En los últimos meses he notado un fenómeno que cada vez resulta más evidente. Conforme millones de personas utilizan los modelos de inteligencia artificial más populares para resolver problemas, escribir textos, programar o generar imágenes, muchas de sus respuestas comienzan a parecerse entre sí. Las imágenes tienen estilos similares, las historias siguen la misma estructura, los artículos utilizan expresiones repetidas y, en muchos casos, hasta las soluciones propuestas para un mismo problema terminan siendo prácticamente idénticas.
La primera reacción es pensar que la inteligencia artificial se está volviendo repetitiva. En realidad, el problema es mucho más profundo y, al mismo tiempo, mucho más humano.
Los modelos de inteligencia artificial no poseen imaginación. Tampoco creatividad en el sentido en que la entendemos las personas. No tienen experiencias, emociones, intuiciones ni esa capacidad de hacer conexiones inesperadas que ha permitido a la humanidad crear una sinfonía, inventar un nuevo material o descubrir una teoría científica.
Su funcionamiento es distinto. Analizan enormes cantidades de información, identifican patrones y generan la respuesta que estadísticamente tiene mayor probabilidad de ser útil para la petición recibida. Son extraordinariamente eficientes para encontrar relaciones entre millones de datos, pero no pueden imaginar aquello para lo que no existe una referencia.
Cuando millones de usuarios hacen preguntas similares, los modelos reciben millones de ejemplos parecidos. Si además la mayoría solicita lo mismo con instrucciones casi idénticas, el resultado inevitable es que las respuestas comiencen a converger. No porque la inteligencia artificial esté pensando igual, sino porque los seres humanos estamos preguntando de la misma manera.
Esto puede observarse con facilidad en las imágenes generadas por IA. Basta recorrer las redes sociales para encontrar retratos con las mismas poses, los mismos colores, la misma iluminación cinematográfica y hasta las mismas expresiones faciales. Lo mismo ocurre con textos de mercadotecnia, publicaciones para redes sociales, discursos empresariales e incluso propuestas de negocio. Todo parece provenir de una misma fábrica de ideas.
La inteligencia artificial no está copiando; simplemente está reproduciendo los patrones que predominan en las solicitudes que recibe y en la información con la que fue entrenada.
Por eso, el verdadero riesgo no es que la IA se vuelva repetitiva. El riesgo es que las personas deleguemos tanto nuestro proceso de pensar que terminemos alimentando ese círculo una y otra vez. Si dejamos que la máquina escriba, diseñe, analice, decida y proponga absolutamente todo, poco a poco reduciremos nuestra participación al simple acto de pedir resultados.
La creatividad nunca ha consistido en encontrar la respuesta más probable. Consiste precisamente en descubrir la menos evidente. En combinar disciplinas que aparentemente no tienen relación, en desafiar las reglas existentes y en imaginar escenarios que nadie había considerado antes.
Las grandes innovaciones de la historia no surgieron porque alguien siguiera el patrón dominante. Surgieron porque alguien decidió romperlo.
La inteligencia artificial puede convertirse en el mejor asistente que haya tenido la humanidad. Puede acelerar investigaciones, automatizar tareas repetitivas, ayudar a resolver problemas complejos y ampliar nuestras capacidades intelectuales. Pero existe una diferencia enorme entre utilizar una herramienta para potenciar el pensamiento y utilizarla para sustituirlo.
Mientras más dependamos de respuestas automáticas, más homogéneas serán nuestras ideas. En cambio, mientras más conocimiento, experiencia, curiosidad y pensamiento crítico aportemos al diálogo con la inteligencia artificial, más valiosos serán los resultados que obtengamos.
Quizá la pregunta importante no sea si la inteligencia artificial se está volviendo repetitiva. Tal vez deberíamos preguntarnos si nosotros estamos dejando de pensar con la originalidad que siempre ha distinguido al ser humano.
Al menos por ahora, la imaginación sigue siendo un territorio exclusivamente humano. Y esa es, probablemente, nuestra mayor ventaja competitiva frente a cualquier algoritmo. La inteligencia artificial seguirá evolucionando a un ritmo impresionante, pero el verdadero motor de las próximas revoluciones tecnológicas continuará siendo la capacidad humana de imaginar lo que todavía no existe y de convertir lo imposible en realidad.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga