“¿Por qué?”
Probablemente sea una de las primeras preguntas que aprendemos a formular cuando somos niños. Queremos saber por qué llueve, cómo vuelan los aviones, de dónde vienen las estrellas o por qué tenemos que dormir.
Somos curiosos por naturaleza. Sin embargo, conforme pasan los años corremos el riesgo de dejar de preguntar. Repetimos nuestras rutinas, frecuentamos los mismos lugares, conversamos sobre los mismos temas y poco a poco podemos perder algo extraordinariamente valioso: la capacidad de sorprendernos y el deseo de seguir aprendiendo.
Y la ciencia ha comenzado a demostrar que conservar la curiosidad puede tener implicaciones interesantes para nuestro cerebro y nuestro bienestar.
En 2014, Matthias Gruber, Bernard Gelman y Charan Ranganath, investigadores de la Universidad de California, publicaron en la revista Neuron un interesante estudio sobre curiosidad, aprendizaje y memoria.
Mediante resonancia magnética funcional observaron qué ocurría en el cerebro cuando las personas sentían mayor curiosidad por conocer una respuesta. Los resultados mostraron que, cuando la curiosidad era mayor, las personas recordaban mejor no solamente aquello que deseaban aprender, sino incluso información incidental presentada durante esos momentos.
Cuando algo despierta nuestra curiosidad, nuestro cerebro parece estar especialmente dispuesto a aprender.
Otros estudios han encontrado asociaciones entre curiosidad y bienestar. En un seguimiento realizado durante 21 días, publicado en Journal of Personality, los investigadores observaron que la curiosidad era mayor en los días de mayor felicidad y actividad física y menor en aquellos con mayor estado de ánimo depresivo.
Esto no significa que la curiosidad cure enfermedades ni que podamos prescribirla como un medicamento. Significa algo diferente: mantener interés por el mundo parece formar parte de una vida psicológicamente activa y estimulante.
Leer sobre un tema desconocido, aprender un idioma, utilizar una nueva tecnología, escuchar música diferente, viajar, conocer personas, retomar un libro o simplemente preguntarnos cómo funciona algo obliga a nuestro cerebro a salir de la rutina.
Pero existe otra dimensión de la curiosidad que me parece particularmente importante para la salud.
Un paciente curioso pregunta.
¿Por qué tengo elevada la glucosa?
¿Para qué sirve este medicamento?
¿Qué significa mi presión arterial?
¿Por qué necesito este estudio?
¿Qué puedo hacer para disminuir mi riesgo?
Preguntar nos permite comprender. Y comprender nuestra enfermedad puede ayudarnos a participar de manera más activa en las decisiones relacionadas con nuestra salud.
Por supuesto, en la era de internet, de la IA y las redes sociales existe también un desafío: ser curioso no significa creer todo lo que encontramos.
La verdadera curiosidad debería llevarnos a buscar, contrastar, preguntar y verificar. En salud, particularmente, debemos aprender a distinguir entre información científica y opinión, entre evidencia y publicidad, y entre conocimiento médico y desinformación.
Quizá por eso deberíamos recuperar una costumbre extraordinaria de nuestra infancia.
Preguntar nuevamente:
¿Por qué?
¿Por qué sucede esto?
¿Cómo funciona?
¿Qué pasaría si aprendiera algo nuevo?
¿Qué me falta todavía por conocer?
No existe una edad para dejar de aprender.
Podemos perder velocidad, fuerza o algunas capacidades con el paso de los años, pero no necesariamente tenemos que perder nuestra capacidad de maravillarnos.
También significa mantener despierto nuestro interés por nosotros mismos y por el mundo que nos rodea.
Nuestra edad puede avanzar inevitablemente. Nuestra curiosidad no tiene por qué envejecer con nosotros.
Y quizá ahí se encuentre una de las mejores razones para conservarla:
mientras todavía tengamos algo que preguntar, tendremos también algo nuevo que descubrir.Sin embargo como bien decía Ramón de Campoamor, nada es verdad, nada es mentira, todo es de acuerdo al color con el cristal con que se mira.