Jaime Arturo Ruiz | @
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- El aroma del cempasúchil es lo primero que se siente. Dulce, terroso, inconfundible.
- Luego, una ráfaga de incienso abre paso a las luces que titilan como velas en la distancia.
- En cuestión de segundos, el visitante ya no está en el corazón de Plaza Carso, sino en Michoacán, en una noche donde el silencio se mezcla con el murmullo de las oraciones y el reflejo dorado de las canoas sobre el Lago de Pátzcuaro.
Así comienza la travesía por Odisea México, la experiencia inmersiva que trae al centro de la capital una de las celebraciones más profundas y poéticas del país: el Día de Muertos. No se trata solo de una exposición, sino de un viaje sensorial que rinde homenaje a la vida desde la memoria, donde la tecnología se pone al servicio de la emoción.
En las salas dedicadas a Michoacán, los visitantes caminan entre senderos de pétalos que conducen a una gran ofrenda. Las luces cálidas emulan el resplandor de cientos de veladoras, mientras los sonidos de guitarras, rezos y agua evocan la noche en que las almas regresan a casa. Es imposible no sentir algo. Algunos observan en silencio; otros cierran los ojos un instante, como si reconocieran en el aire el perfume de alguien que amaron.
La atmósfera tiene algo de rito, algo de abrazo. Aquí, el duelo se transforma en color, y la muerte deja de ser un final para volverse un reencuentro.
El vuelo de los alebrijes
La siguiente sala cambia el tono: de lo místico a lo fantástico. Una explosión de luces y formas recibe al visitante en la Sala de Alebrijes, inspirada en las criaturas nacidas del sueño de Pedro Linares, aquel artesano que en los años treinta imaginó un bosque poblado por seres imposibles que le susurraban una palabra extraña: “alebrijes”.
De ese sueño febril surgió un arte que, con el tiempo, se volvió símbolo del ingenio mexicano. Aquí, en Odisea México, las figuras parecen cobrar vida. Proyecciones, sombras y destellos de neón se mezclan con esculturas monumentales que respiran al ritmo de la música. Es un mundo donde la fantasía y lo ancestral se entrelazan, recordando que la imaginación también es una forma de eternidad.
En la penumbra, los visitantes levantan la mirada y sonríen. Tal vez porque reconocen en esos seres coloridos la misma energía vital que anima a un pueblo que, incluso frente a la muerte, elige crear belleza.
La tradición que no muere
Desde 2008, el Día de Muertos forma parte de la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. No es casualidad: pocas tradiciones condensan con tanta fuerza el alma mexicana. Según el INEGI, el 78% de los hogares del país monta un altar cada año. En cada uno de ellos, entre fotografías, flores y pan, late una historia compartida: la necesidad de recordar, de mantener vivos los lazos que el tiempo no logra romper.
Odisea México retoma ese espíritu con un lenguaje contemporáneo. Su propuesta combina arte, tecnología y simbolismo para acercar las tradiciones a nuevas generaciones, invitando a redescubrir su profundidad desde una mirada sensorial y artística.
Celebrar para recordar
Cuando el recorrido termina, algo ha cambiado. No es solo la retina la que guarda las luces ni el oído el que retiene los cantos: es la memoria la que se despierta. Afuera, el bullicio de la ciudad regresa, pero uno sale con la sensación de haber estado en otro lugar, en otro tiempo.
Porque en México —y Odisea México lo confirma—, la muerte no se lamenta: se canta, se pinta, se enciende con velas y se acompaña con flores. Se recuerda con amor. Y en esa celebración luminosa, la vida vuelve a florecer.
Odisea México