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Puebla: Soledad de un día sin ellas

Puebla: Soledad de un día sin ellas

Nación martes 10 de marzo de 2020 -

Por Mario Galeana
nacion@contrareplica.mx
Existe un sentimiento para cada domingo. El peso de una carga inmóvil que arroja nuestros mejores ayeres como fétidos montones de nombres arrugados en un papel, desprovistos ya de sentido. Una tristecita lánguida que se parece a la que sobreviene a las largas borracheras de la noche anterior. Un sentimiento para el cual se ha inventado un nombre, el Sunday Blues.
Ayer no fue domingo, sino lunes. Lunes 9 de marzo. Y, sin embargo, el sentimiento azul del domingo había permanecido en medio de las calles desoladas. La ciudad estaba encerrada en sí misma, las cortinas metálicas de los negocios pegadas al piso. Con un poco de atención era posible escuchar el sonido del viento, el sonido de la ausencia. Porque ayer no estaban ellas.
Hay cientos de noticias en los que algún economista o un banquero dice, con el rostro circunspecto, que la ausencia de las mujeres le cuesta al país alrededor de 40 mil millones de pesos en un solo día. Sí, perfecto, muy bien, ahora sabemos cuál es el peso económico de todas ellas… pero más allá del valor agregado y el Producto Interno Bruto y la derrama, en ninguna nota se habló de esa sensación: saberse solos. Lo que han sentido por años los familiares de las víctimas de feminicidios y desaparecidas.
La noche anterior, miles de mujeres decretaron un apagón en sus redes sociales. Agregaron a sus fotos de perfil en Facebook una leyenda: “DESAPARECIDA. Vista por última vez en México el 8 de marzo de 2020”. Algunas no respondieron un solo mensaje de WhatsApp. En las escuelas se tomó lista y ninguna o muy pocas respondieron.
Por la mañana, en el Cabildo de Puebla nueve regidores convocaron a una sesión que, a falta de quórum, fue suspendida 10 minutos más tarde. La silla principal, que suele ser ocupada por la alcaldesa Claudia Rivera, fue utilizada provisionalmente por un regidor. Se trató, claro, de un acto simbólico. Como simbólico fue también lo que ocurrió en la sede de la Fiscalía General del Estado.
Allí, un grupo de ocho mujeres limpiaron con agua y jabón las pintas y la sangre artificial que, un día antes, durante la marcha por el Día Internacional de las Mujeres, activistas habían esparcido sobre las paredes como protesta contra la impunidad. Lo hacían meticulosamente, armadas de escobas y cepillos. La prensa las retrató profusamente, porque el hecho de que la Fiscalía hubiese escogido especialmente a mujeres para borrar las pintas de otras mujeres durante el Paro Nacional de Mujeres era la antípoda de todo lo que significaba ese día. Era casi una provocación.
A unas cuantas calles, alrededor de la fuente de San Miguel, en el Zócalo de Puebla, un grupo de seis trabajadores del Organismo Operador del Servicio de Limpia hacían lo mismo. Con un chorro de agua a presión borraban las siluetas de mujeres dibujadas sobre la piedra gris del piso, las pintas grabadas sobre la cantera.
Así, con esa inmediatez, desaparecía el último vestigio de las mujeres que un día antes habían abarrotado el Zócalo, dejando tras de sí una estela de consignas y proclamas plasmadas con aerosol.
Los trabajadores no parecían preocupados, pero sabían que la jornada sería más larga de lo usual, a pesar de que sólo se dedicarían a limpiar algunos sectores de la ciudad. Uno de ellos, un tipo alto y desgarbado, me dijo que el organismo concentraba a alrededor de 500 empleados, pero sólo el 10% eran hombres. El paro iba desvelando todo eso: el reparto desproporcional de los trabajos, las rutinas, las maneras.


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/CR

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