El líder supremo de Irán, el ayatola Ali Khamenei, se encuentra en el punto más crítico de sus más de 30 años al frente del poder, en medio de crecientes tensiones con Israel y una posible intervención militar de Estados Unidos. Según fuentes citadas por The New York Times, Khamenei, de 86 años, permanece resguardado en un búnker y habría designado a tres posibles sucesores en caso de ser asesinado en un ataque aéreo.
La campaña militar israelí ha golpeado con fuerza al liderazgo militar iraní y su programa nuclear, al tiempo que altos funcionarios israelíes han emitido amenazas directas contra la vida del líder supremo. En respuesta, Khamenei advirtió en un mensaje videograbado que cualquier acción de Estados Unidos provocaría “daños irreparables”.
Khamenei se enfrenta a una difícil decisión estratégica: escalar las represalias contra Israel o buscar una vía diplomática que reduzca el conflicto y aleje a Washington, aunque eso implique sacrificar parte del programa nuclear que ha defendido durante décadas.
Desde que asumió el cargo en 1989 tras la muerte del ayatola Ruhollah Jomeini, Khamenei ha transformado radicalmente a Irán. Consolidó el poder del clero chiíta, fortaleció a la Guardia Revolucionaria como fuerza política y militar dominante, y expandió la influencia iraní en Oriente Medio a través del llamado Eje de Resistencia, compuesto por aliados como Hezbollah, Hamás y los hutíes de Yemen.
Sin embargo, esa red de influencia se ha debilitado drásticamente. El derrocamiento del presidente sirio Bashar al-Assad y los continuos ataques israelíes contra Hezbollah y Hamás han erosionado la capacidad operativa y política de los aliados de Teherán en la región. La caída del régimen sirio, en particular, representó un duro golpe para el proyecto regional de Khamenei.
A lo interno, el régimen también ha sido desafiado por protestas masivas en años recientes, motivadas por el descontento social, la represión política y las difíciles condiciones económicas. Las manifestaciones de 2009, 2017, 2019 y 2022 —esta última tras la muerte de Mahsa Amini— dejaron cientos de muertos y detenidos, revelando el profundo malestar de la población ante el sistema teocrático.
Pese a todo, Khamenei ha mantenido un control férreo del poder, obstaculizando a los movimientos reformistas y blindando la estructura clerical y militar. Hoy, sin embargo, enfrenta un escenario sin precedentes, donde su supervivencia política —e incluso física— está en juego ante la creciente presión regional e internacional.