Hay algo de inevitable en las actitudes despectivas de una generación hacia otra. De hecho, la propia idea de generación lleva implícita un agrupamiento (más o menos arbitrario, depende si lo hace Ortega y Gasset o el influencer de hoy) de rasgos cognitivos y tendencias conductuales, que nos permiten separar a ese grupo de personas de otro, utilizando un método similar. Es decir, uno es contemporáneo de otra persona porque comparte con ella una forma esencial de ver el mundo, un encuadre, aunque dentro de los mismos parámetros haya desacuerdos. Y esa cosmovisión afín crea conductas también similares. Veamos.
En Ortega, la idea de “generación” no es solo una etiqueta por edades, sino una forma de comprender cómo se organiza la experiencia histórica. Para él, las personas no “comparten” una época únicamente por haber nacido cerca unas de otras, sino porque llegan a la vida —y al modo de interpretar el mundo— dentro de circunstancias semejantes. Así, una generación sería un conjunto relativamente homogéneo por experiencia vital, individuos que participan de un mismo horizonte de problemas, sensibilidades y respuestas posibles. Por eso, más que un censo, la generación es una especie de unidad de perspectiva, un encuadre que influye en lo que se ve, lo que se valora y hasta en lo que se cree evidente.
Al mismo tiempo, insiste en que esa unidad no implica identidad completa ni armonía automática: dentro de una generación puede haber tensiones, desviaciones y desacuerdos. Pero incluso esas diferencias ocurren desde un fondo común, porque lo determinante es el *modo de encontrarse con el mundo*. En esa lógica, las generaciones “conviven” y a veces chocan porque cada una trae su manera adquirida —casi histórica, no biológica— de sentir el presente y de otorgarle sentido. Por eso, hablar de generación en Ortega sirve para leer la historia como una disputa por la interpretación: no tanto quién tuvo razón, sino cómo se llegó a que cierto problema pareciera el problema.
Hoy la división es especialmente interesante, porque el alargamiento en la expectativa de vida ha provocado que coexistan muchas más generaciones que en el pasado. Hoy conviven los boomers, los X, los millennials, los centennials y los de abajo, que no han decidido su mote definitivo. También es natural que la incomprensión mutua lleve a que los centennials solo vean boomers, y estos últimos, millennials.
Creo que la creación de sentido para las distintas generaciones vivas es simplista y abusiva. Los boomers tienen toda la propiedad inmobiliaria y la seguridad social, porque ellos fueron modificando las leyes que lo permitieron conforme envejecían, los X tenemos más semejanzas que diferencias con los centennials pero estos nos ven como boomers; todos los mayores de 40 vemos iguales a los de 27 y a los de 17, aunque entre ellos se desprecien, y así.
Hay otra variable importante, y es el cambio radical e imposible de predecir con exactitud, que las generaciones sufren cuando se vuelven adultas. Los boomers pasaron de la guerrilla a la burocracia con una tersura conmovedora, y los vagos originales, los gen-X, somos los workaholics de hoy.
Tarde o temprano habrá que construir puentes de cooperación, porque los viejos tendrán casas cuyas escaleras no pueden subir, y los jóvenes estarán usando sus títulos universitarios para hacer fogatas.