Por Israel González Delgado
La lucha contra la pandemia es también una batalla por la narrativa; esto es, por construir un sentido de los acontecimientos presentes y los escenarios futuros que convenza al mayor número de personas.
Contra lo que a veces se piensa, los hechos no es lo único que importa (tristemente, en la era de la posverdad, ni siquiera lo que más importa), y el agotamiento económico, mental y sanitario del mundo no ayuda. Es cada vez más frecuente que el pesimismo o la esperanza (que en sentido estricto son igual de irreales) se mezclen con el ruido mediático y las preocupaciones personales, para tenernos a todos en un estado de desequilibrio permanente.
Los individuos somos especialmente vulnerables a la incertidumbre y a la contingencia, es normal. Las colectividades, empero, y las estructuras sociales, tienen mayor capacidad de adaptación, y creo que eso es lo que está sucediendo.
Los nuevos confinamientos alrededor del mundo, y en México, fueron recibidos con amargura e irritación por quienes estaban en las “fiestas y reuniones” tan reprobadas desde la parroquia. Cayeron como agua helada para los comerciantes y empleados que viven de comisiones o tenían empleos de temporada navideña, pues ellos viven durante muchos meses de lo que puedan ganar estos días. Ni siquiera podemos empezar a dibujar el tema de las jugueterías en el Valle de México. Pero a diferencia del primer encierro, este también ha sido asimilado con un poco más de insolencia por una colectividad que ya aprendió del primero; comerciantes fijos que se vuelven ambulantes por un día a sabiendas de que, de la calle, nadie los va quitar; empleados de tienda departamental vendiendo perfumes y medias como el whisky ilegal de Al Capone; y un fenómeno bastante previsible: el efecto cucaracha.
El fin de semana pasado, en cuanto anunciaron el confinamiento del área metropolitana, Morelos se llenó de automóviles procedentes de la capital y el Estado de México, con la adrenalina que da la urgencia de los regalos navideños, o la esperanza de seguir con sus planes de celebración. La afluencia fue tal, que cuatro días después la tierra de Zapata también estaba en color rojo.
Pero la masa es testaruda. Es probable que simplemente se sigan de largo por carretera, unos a Taxco, otros a Acapulco, o a donde los lleve el viento y el semáforo naranja. Eso, a corto plazo, tendrá un efecto económico importante para reactivar la industria hotelera, restaurantera y detallista de los estados que siguen abiertos (Guerrero, Querétaro, quizás Puebla), pero se está desplazando el vector de contagio a una velocidad y densidad catastróficas, de modo que el confinamiento inicial, al ser regional, puede llevar a la extensión de la mancha roja a todos los destinos del país que permanezcan abiertos durante las fiestas decembrinas. Quizás confinamientos escalonados a donde sea que vayan los peregrinos. Y todos a seguir aprendiendo, supongo.