permite entender no sólo su administración, sino buena parte de su historia política: “La utopía es la infinita capacidad humana de imaginar un mundo mejor que todavía no existe y tener el coraje de empezar a construirlo”.
En esas palabras conviven la luchadora social y la gobernante. Durante décadas, Brugada participó en movimientos que imaginaban una realidad distinta y se organizaban para alcanzarla; hoy dispone de instituciones, presupuesto y poder político para intentar hacer realidad algunas de aquellas aspiraciones. Cambió el instrumento, no el horizonte.
De ahí que la palabra utopía haya dejado de referirse exclusivamente a los grandes complejos comunitarios: “Si una palabra resume la ciudad que soñamos y estamos construyendo, esa palabra es utopía”. Soñar y construir resumen una concepción del poder.
Durante mucho tiempo llamar “utópica” a una propuesta fue una forma de descalificarla, colocarla en el terreno de aquello que podía imaginarse pero nunca realizarse. Brugada intenta invertir esa lógica: la utopía adquiere sentido precisamente cuando deja de ser contemplación del futuro y comienza a convertirse en acción sobre el presente.
Por eso otra frase resulta especialmente reveladora: “Construimos utopías cuando el pueblo se organiza y convierte sus sueños en fuerza colectiva”. Difícilmente podría encontrarse una expresión más cercana a su biografía. Clara proviene de una izquierda formada en los movimientos sociales, la organización comunitaria y el territorio.
Después de dos años de gobierno, Brugada necesita algo más que acreditar obras, programas o indicadores. Necesita construir una identidad política propia que explique qué distingue a su gobierno dentro de un movimiento mucho mayor. Y parece haber encontrado en la utopía el concepto capaz de ordenar esa identidad.
Andrés Manuel López Obrador construyó una narrativa histórica alrededor de la transformación. Claudia Sheinbaum recibió esa herencia y planteó construir el segundo piso. Clara le da horizonte. No son conceptos que compiten, sino que se complementan.
“La ciudad de las utopías” ya no describe inmuebles. Define valores y, con ellos, una idea de sociedad. No basta gestionar mejor una ciudad desigual; hay que atreverse a imaginar otra y orientar hacia ella las decisiones públicas. No basta con demostrar que sabe gobernar, está demostrando que aquellos sueños que alguna vez movilizaron luchas, organizaron comunidades y parecieron imposibles pueden convertirse, desde el poder, en realidades.
Porque transformar no es únicamente cambiar lo que existe. Es saber hacia dónde queremos caminar. Y quienes venimos de una izquierda que nunca se conformó con administrar la desigualdad sabemos que siempre habrá una realidad por transformar, un derecho por conquistar y un sueño colectivo por alcanzar.
Clara Brugada lo ha resumido en una palabra que también sentimos nuestra: Utopía.
ENTRE GITANOS
ANTICORRUPCIÓN, SIN TITUBEOS.
Claudia Sheinbaum prepara una reforma de fondo al Sistema Nacional Anticorrupción que, en palabras de la propia Presidenta, “no ha funcionado muy bien”. Es un paquete amplio, con cambios a diversas leyes, mayor vigilancia de las contrataciones públicas, seguimiento digital del gasto, fortalecimiento de la fiscalización y mejores mecanismos para que las denuncias ciudadanas tengan consecuencias. México necesita pasar de un entramado burocrático para combatir la corrupción a un sistema que prevenga, detecte y, sobre todo, sancione. No hay que esperar a que comiencen a aparecer nuevos ricos al amparo del poder; cuando la riqueza inexplicable ya es evidente, la corrupción normalmente lleva tiempo haciendo su trabajo.
*Especialista en Ciencia Política y Gobierno.
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