En los estudiantes es posible la realización de la grandeza de un profesor, practicamente el o la profesora, marcan su sentido y la fuente primordial de impulso que lo hacer ser. Son su realización, su fuerza, su motivación y, en el mejor de los casos su más grande orgullo.
Normalmente hablamos, con justicia, de la gloria de un mentor, de su primatura intelectual, de dinámica inspiradora y forjadora, de su responsabilidad e ingenio. Las cualidades de un académico deben ser consideradas como bastión imponente de la grandeza de un país y de la gloria civilizatoria, sin embargo, carecer de los estudiantes, representaría arrojar semillas al desierto. En la tierra yerma no brota nada. Qué gran instante cuando se logra el maravilloso encuentro donde el conocimiento transmitido inunda de luz el alma de un estudiante, y allí se erige el inicio de un monumento instaurado para siempre en los anales de la historia.
El Maestro Sócrates, tuvo por estudiante al gran Platón, y este, a su vez, al macedonio Aristóteles. De la Atenas clásica del primero, al imperio helenistico con el que el griego colonizaría Asia Central, y donde las bibliotecas, de Antioquía a Alejandría, sustentaría el simiento de la potencia occidental que helenizaría a todo el mundo antiguo, donde florecería la helenizada Roma y, posteriormente, los padres alejandrinos y capadocios fundamentarían las bases del cristianismo que surcaría con Castilla el Atlantico y, a través del humanismo, se mezclaría con el cosmos americano del que nosotros resultamos.
La grandeza del estudiante no solamente perpetua el renombre de su profesor, como Platón desplegando la dignificatoria apología del calumniado profesor condenado a muerte por el pueblo, al que tanta gloria le sigue dando, pues sin la filosofía, los orgullosos mármoles áticos serían arenisca tragada por el quemante sol Mediterráneo que, por el contrario, habría de tirar sus risos aureos por un mundo cada vez más cosmopolitano, y si nombre, más de dos mil años después, no tiene fin.
El alumno marca la pauta con el que fluye la clase, su voz, a veces insegura, no debe ni quebrarse o acallarse por la potencia del maestro, no saben que con sus dudas o cuestionamientos pueden dar inicio a un contrapunto permanente donde de las dudas y certezas, florean, como los cerezos en mayo, las teorías científicas de las que ellos serán o los herederos o los sepultureros.
No idealicemos exclusivamente las palabras favorecedoras al argumento del académico, pueden surgir tremendos cuestionamientos cargados de sentido como lo refiere Descartes en su Método, cuando, con razón, se describe confundido por tantas nociones que no sabe hacia donde dirigirse. Esa confusión la tenemos todos los que de nuestros profesores hémos recibido una mesa llena de manjares y no sabemos ni por dónde iniciar, o dudamos de los sabores que generan dudas sobre sus delicias o amarguras.
El apetito se abre con el poder armónico de un argumento logicamente estructurado, pero también, aderezado con candor y dulsura de ejemplos prudentemente seleccionados, invitando al comensal a servirse con confianza y con gusto, que se sepa parte del Banquete y elemento primigenio al que se recibe con el gusto y propiedad del que nos mantendrá en la memoria construyendole más pisos a la obra, o desgajando el constructo porque asume que ya no es útil a los tiempos, cumpliendo con el ciclo que forja las eras e inicia con las revoluciónes científicas.
Cuestionen, no permitan dogmatismos, no dejen que el saber se pudra o caiga en el desierto o se dañe con el temporal de la calumnia. El estudiante es un príncipe que recibe por dominio lo mejor de milenios de humanidad acumulados, un día quiza, será el monarca reinante de una inmortal Corte donde la República de las letras ostente lo mejor y más avesado de su cultura. Sean dignos del obsequio que miles de años de civilización se les ofrece con el gusto que invoca el corazón, y con las armas imponentes de la razón.