Cuando Dionisos habló al pueblo de Tebas, tras los infelices acontecimientos que costarían la vida a su primo, el Rey, exhortó a la comunidad para que siempre se destinara un lugar donde el ser humano pudiera exteriorisar sin prejuicio o violencia alguna, esa parte animal que también constituye al ser humano.
Dionisos para los griegos, Baca para los romanos, es esa deidad a la que están consagradas las pasiones humanas que él mismo mostraría cuando su propia familia lo castigó y arrojó de su natal ciudad, la tierra de su madre desterrada cuando quedara embarazada de Zeus, e hiciera que el divino hijo, a cuya figura se ofrece en ritual sagrado, el vino mezclado con agua y especias en la krátera que toda casa helena tenía.
La bebida divina, de cuyas hojas de vid la testa sagrada estaba coronada, y vestido con la piel del macho cabrío que al portarla, a cualquier persona del mundo griego le habría parecido la vestimenta incívil de un bárbaro escandolozo, cuando lo que representa es la parte primitiva que portamos y que en el espacio delimitado por la Pólis, en un entorno lúdico donde los seres humanos se reencuentren con esa otra parte de sí, garantizará una importante parte que la paz cívica requiere, pues al negarle al ser humano esa otra parte de sí, la tensión acumulada (envidia, resentimiento, frustración...) reventará como el gigantesco barro del adolescente hiper hormoneado.
Baco pide que las cosas no se salgan de control, pues el proceso educativo dota al ser humano de los grandes valores que en conjunto ostentan la religión, la ética y la ley, en una alianza tripartita que tienen un mismo objetivo: el ciudadano.
Cuando Platón, en su magnífico diálogo "Simposio", retrata una ceremonia aristocrática de larga data entre la nobleza: la plática, en un entorno de placer, pero en donde siempre se inicia con una oración al dionisiaco personaje, pues entre esas pasiones, el placer es uno de los más apreciados bienes, y que el filósofo ateniense lo expresa como principio motor del conocimiento.
Sin placer no se desarrolla el gusto por el conocimiento, y sin el proceso educativo que nos conduzca hacia la sabiduría, todo conllevaría a un desastre del que no obtendríamos ciudadanos, sino un montón de bárbaros sin límites hacia consigo mismos y los otros.
A Dionisos está consagrado el teatro, razón por la que la representación del divino personaje, aparece en su caracterización de una máscara con cornamenta rodeada de una vid de la que caen racimos de sagradas uvas.
El teatro reune a la población para que con el avance de la trama, el ciudadano convertido en público, atraviese por los diversos estados emocionales que le hagan profundizar consigo, hasta que cual purga, el vómito salga en una katársis fundamental, para en paz, regresar a la vida civil con sus necesarias leyes y exigencias.
Me permito recordar a ustedes, mis queridos lectores, la figura del mitológico Dionisos, justo cuando inicia el Mundial de Fútbol en Norteamérica, en un contexto ultra problemático que envuelve a nuestro querido país. La sociedad requiere emociones que le hagan vomitar el mucho miedo y coraje acumulados, y que de alguna manera debe de brotar. Que como en el teatro consagrado a Dionisos, mis conciudadano disfruten y alcancen un poco de paz, porque ya nos tocará el difícil trabajo de reconstruir a la próspera tierra que debemos defender, con sus leyes e instituciones.